
Impresiones sobre el Africa (2)
Segunda y última parte de esta travesía africana realizada por LNR. Esta vez, en la reserva Phinda, Sudáfrica, ubicada en la provincia de KwalaZulu-Natal, pleno territorio de la etnia zulú
1 minuto de lectura'
El rocío de la madrugada en Arusha (Tanzania) flotaba en el aire cuando me despertaron los cánticos musulmanes. Me los imaginaba inclinados sobre sus piernas, mirando a La Meca, mientras el sonido monocorde de sus plegarias rasgaba el silencio absoluto de la noche.
En el aeropuerto de Kilimanjaro (el mismo al que había llegado) sólo se veía un avión con bandera tanzana. Cuando –ya sentada en mi asiento, con el cinturón abrochado y las bellas y negrísimas azafatas caminando por el pasillo– me asomé por la ventanilla, vi el azul profundo de la montaña, el personal del aeropuerto enfrascado en disponer los últimos detalles, y no pude contener las lágrimas. Como un mantra dije en voz muy baja varias veces: “Tanzania, te prometo volver; Tanzania, te prometo volver; Tanzania, te prometo volver...”.
El avión hizo su primera escala en Zanzíbar, la isla integrada a Tanganica para constituirse ambas en Tanzania. Puede sonar tonto, pero lo primero que me vino a la mente cuando sobrevolé las aguas del Indico y divisé la tierra a lo lejos fue: “Y pensar que acá nació Freddie Mercury...” (el cantante del grupo Queen fallecido de sida en 1991). Puede sonar tonto, lo sé, pero no me resultó nada incongruente que alguien como él naciera en un lugar que se parece bastante a alguna idea del Paraíso.
Después, el vuelo se detuvo en la capital del país, Dar es Salaam. Y tras siete horas en el aire volví a tocar suelo sudafricano. En Johannesburgo, otra vez a volar, otra vez hacia la costa del Indico, hacia Durban, una especie de Acapulco africano, destino de surfistas de varias partes del mundo.
Pero a mí me esperaba un agente zulú de C. C. Africa para llevarme a la reserva Phinda. Era bajito, muy moreno, muy risueño. Después de estar más de 10 horas en aviones y aeropuertos, este hombrecito me comunicó que debíamos viajar 4 horas en coche hasta llegar al destino prometido.
De tripas hice corazón. Y valió la pena: cuando el sol derramaba los últimos resplandores, la verde vegetación selvática de Phinda se expandió en el horizonte y un grupo de rinocerontes me dio la bienvenida. Así, cerquita, al alcance de la mano. Una exquisita alineación de impalas preparados para dormir reposaba al costado del camino.
La reserva (es privada y está destinada a los safaris; fue uno de las primeros proyectos conservacionistas de C. C. Africa, en 1990) queda en la parte nordeste de la provincia de KwalaZulu-Natal (también llamada KZN, hogar de la etnia zulú y la de mayor población del país. Se extiende desde las fronteras con Swazilandia y Mozambique hasta la provincia del Cabo Oriental, al Sur. También limita con Lesotho y con las provincias del Estado Libre y Mpumalanga). Es una zona de una biodiversidad enorme, con una geografía que combina la costa subtropical con montañas selváticas.
Esa noche caí rendida en la mullida cama del Mountain Lodge. Mi habitación prácticamente colgaba sobre la montaña. Unos monitos minúsculos como un perrito chihuahua hacían acrobacias en los árboles (al día siguiente, cuando desayunaba, me di cuenta –por la fuerza– de que además de hacer piruetas se descuelgan de los árboles con la velocidad de un rayo y se roban tu comida), y unas largatijas a rayas amarillas y negras se escurrían por las grietas de la piedras.
Felices sueños, me deseé. Y no me acuerdo de nada más. Hasta que me despertaron, al amanecer, los cantos de los pájaros.
Casi Occidente
Después de haber pasado una semana completa en el corazón de Tanzania, Sudáfrica me parecía como mi propia casa. Pese a su historia de sangre y discriminación durante el apartheid, es un país mucho más desarrollado y cosmopolita. De aspecto occidental, para encontrarse con los rasgos más étnicos del continente hay que profundizar un poco. De manera que me resultaba mucho menos desconocida que Tanzania.
