Itinerario en colores

Un recorrido distinto por el Lejano Oriente: ajusten sus cinturones y disfruten de este deslumbrante festín visual
Aniko Villalba
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16 de octubre de 2011  

El rojo de las lámparas chinas y del ají, el amarillo de las construcciones coloniales y de las frutas, el naranja de los monjes budistas, el violeta de las ofrendas de flores, el rosa de los inciensos, el dorado de los budas, el verde de las plantaciones, el blanco del arroz; también el multicolor de los templos, los mercados, las comidas y el arte callejero… En Asia el color es parte inseparable de las culturas, de los rituales, de las creencias, de la gastronomía, de la vestimenta, de los transportes, de los paisajes y de la religión. Cada país se expresa a través de una gama de tonalidades distintas, pero hay tres colores que atraviesan las fronteras y que otorgan significado a Asia como continente: el rojo, el amarillo y el verde.

Naturaleza y mucho trabajo

Gracias al verde descubrí el valor que tiene un plato de arroz en Asia. Estaba en Filipinas, había viajado toda la noche en un colectivo destartalado a Banaue para encontrarme con Dixon, un filipino que iba a alojarme junto con su familia por pedido de Judy, nuestro amigo en común. Dixon, su mujer y sus hijos me recibieron en su casa, ubicada en la ladera de una montaña en las afueras del pueblo, con un desayuno de bienvenida típicamente asiático: muy abundante y con comida de todos los colores. En la mesa me esperaban huevos fritos y revueltos, banana frita, pandesal –el pan típico de Filipinas–, verduras hervidas, salchicha, pescado, pollo, café, té y arroz, mucho arroz.

Steve y Davidson, dos de los hijos, ya tenían lista la moto taxi –una moto con un carrito azul enganchado al costado– con la que me llevarían a recorrer los alrededores del pueblo. Subí a la carroza y avanzamos por un camino de ripio; tomamos una curva y, sin aviso, quedé cara a cara con uno de los paisajes más impresionantes de Asia: las terrazas de arroz de Ifugao, una cadena interminable de escalones verdes tallados en la ladera de las montañas. Hace más de dos mil años, a falta de terreno llano para cosechar arroz, las comunidades indígenas de Ifugao construyeron –sin utilizar máquinas– escalones de tierra y barro en la ladera de las montañas. Crearon, además, un sistema de irrigación para obtener agua de la cima de éstas y poder regar los cultivos. Pasaron su técnica de generación en generación y lograron que las terrazas sobrevivieran intactas hasta hoy y fueran reconocidas por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

Dejamos la moto taxi al costado de la ruta y bajamos a pie por el camino de piedras que nos llevaría al centro de ese inmenso mar verde. Nos cruzamos con hombres que caminaban cargando bolsas en los hombros y con mujeres que se dedicaban a recolectar los racimos maduros de las plantas de arroz. Todos ellos seguían, incansablemente, la rutina de sus ancestros. En ese momento recordé los lugares verdes por los que había pasado mi viaje por Asia: los pueblos rurales de Laos, las ciudades desbordantes de vegetación de Indonesia, los rincones perdidos de China, las llanuras de Camboya…Y me di cuenta de que todos estaban unidos por un mismo elemento, el arroz.

En China, la mitad de la población vive en áreas rurales y trabaja en las plantaciones de arroz: esto quiere decir que más de 600 millones de personas trabajan para proveer a gran parte de Asia de uno de sus alimentos básicos. Lo mismo ocurre en Indonesia, en India, en Vietnam, en Tailandia, en Myanmar, en Filipinas… Si bien Asia es verde como el ají que ponen en sus comidas, como el jugo de palta que se consume en Indonesia, como el té que se toma antes y después de cada comida en China, como la hoja de la planta de banana que se utiliza como mantel y plato en los locales de comida india, como el wasabi con que se acompaña el sushi, como el relleno de ciertos panes en Malasia, como los espacios urbanos ecoamigables de Singapur, como el pasto después de la época de lluvias…, Asia es, ante todo, verde como sus plantaciones de arroz. Por eso, cada vez que me encontré con alguno de esos enormes espaciosde ese color, supe que más que naturaleza lo que estaba presenciando era todo el trabajo que existe detrás de un pequeño plato de arroz.

Brillo espiritual

Dicen que uno no puede irse de Asia sin haber probado el durian. Lo llaman el rey de las frutas por su tamaño, su peso, su sabor y su olor. Pesa entre uno y tres kilos y está cubierto por una corteza verde con puntas. Para encontrarlo, basta usar el olfato: el olor de la fruta es tan fuerte que se advierte a varios metros, aunque la cáscara siga intacta. Por dentro es amarillo. La consistencia es cremosa y pesada. Tiene un gusto particular, a medio camino entre el queso, la cebolla y las almendras. No existe un punto medio: es una fruta que se ama o se odia; y para el que no se atreve a probarla cruda, hay helados, jugos y postres amarillos a base de durian.

