
HORTENSIA. NO, SI VUA SE LA NEWSWEEK
Desde Córdoba llegaron, en los años 70, una ráfaga de aire fresco, una revista genial y humoristas inolvidables
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Esta es la historia de cómo el humor gráfico se detuvo en los quioscos de Córdoba una madrugada de agosto de 1971, cuando Alberto Pío Augusto Cognini acarició la sedosa mejilla de su sueño, fecundado con los modestos ahorros de la caja compensadora del Anses y el enorme talento de su puño. Hortensia, la bautizó y créanlo, señores, fue la más bella criatura de papel nacida en La Docta.
Una perla engarzada en el tabloide. Un monstruo urbano chorreando carcajadas de tinta negra. Digna herencia andaluza o vaya a saber qué cosa, pero así fue Hortensia: un artículo regional de primera necesidad, la única revista autóctona que supo rescatar todo el esplendor de la chispa mediterránea y procurarle al cordobés un sobrio, aunque ilustre lugar en el breve Olimpo del humor nacional.
Lo que no es poca cosa, claro, si se tiene en cuenta que Hortensia vino al incierto mundo editorial con la certeza de que nunca llegaría a ver el segundo número. Por eso, de entrada, el progenitor decidió compensar la odiosa fugacidad prometiendo a sus colaboradores un producto precioso. Y lo logró, sin imaginar que tan pulcro debut marcaría un punto de inflexión en la tradición del periodismo vernáculo porque -salvo El Jaspe, un diario de caricaturas amanecido en 1876 y clausurado al año por las tomaduras de pelo que le profería a la clase política- nunca una revista había sobrevivido demasiado tiempo en Córdoba, tal como lo adelantó el director en la carta editorial, a modo de justificación ante un eventual fracaso.
Puras contradicciones preventivas. ¿Desde cuándo algo bello puede fracasar?
Así, desafiante y contestatario como la sangre que bulle por las venas serranas, el ensayo anduvo veinte años vivito y burlando profecías infames. Tal vez porque a lo largo de su existencia mantuvo a rajatabla el principio fundacional decretado por Cognini: el de ser una publicación intensamente cordobesa, exquisitamente popular. De corte callejero y alto contenido moral, sin chichices (señoritas, en cordobés básico) desnudas, aunque de a ratos, muy inspirada en el personaje que le dio el nombre, una conocida demente del barrio Santa Ana que vendía bulbos de hortensia y que se levantaba la pollera mientras escupía palabrotas vergonzantes.
Entre las hipótesis del éxito arrollador e inusual para una revista oriunda del interior, se estima en parte, sólo en parte, que colaboró el vacío que dejó en el mercado porteño la desaparición de Tía Vicenta, y las reiteraciones de Rico Tipo y Patoruzú. Pero si bien la Hortensia original no estaba en sus cabales, la homónima tampoco y, creen los testigos más respetables, quizás ésa haya sido la afortunada ecuación: nada de pavoneos intelectuales ni doble sentido, mucho de seres urbanos y excluyente lenguaje local volcado en dibujos desopilantes, tiras y cuentitos breves, amén de la mirada cáustica acerca de lo bueno y lo malo que ocurría en la ciudad más convulsionada de los años setenta, aquel ardiente semillero de sindicalistas y estudiantes iluminados por el Mayo Francés.
Con nobles propósitos, hombres de pluma aceitada y una decente impresión de veinte páginas a una sola tinta y dos colores en la tapa, el sueño causó impacto en los lectores y conmoción entre el staff de la redacción: la primera tirada de 2000 ejemplares se agotó en una hora, hecho que le permitió a Alberto Pío Augusto Cognini concretar la utopía del segundo número, algo inesperado dado el delicado estado de las arcas familiares.
Hortensia fue un fenómeno que nunca volverá a repetirse, como tampoco volverán a reunirse los tipos que la hicieron", dice un poquito emocionado Roberto Di Palma, diagramador y dibujante de la primera hora, mano derecha del gran Cognini, y posterior director de la revista. Es cierto. Aquello funcionaba como "una estudiantina feliz", cosa rara en adultos con pretensiones de empresa seria. Al principio, la venta alcanzaba justo para el próximo número, que veía la luz gracias a la gestión de Sarita Catán, esposa, madre y encargada de organizar fiestas, pagar proveedores y puntuales honorarios desde la cocina de barrio Parque Corema, morada de la familia y de su perra Hortensia.
Tampoco hubo profesionales del humor entre los colaboradores del staff. Salvo Cognini, estrella del desaparecido diario Córdoba donde publicaba una tira, y el rosarino Crist, vedette del último concurso de revista Gente, el resto eran periodistas amigos, dibujantes publicitarios y notables empleados de Ika Renault.
