Honestidad en el trabajo: ¿por qué decimos SÍ, cuando lo más responsable sería decir NO?

Andrea Churba
Andrea Churba PARA LA NACION
Fuente: LA NACION
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11 de diciembre de 2018  • 00:38

¿Cuántas veces nos hacemos cargo de proyectos que, por sus plazos o sus características, sabemos que no vamos a poder cumplir? Tendemos a decir que sí, cuando lo más honesto y responsable sería decir que no, o llegar a acuerdos para que el objetivo sea realista y posible de alcanzar.

Por qué nos cuesta tanto decir que no

Muchas veces decimos que sí por generosidad, por voluntarismo, por no decepcionar al otro o por temor a ser mal vistos. Caemos en la falsa idea de que "si le metemos con todo" vamos a llegar. Ponemos más horas, dejamos de lado la salud, la familia, los fines de semana. Nos inmolamos, e inmolamos al equipo, hasta el punto de quemarnos. Y quizás funcione, si se trata de una ocasión excepcional o de altísima prioridad. Pero si es la norma, no alcanza con la convicción, el entusiasmo, el esfuerzo ni la voluntad para superar las dificultades, la falta de recursos o los plazos imposibles. Sometidos a una presión extrema y constante, se producen errores y demoras, se resigna la calidad, se daña el clima de trabajo. Y aun así no podemos entregar en la fecha convenida.

A veces no decimos que sí, pero tampoco decimos que no. No somos claros: "Dejame que lo vea. Voy a hacer lo posible". O nos quedamos callados, y el silencio equivale a la aceptación y al compromiso.

¿Por qué nos cuesta tanto decir que no, poner un límite, justificar en forma realista lo que se puede hacer y lo que no? Algunas culturas organizacionales y estilos de liderazgo no promueven la honestidad, y a veces incluso la castigan. "No te aceptan un no, no negocian nada, no ceden en nada. Si trato de hacer razonar a mi jefe me dice ‘Tenemos que hacerlo, sigamos’", se lamenta el gerente de contenidos de una productora tan exitosa que casi no necesita salir a vender, porque los pedidos le llueven como maná del cielo. "Me llegó a decir que soy demasiado estructurado, y que no sé jugar en equipo. El gerente de Marketing también me presiona fuerte. Yo veo imposible llegar en fecha a entregar el producto si no tengo más recursos, pero ellos creen que puedo hacer milagros". No es extraño, cuando las personas no se sienten seguras ni apoyadas, que tengan temor a decir que no.

Aun cuando la cultura de la compañía sea flexible, al ser el contexto tan veloz y competitivo todos queremos llegar primeros al mercado y satisfacer a los clientes, y es usual que se sostengan a la vez varios proyectos con el mismo nivel de urgencia y prioridad. "La relación con mis jefes y mis pares es excelente, y todos estamos dispuestos a colaborar. Pero mi equipo no está del todo preparado, y es una realidad que hoy es difícil encontrar personal especializado. Aunque le ponemos toda la garra, muchas veces nos quedamos atascados. No llegamos con las fechas de entrega y quedamos mal con los clientes. Creo que es hora de empezar a fijar prioridades y elegir qué aceptamos y qué no en base a lo que podemos hacer, y no a lo que nos gustaría", dice el gerente de Desarrollo de una importante Fintech.

El NO positivo: un límite de eficacia y cuidado

Decir que no es incómodo. Está claro que a nuestros jefes, nuestros pares, nuestros clientes, no les va a gustar que pongamos un límite. Aunque puede generar roces y conversaciones ásperas, un NO dicho a tiempo y bien justificado es mucho más positivo, maduro y profesional que un SÍ que los puede dejar contentos en el corto plazo, pero mantiene una cultura de desorden en la que se dice que todo se puede, cuando no es cierto. Es probable que necesiten, y finalmente aprecien, que les demostremos que decir sí a todo puede tener un efecto arrasador para la compañía y para las personas que trabajan en ella. Y que decir que no, lejos de ser un capricho o una excusa, es un signo de cuidado.

Ser honesto es hacerse responsable. A nadie le beneficia que aceptemos algo que sabemos que no podemos hacer, y menos a nosotros, que muchas veces terminamos cargando con el fracaso y perdiendo credibilidad.

Ahora que entramos en temporada de balance, muchas veces con las pilas a punto de agotarse, es bueno que nos preguntemos: ¿A cuántas cosas dijimos que sí este año, cuando hubiese sido más honesto decir que no? ¿Cómo queremos transitar el año próximo?

La decisión en favor de la salud, de vivir con menos estrés y ser más eficientes puede estar asociada a los NO que vamos a decir. Es clave que no generemos, ni nos generemos, expectativas falsas. En lugar de zambullirnos en proyectos imposibles, gestionemos límites responsables, argumentando con coraje, madurez y profesionalismo qué podemos hacer, qué no, y qué va a ser factible hacer más adelante si logramos acordar entre todos condiciones razonables.

Sincronía: "Vamos que falta poco", titula Pablo Bernasconi su fabulosa ilustración en Instagram, con hashtags que refieren a descanso, vacaciones, trabajo y fin de año. La cabeza humeante del personaje está acompañada por una frase de Syd Barret, el legendario líder de Pink Floyd, que nos deja pensando: "La mente no tiene límites, pero sí cansancio"

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