
JAPON &ARGENTINA: UN LARGO PUENTEDE MUSICA Y DANZA
Primero fue la visita -histórica- de la Orquesta Sinfónica Nacional al país asiático. Ahora, el inminente arribo del Ballet de Tokio. A cien años de la firma del tratado de amistad entre las dos naciones, el arte se convierte en el vínculo más fuerte
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Según lo documentan ellos mismos, existen japoneses desde que los pueblos que vivían en su actual territorio se diferenciaron de los vecinos chinos y coreanos, más antiguos que otros en la gran región. En Asia ya había tártaros, mongoles, persas, y empezaban a definirse los árabes. En Europa mandaban los romanos y luego sus herederos, los bizantinos. Cuando un argentino llega al Japón de hoy no encuentra sino señales de aquellos orígenes. La nación nipona inició la más veloz transformación conocida hace no más de 50 años y, salvo por los arrozales, resulta la contraimagen de lo que era hace un siglo. Llegué, acompañando a la Orquesta Sinfónica Nacional, al mayor puerto, Osaka, y después a las ciudades de Takamatsu, Tonami, Tokio, Alsugi y Musashino. Estas dos últimas son más bien satélites de la capital, Tokio, que casi las engloba con la gran extensión y sus 21 millones de habitantes.
La Nacional tocó siempre en salones auditorio de un mínimo de 1100 localidades, y algunos de 1500 y hasta de 2100, provistos de todos los equipos lumínicos, electrónicos, de filtración de aire y de sonido. Siempre hubo varios técnicos en los ensayos y en los conciertos, prestos a solucionar tropiezos. Nunca faltaron intérpretes del japonés al español.La previsión de los organizadores nos hizo parecer menos argentinos, por naturaleza improvisadores. A la hora en punto, los músicos se subían al escenario. Cada obra era aplaudida con más calor que la anterior, sobre todo si era el Concierto para guitarra y bandoneón, de Piazzolla, cuyo ritmo tanguero identificó la mayor parte de los oyentes. El guitarrista Eduardo Isaac y el bandoneonista Daniel Binelli regresaban a escena una y otra vez, acompañados por el director, Pedro Ignacio Calderón, para agradecer los aplausos.
¿Es el público japonés el mejor dispuesto del mundo? Se ve uno llevado a pensarlo. ¿O acaso es porque venimos de un país lejano, tanguero y distinto? Ahí queda eso.
El trompista Mario Tenreyro registró besos arrojados por señoras no adolescentes, y preguntó el porqué, ya que no le estaban personalmente dirigidos. En una jerga angloespañola, logró esta respuesta: Ustedes son cálidos. La explicación es tanto más valiosa porque la conducta de los japoneses en público es de sobriedad y recato máximos.
Nuestra pianista mayor, Martha Argerich, ofreció tocar con la Nacional al saber que se presentaría en Tokio. No cobró honorarios. Dio una versión única del Concierto en sol, de Ravel, y la oían, entre el público, el príncipe heredero y su esposa, y el embajador argentino, Sanchís Muñoz, y la suya, que es la pianista Polly Ferman. El concierto debía concluir a las 21.10 para que los príncipes no demoraran su llegada a otro compromiso, pero el heredero quebró el protocolo para no marcharse antes del final, que se demoró un cuarto de hora. ¿La causa? Al concluir la obra de Ravel, las ovaciones (cuatro, cada una más exigente) decidieron a Martha a tocar la Danza de la moza donosa, de la serie de tres, de Ginastera.
En Japón no se aceptan propinas. Lo sabíamos, pero esta vez los argentinos lo hemos confirmado. El firmante fue perseguido 50 metros por la vendedora de un comercio para entregarle un vuelto olvidado, equivalente a 30 centavos.
Una ceremonia en un templo de Kyoto se realiza ante público muy restringido. Cuatro músicos y el periodista logran ingresar. Hay tres clases de participantes: siete u ocho ministros o sacerdotes, unos diez testigos con ropas rituales y unos 60 caballeros mayores, a la moda europea y en riguroso jacket. Un pequeño recinto es ocupado por 30 jovencitas con vestimenta tradicional. La liturgia no lleva música.
La espiritualidad que se respira se pierde al salir como un aroma en el bosque de la edificación moderna, casi un calco de la de Nueva York, Chicago o San Pablo, sobre la base de orgullosos y fríos paralelepípedos de cemento y vidrio. Veinte, treinta o más pisos grises albergan cada día laboral a miles de empleados. Las colmenas se alzan en busca de la única dimensión posible. La horizontal está dejando de existir. El horizonte, también. ¿El sol? Está en la bandera, solamente.