En la gastronomía asiática, el amarillo abunda. Está en los noodles, fideos finos que se comen con todo y a toda hora (fritos, en sopa, con verduras, con pollo; de desayuno, de almuerzo, de cena, de acompañamiento, de plato principal); en el mango loh, un postre malayo hecho a base de mango y hielo picado, ideal para contrarrestar el calor tropical del país; en la tarta de huevo que se vende en China, y en el pastel de nata que heredó Macao de Portugal; está en el helado de maracuyá de Malasia, en el flan de Filipinas, en el pan con queso de Laos, en el arroz propio de las celebraciones y festividades.

Pero el amarillo, además de ser sumamente comestible, es un color que habla de grandeza, de religión, de historia, de costumbres. En Tailandia, las estatuas de Buda y los monumentos en honor al rey utilizan el amarillo, color de los dioses y de la realeza, para transmitir esplendor y magnificencia. En Macao, en cambio, el color da evidencia de dos cosas totalmente opuestas: cuando aparece en tonos pastel en iglesias y construcciones, se refiere a la huella colonial que dejó Portugal en la arquitectura y en la iluminación de la ciudad; pero cuando aparece en tonos brillantes, habla de la exuberancia, de la exaltación y de la lujuria de los casinos que pueblan la región (por algo Macao es conocida como Las Vegas del Oriente). En muchos países asiáticos, el amarillo también habla de la inmigración; en Malasia y Singapur, por ejemplo, es protagonista de uno de los barrios más coloridos del lugar: Little India.

En las zonas rurales, es el color más importante y esperado: cuando las plantaciones de arroz toman un tinte entre amarillo y dorado, significa que llegó la hora de la cosecha.

Los buenos deseos

Lo primero que me dieron al llegar fue un sobrecito rectangular rojo con una inscripción en dorado que decía gõngxîfãcái, el deseo de felicidad y prosperidad que se intercambia como saludo tradicional durante los 15 días de festejo del Año Nuevo Chino. Denise, la china-malaya que me estaba alojando en su departamento de Kuala Lumpur, me había invitado a un open house, un festejo de año nuevo propio de las comunidades chinas de Malasia y Singapur. Me explicó que el sobre rojo se entregaba en casamientos y durante el Año Nuevo para desear buena suerte en el matrimonio o en el año entrante. Ese mismo sobre, además, era el premio codiciado por los bailarines o practicantes de kung fu que interpretaban la danza del león, un baile milenario de China que se realiza en cada festival y Año Nuevo en todos los barrios chinos del mundo. Denise me dijo que lo abriera más tarde, ya que era de mala educación hacerlo en público; pero como no aguanté la curiosidad, espié: dentro del sobre rojo había un billete verde.

Más tarde, Denise, diez personas y yo nos paramos alrededor de una mesa con un par de palitos chinos en la mano: había llegado el momento del ritual conocido como la Mezcla de la Prosperidad. En el centro había un plato con distintos tipos de comidas cortadas en hebras y separadas por color en montoncitos: salmón crudo, rábano, zanahoria, pimiento rojo, nabos, naranja, perejil, maní picado, semillas de sésamo, galletas de camarón, cinco tipos de especias, aceites y salsas. Entre todos, mezclamos los ingredientes con rapidez y efusividad: cuanto más arriba se dejaran caer las porciones, mayor sería nuestra prosperidad. En pocos segundos y con un coro de expresiones de buenos deseos en varios idiomas, las hebras de todos los colores ya estaban mezcladas.

El Año Nuevo Lunar Chino es el festejo más importante de las comunidades de este origen en el mundo, y es también una de las épocas más coloridas del año. El protagonista absoluto es el rojo: aparece en lámparas de papel en las calles, en la ropa de hombres y mujeres, en los carteles en las puertas de las casas, en las decoraciones de los templos y en los codiciados sobrecitos de la fortuna. En la cultura china, el rojo simboliza la felicidad, trae buena suerte y, según las creencias, aleja a los malos espíritus.

En Singapur, la ciudad-Estado conformada por una población mayoritariamente china, el rojo adquiere una función adicional: la de prohibir. Los carteles de prohibido escupir, prohibido tirar basura, prohibido comer en los subtes, prohibido mascar chicle, prohibido pescar, prohibido alimentar a las palomas, prohibido cruzar la calle por el medio, prohibido dejar propina y tantas otras leyes insólitas abundan en los espacios y transportes públicos, con el fin de recordarles a los locales y extranjeros que en Singapur hay que portarse bien. En Vietnam, Laos y China, el rojo también toma forma de banderas, pins, memorabilia, y se utiliza para transmitir mensajes políticos; en Hong Kong, mientras tanto, el Libro Rojo de Mao se destaca en las mesas de los puestos de antigüedades de la ciudad.

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