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Diego es uno de mis compañeros de trabajo. Nos une esa afinidad liviana que enhebra dos vidas en conversaciones fugaces (y en apariencia triviales) cuyo escenario inesperado puede ser la cocina donde buscamos el café. Suelo hacer en ese ámbito preguntas inesperadas. A veces le pregunto a alguien si es feliz, y en caso de que la respuesta sea afirmativa (siempre lo es) intento averiguar por qué. Mis compañeros me miran con alguna curiosidad, pero siempre responden: todos necesitamos ser escuchados, hace oir nuestros sentimientos más íntimos y sentir que le importamos a alguien, sea esto o no verdad. Diego tiene una hija de 7 años. Eso me dice mientras pulsa un botón en la máquina de café, y agrega que este fin de semana se fue de picnic con su pequeñita. El sábado a la mañana cargaron una pequeña heladera sin muchas más ambiciones que ir juntos a un parque para escapar del bochorno de la ciudad: fiambres, gaseosas, un mazo de cartas y un frisbee. Lo demás fue una extensa conversación entre padre e hija. No hay temas menores en esa charla. Aunque nos hablen de sus juguetes preferidos o de algún altercado escolar, no importa lo mínimo que sea el tema, escucharlos es un modo de vislumbrar cómo crecen nuestros hijos. Diego le preguntó a Lola (su hija se llama Lola, uno de los nombres más hermosos que pueda llevar una mujer) quién es ahora su novio. Lola le ha respondido cosas de niños: se ha peleado con el anterior, un gurrumín que la tuvo a maltraer dos semanas enteras de su pequeña vida, y un nuevo varoncito ocupa ahora sus fantasías de princesa candorosa. Diego habla de su hija con una luz nueva en los ojos. Es el fulgor que llevamos los padres en la mirada cuando hablamos de aquello que amamos de una vez y para siempre. La niña corre por el parque, se detiene frente a un grupo de niños que arrían un barrilete, sube a unos juegos de madera en un arenero. Su padre la sigue con la curiosidad con que se observa el paso de un asteroide: todo ser humano es un enigma, y más aún lo son los hijos camino de su futuro. A veces, cuando ví corretear a un muchachito en la plaza o jugar con plastilina en las guarderías, me vino a la mente la imagen de personajes siniestros durante sus infancias. (Adolf Hitler siempre es la primera imagen: un niño rubio, algo retraído, de rostro redondo y con un bigote mínimo en el centro del labio superior.) Hace muchos años la madre de mis hijos me preguntó, un poco en broma, qué destino soñaba para Sebastián. Le dije entonces que me gustaba la idea de que fuera parecido al de Marlon Brando, uno de los grandes actores del siglo XX. Marcela abrió los ojos, incrédula. No entendía por qué razón me dejaba enceguecer por los brillos de la celebridad, que me impedían ver la realidad más cruda: Brando fue un artista abrumado por los padecimientos, me recordó, entre los cuales ocupó un lugar central el suicidio de su hija Cheyenne, de 25 años, víctima de profundas depresiones. Tenía razón. Esta tarde no pude preguntarle a Diego qué destino sueña para Lola. Sólo me pareció una imagen bellísima la que me regaló junto a la máquina de café, y luego, cuando ya habíamos vuelto al trabajo, los imaginé regresando en el auto, ella exhausta después de tantas correrías, el vestidito arrugado y con manchas de hollín, los zapatos con los restos de la arena, él henchido de bienestar. Imagino que sueña que sea feliz, que es el modo más noble de soñarlos, porque saberlos felices es lo único que le da un sentido verdadero a nuestras vidas.
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