El cronista escapa del hotel o de la sala de conciertos para buscar en la calle la verdad cotidiana de Tokio o de Osaka. La dureza y sequedad de la sociedad de consumo se ablanda un tanto en el mercado, en los puestos de comida de inagotable variedad. ¿Gusta usted del pescado?Los barcos japoneses lo traen desde 200, 800, 3000 o 10.000 kilómetros, de todas especies y sabores. ¿Quiere usted nutrición variada y pesada al centígramo, en recipientes múltiples, que no requiere más que horno de ondas y quizá ni siquiera lavado? Allí está.
La tradición religiosa no se percibe en ningún país gigante, y Japón lo es, con sus 125 millones de habitantes. Pero la tradición social parece intocable. La cortesía va mucho más allá del orden, la limpieza o el silencio que respetan escrupulosamente.
Parece imposible, pero no vi recipientes callejeros de residuos y tampoco se encuentran colillas, papeles, envoltorios. La TV presenta noticieros cuyos voceros se inclinan en una reverencia ante el vidente invisible, tanto al comenzar como concluir.
En dos semanas de constante callejeo no conté ni 20 bocinazos. Dos escapes conté: motociclistas mal horneados.
Casi como retribución de la visita argentina, desde Japón llegará ahora su ballet más antiguo. Sin contacto alguno con Europa, los japoneses crearon el Kabuki, género teatral único, en el siglo XVII, y en él condensan un ritual religioso, un teatro total y una expresión intemporal de los mitos que yacen en el fondo del hombre.
El contacto de Japón con la danza occidental ocurrió sólo en nuestro tiempo y generó una escuela, más tarde reemplazada por el Ballet de Tokio (hace 35 años). ¿Por dónde empezar? El natural modelo fue El lago de los cisnes, de Petipa-Ivanov, curiosa mixtura de un marsellés y ese ruso que se había formado en el Kirov (que acaba de visitarnos para ofrecer dos óperas de Modyest Mussorgski). No tardaron en invitar a gente del Bolshoi y en montar La bella del bosque durmiente. Con la rapidez nipona en asimilar los productos occidentales, la compañía presentó una pieza de otro marsellés, Maurice Béjart.
En 1976, participaron cinco danzarines japoneses en el Quinto Festival Internacional de Ballet (La Habana, Cuba), cuando en Tokio se habían bailado Carmen, de Alberto Alonso, obras de Michel Descombey, de Labis, Balanchine y los cruciales Estudios, de Lander. Japón había ingresado en el grupo de países con mayor repertorio de danza, y en 1986, en estreno mundial, la compañía reveló El Kabuki, creado por Béjart sobre la base de aquel género teatral propio de Japón.
Lo veremos ahora en el Colón, presentado por el Mozarteum Argentino.
A Maurice Béjart lo sedujo la historia que desarrolla El Kabuki. En su transcurso se pasa de la época actual a un tiempo remoto, en el cual se evoca a un guerrero muerto en combate, cuya esposa es requerida por un alto oficial que es rechazado por ella. No es el único pretendiente, y la rivalidad alimenta varios episodios coloridos: pactos de sangre, venganza, suicidio en masa y, sobre todo, apelaciones al honor. En la ceremonia final, se reverencia a Buda (fundador de la religión más extendida en Japón), al emperador y a la gran Nada, lo que quizás enlace con algunos pensadores de Occidente.
La música de El Kabuki fue compuesta por Toshiro Mayuzami, el estreno tuvo lugar en Tokio en abril de 1986 y su presentación aquí tiene el patrocinio de la Fundación para la Historia y la Cultura, de Tokio; de la entidad Japón en la Argentina, Cien Años de Amistad, de la Fundación Okita, y del ABN-AMRO Bank, además del Mozarteum, que es el organizador.
Varias muestras de la cultura nipona habrá para festejar los cien años del Tratado de Amistad, Comercio y Navegación que firmaron en 1898 nuestro país y el Imperio. Desde la llegada a Córdoba de un esclavo japonés, convertido al cristianismo, han transcurrido 402 años. Era en 1596, en Florencia ya se había visto y oído la primera ópera, nacía René Descartes y Shakespeare publicaba El sueño de una noche de verano. La futura capital argentina tenía 16 años y Boris Godunov estaba en camino de ser designado zar de Rusia.
La Secretaría de Cultura de la Nación envió en mayo a Japón a nuestra Sinfónica Nacional. Japón retribuye con teatro danzado. ¡Bienvenido sea el intercambio!