Será por ese rasgo de identificación que a los turistas occidentales que aún son vírgenes de Africa se les recomienda empezar las relaciones con el continente por Sudáfrica, y sólo después trasladarse a las zonas más salvajes.
Pero yo no tuve que hacer mucho esfuerzo. Sudáfrica me puso en Phinda, y Phinda me llenó de ofrendas.
1) Otra vez la gente. ¿Será que la familia de uno es bastante más amplia de lo que cree?
2) Pude ver, casi tocar –Phinda es más “confortable” en este sentido que las reservas tanzanas–, rinocerontes, elefantes, impalas, nyalas (una especie de antílope muy extraño), nuevos insectos, serpientes, monos, águilas...
3) Tuve una verdadera sorpresa: dentro de Phinda viven –y trabajan en conjunto con Africa Foundation– tres comunidades zulúes: Mduku, de 12 mil habitantes; Nivela, de 8 mil, y Mnqobokazi, de 10 mil. Yo no tenía la menor idea. Sabía que estaba en territorio zulú, pero ni se me había ocurrido sospechar que iba conocerlos.
Esa mañana, después del desayuno en el que el mono me robó la comida y de mi primera salida en safari, llegó un hombre muy alto, muy amable, dueño de una voz cavernosa. Se presentó como Viar (en realidad, su nombre zulú es tan impronunciable para nosotros, los occidentales, V. R. Nxumalo, que ésa es la fonética inglesa de sus iniciales), apretó mi mano blanca con sus dos manos negras, me sonrió y me comunicó que venía a buscarme para llevarme a recorrer las comunidades zulúes (ver recuadro). Cada una de las personas que visitamos me abrió las puertas de su casa y me dejó atisbar sus costumbres o me contó algunas de sus pesadillas (60 por ciento de portadores de VIH), de sus creencias (la mayoría se ha convertido a un cristianismo mezclado con la religión ancestral zulú que, según Viar, se parece bastante a los preceptos del primer cristianismo), y hasta fui invitada a una ceremonia de invocación de ancestros. Estas ceremonias (en zulú, igobongo) son conducidas por una mujer que es una suerte de vidente-curandera, a la que se llama sangoma, y es una autoridad espiritual muy respetada. En este caso, la sangoma, una mujer rubicunda de unos 50 y tantos años, se llamaba Gumede. Y, luego de bailar al son de los tambores, me dijo que yo había llegado hasta allí guiada por mis ancestros. Que si yo hubiese sido una mujer zulú ella habría tenido la obligación de entrenarme para ser sangoma (parece que estoy dotada para ello). Y que seguramente alguna vez fui una mujer zulú (los zulúes creen en la reencarnación), porque todas las razas nacieron en el Africa.
Así que al final del viaje encontré la respuesta a mi primera pregunta: “¿Es realmente el Africa el origen genético de la humanidad?”
Lo que ahora me pregunto, insistentemente, es lo siguiente: ¿algún día mis ancestros me dejarán volver?
Ojalá.
Porque cuando uno recuerda, finalmente, de dónde viene, ya nunca más puede olvidarlo.
Para saber más
http://zululand.kzn.org.za
www.africafoundation.org
www.ccafrica.com
Info en América latina: willie_carballo@spas.com.ar
Los zulúes
Según datos de 2001, la comunidad zulú cuenta con 10,6 millones de personas. La mayoría se encuentra en la provincia de KwalaZulu-Natal (unos 7,6 millones). Tienen su propio idioma, el zulú, aunque muchos de ellos también hablan inglés o afrikaans (un dialecto de la zona). Las tres comunidades que visité tienen cada una su propio jefe. Si bien están regidos por la Constitución de Sudáfrica, conservan una organización monárquica: tienen un rey y un sistema dinástico. Por debajo de la figura del rey, cada comunidad tiene sus propias organizaciones de consejeros, que se reúnen en la Tribal Authority Court (corte de autoridad tribal), donde se dirimen los conflictos locales. Si el delito cometido por alguien excede las posibilidades de resolución de las autoridades de la comunidad, el o los delincuentes son entregados a la justicia federal. Los zulúes son una sociedad eminentemente rural, con muchos problemas de integración, sobre todo en salud, educación y trabajo. Y es allí donde Africa Foundation (la fundación de C. C. Africa) trabaja mediando entre las autoridades sudafricanas y los líderes zulúes para mejorar la calidad de vida de esta etnia ancestral.






