
Imagen e identidad
Por Andrew Graham Yool
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Nuestra identidad como país es un tema de búsqueda constante y de insuficiente debate. El asunto no tiene que ver con quiénes somos como una sociedad de inmigrantes, sino con cómo nos presentamos ante el mundo. Obligó esta reflexión harto repetida, pero aún no solucionada, el imperativo de decidir el diseño de la portada de una antología bilingüe de poetas argentinos próxima a publicarse en Inglaterra, para tener, además del título, una ilustración característica que atrajera al posible lector. Contribuyó a la frustración por falta de símbolo adecuado la entrevista publicada en La Nacion hacia fines de abril con el catalán especialista en gestión cultural Toni Puig Picart. Observó que "Buenos Aires tiene una marca... oculta... un estilo... pero no sabe decirlo con fuerza".
Nos hemos quedado en la expresión de necesidad. Sabemos que hay muchos europeos que admiran a esta ciudad de Buenos Aires, aunque crean que políticamente somos unos masoquistas corre mitos que siempre llegamos tarde a la cita con la realidad. Pero, ¿cómo decimos que somos admirables?
El problema es que esos europeos nos tienen mal catalogados porque nos presentamos diferentes a lo que somos. Nos manejamos entre fantasías esquivando compromisos. Buenos Aires, la Argentina, no tiene marca. Río de Janeiro usa el Corcovado y el Carnaval, Montevideo el Cerro, París la Torre Eiffel, Londres el Big Ben o los ómnibus de dos pisos, y así. Aquí la ciudad tiene un santo patrono, San Martín de Tours, que pocos choferes de taxi saben decir quién es. Teniendo de todo sin saber bien cómo usarlo para ser alguien en el mundo, aceptamos representarnos como otra cosa.
Muchos de los televidentes deportivos del mundo piensan que la Argentina es Juan Manuel Fangio o Diego Armando Maradona. Y si no es eso, nos ven como país fabricante de fútbol.
A muchos nos gusta, vaya a saber por qué, ser vistos como nación de tangueros, pero el tango es sentimiento porteño y no símbolo. El artista Rómulo Macció alguna vez representó a la República como un bife de costilla, y hay quien es feliz proclamándonos la mejor fuente del bife de chorizo, o del choripán o del mate.
En el tiempo de las vacas quizás hubiera alcanzado el rostro de un Aberdeen Angus. Ya no, y tampoco somos Fangio, Maradona, bife, tango, chori ni mate. El Obelisco ha sido usado para representar a la ciudad, algunas capitales provinciales han usado sus cerros o edificios históricos para identificarse. Pero, ¿quién nos reconocería por nuestros escudos?
Tenemos que ir a comer al Palacio de la Papa Frita para enterarnos de cómo son los escudos de las provincias. Un cóndor estilizado se usó alguna vez, pero es un símbolo andino que no representa a la llanura.
Si queremos llamar la atención del mundo, necesitamos definir nuestra marca que identifique a la Argentina, que se asocie la idea de país, nación, con sólo ver un dibujo (como Joan Miró y España, por ejemplo). Al margen del atractivo turístico o comercial, necesitamos afirmar una identidad para no ser marginados en la globalización.