"Con Hortensia publicaron sus primeros trabajos un montón de dibujantes -recuerda Di Palma, incluyéndose en la lista-. Tipos como Juan Parroti, el negro Ortiz, Chamartín, Martino, Peirotti, Marino, Fontanarrosa, Amuchástegui, Cuel, Ian, Clermot... Cognini, por ejemplo, era un gran dibujante de líneas clásicas y rasgos muy del cordobés, del que tenía una visión idílica. Sus personajes fueron el reflejo de hombres que conoció en las canchas y en los boliches. Eso lo puso en el papel, y no es fácil traspasar al dibujo todo ese lenguaje sin que perdiera autenticidad."
En esas páginas rugosas, espejo de los suburbios cordobeses, hicieron de las suyas el Pulpita Iriarte, la Chancha Sarcástica, Boogie el Aceitoso, Inodoro Pereyra, García y la máquina de hacer pájaros, Súper Gauna, El Nariz, Don Quitilipe, entre otros memorables individuos de tinta que hicieron descostillar de risa a coterráneos y vecinos, que escribían desesperados clamando por un diccionario cordobés-castellano para traducir giros idiomáticos como el no si vuá, abreviatura del no si voy, y el queloquedecí o qué es lo que decís, hoy sendas instituciones del léxico vérnaculo.
Hubo reediciones apodadas bis, ferias locales e internacionales, libros de oro, una película que no llegó a filmarse y suscriptores hasta en el extranjero. El éxito superó el dorado récord de los 105.000 ejemplares vendidos, bajando a 70.000 desde el número 17 y de manera sostenida hasta el 200.
Y en ese contexto festivo, acceder a Hortensia se convirtió en un pasaje al prestigio, aunque sólo apto para iniciados, a juzgar por las confesiones de Di Palma, que asegura que durante los primeros lustros se publicó apenas el 20% del material que llegaba a redacción. Del sobrante podría haber nacido una revista paralela muy superior a las entonces émulas de Hortensia. La fiesta terminó cuando Sarita Catán falleció y fue reemplazada por el primer administrador comercial de la editorial, entonces propiedad de los colaboradores gracias a que el padre de la criatura había repartido salomónicamente las acciones. Pero la caída de las ventas amenazó al año siguiente, cuando murió Cognini y los coletazos de su muerte paralizaron a la jocosa redacción. De 1983 a 1989, la dirección recayó en manos de Roberto Di Palma y el histórico equipo de humoristas. Pero empujados por la coyuntura se vieron obligados a replantear el espíritu de Hortensia, que hasta entonces apenas había incursionado en el humor político y en el destape sexual que llegó con la democracia.
Reñida fue la cosa, hasta que por consenso el consejo editorial decidió no torcerle el carácter ni publicar una sola chichi desnuda en la tapa, aunque, sí, decretó piedra libre para afilar a gusto las uñas en el lomo de la dirigencia política.
Fueron muchas las causas que fulmiraron el sueño de Cognini. La gestión de los herederos provocó un éxodo masivo. La redacción aguantó a los ponchazos, con una nueva generación de talentos que no logró zanjar la ausencia de quienes construyeron la personalidad de Hortensia. El plan Austral y finalmente la híper vaciaron los bolsillos, el ánimo del lector y, luego, la redacción.
No faltaron los nostálgicos que intentaron resucitarla o remozarla con resultados lamentables, claro, con respecto a las ventas. Sexomente -capitaneada por Peiro, Ortiz y Benceno- exploró con altura los recovecos del sexo durante un año. Le siguió Hola Tío, formada por tipos de primer nivel, como Crist, Ortiz y los chicos nuevos Furnier, Jericles y Angonoa, pero no superó las expectativas de Di Palma. El Cuisi fue un suspiro, y Jaspirina al menos apadrinó a una promisoria camada de jóvenes dibujantes.
Pero tenía razón Di Palma. El fenómeno de Hortensia no volvería a repetirse. Simplemente, porque Córdoba ya no es la misma. La gente joven no sabe de leyendas ni de personajes populares, y el dulce dialecto de los suburbios se ha poblado de palabras muy globales.
La Docta dejó de ser una aldea para convertirse en una gran ciudad y, ante esa realidad irreductible, los sucesores viraron hacia un humor más cosmopolita y accesible, igualmente directo, pero menos autóctono y pegado a los códigos del mito. Un ejemplo es Humornet, la primera revista cibernética en la Web (Humornet.com.ar) con sesenta buenos dibujos mensuales y que ya cuenta con 5000 visitantes, no lectores. Angonoa, Jericles y Furnier, los responsables, que publican en revistas europeas, encontraron la veta allí donde no hay gastos de distribución ni impresión y, bueno, tampoco ganancia.
"Hortensia fue un semillero y ahora nadie tiene dónde canalizar su trabajo -sostiene Claudio Furnier-. Nosotros no queremos que desaparezca la profesión. Si bien quedó ese sello en el lenguaje y la mirada cándida del interior, ahora hay una visión más agresiva de la realidad y no tan idealista como en la época de Hortensia. Además, aunque se pueda seguir trabajando sobre el regionalismo, en Buenos Aires ha dejado de ser novedad. Y afuera no lo entiende nadie."
Hay kioscos de duelo, chistes huérfanos de páginas. Pero la historia del humor gráfico continúa su curso.






