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Historias para conocer

Jardines de Tivoli: la política construcción del primer parque temático del mundo

Pierre Dumas
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30 de junio de 2020  • 00:05

"Cuando el pueblo se divierte, no piensa en la política". Para ese lema no hay fronteras: de China hasta América Latina, pasando por las monarquías europeas, en algún momento de la historia diferentes gobernantes pusieron en práctica este modo de desviar la atención que el poeta romano Juvenal ya denunciaba hace casi dos mil años. Lo resumió en una frase que atravesó el tiempo y no perdió vigencia: "panem et circenses", pan y circo. Una práctica distractiva que sin embargo dejó grandes legados: del Coliseo romano a las arenas de Arles, Verona o Cesarea. Más acá en el tiempo, también los habitantes de Copenhague supieron de qué se trata: y en su caso heredaron un parque temático, el Københavns Tivoli, que se jacta de ser el más antiguo del mundo moderno.

Tiempos nuevos, ideas nuevas

Fue el empresario Georg Carstensen quien pronunció la frase que sirve de apertura a esta historia. Con esas palabras convenció al rey Christian VIII de alquilarle un predio fuera de las murallas de su capital, donde crearía de la nada un jardín de diversión. Y bien que el monarca necesitaba esa diversión: tenía que hacer olvidar a sus súbditos que su régimen era uno de los últimos representantes del absolutismo en Europa (un sistema que tuvo su apogeo con el rey de Francia Luis XIV), junto con el zar de Rusia, el rey de Prusia o el emperador de Austria. La Revolución Francesa y el parlamentarismo británico habían mostrado otras vías y Europa -Dinamarca incluida- pedía gobiernos más democráticos. En la propia Dinamarca el rey había cedido un poco y acordó una pizca de autonomía a Islandia, una de las porciones de su inmenso imperio del Atlántico Norte, que abarcaba también Groenlandia y las Islas Feroe. De ahí la necesidad de la diversión.

Las puertas del parque son las originales
Las puertas del parque son las originales

¿A qué se parecía un parque con tales fines en 1843?

Cuando abrieron los Jardines de Tivoli no existían todavía el hada electricidad ni el motor a explosión. Sin embargo, la Revolución Industrial estaba provocando grandes avances y cambios en las mentalidades, por supuesto en el Reino Unido pero también en otras partes de Europa Occidental. Y muchas de las novedades e ideas de la época habían llegado a Copenhague, que ya era la más populosa de las capitales escandinavas.

El año de la inauguración de Tivoli, Montevideo estaba bajo asedio; en los cuadernos mundanos se reseñaba la fastuosa boda de Francisca de Bragança, hija del emperador dom Pedro I de Brasil, con un hijo del rey de los franceses; el SS Great Britain, primer transatlántico con motor a hélice y casco de hierro, se botaba en el puerto de Bristol. En aquellos tiempos, la velocidad era una revolución y el tren el máximo vector de modernismo. Su incipiente red iba creciendo y se realizó por primera vez un recorrido internacional, entre Lieja en Bélgica y Aquisgrán en Alemania. En Copenhague, las nuevas ideas eran personificadas por el pensador Soren Kierkegaard, que publicó ese año, en dos volúmenes, su ensayo "O lo uno o lo otro", donde exploraba las alternativas y consecuencias de nuestras elecciones de vida.

Parque de diversión o parque temático

El filósofo seguramente catalogó a los primeros visitantes de los Jardines de Tivoli entre los hedonistas que describió en su obra. Cierto o no, lo más seguro es que se habrán deslumbrado frente a las maravillas imaginadas por Carstensen. Hasta entonces conocían solamente Dyrehavsbakken, la colina de los ciervos , un antiguo coto de caza real abierto al público con juegos y puestos de comida bajo el reinado de Christian V, durante las últimas décadas del siglo XVII. Hoy todavía existe y los daneses lo llaman cariñosamente Bakken : probablemente sea el parque de diversión más antiguo del mundo todavía en existencia.

Montañas antiguas y modernas, se destacan en la iluminación nocturna del parque
Montañas antiguas y modernas, se destacan en la iluminación nocturna del parque Crédito: Shutterstock

¿Entonces qué pasa con Tivoli? Se lo considera en realidad como el más antiguo de una nueva categoría de espacios: los parques temáticos, que encontrarán su tierra de predilección en Estados Unidos a lo largo del siglo XX. La temática en cuestión no nos parece hoy día tan clara como lo fue en su tiempo. Acostumbrados a que un predio entero haya sido construido en torno a un personaje o a una idea (Disneylandia o Europa Park por ejemplo), vemos el Tivoli de Copenhague con una mirada distinta a la que podían tener los visitantes de 1843. Pero había un hilo conductor, y lo conformaban el exotismo y la modernidad: era una suma de edificios, ideas, atracciones y diversiones que Carstensen vio durante sus viajes por Europa.

Porque su parque ya tenía precursores, por más novedoso que fuese comparándolo con el Bakken. Se puede ir hasta antes del año mil para rastrear el ancestro de todos los predios de ocio, sin llegar al circo romano, aquel del panem et circenses . La Feria del Trono de París podría ser la primera: hoy es una especie de Luna Park temporario pero originalmente era un mercadito organizado por una abadía a lo largo de la Avenida del Trono, que daba pie a festejos populares. Se puede mencionar también la Fiesta de San Bartolomé, que perduró hasta 1855 en Londres. En un ámbito muy a lo Nuestra Señora de París, el público se maravillaba con músicos, juglares, lanzallamas, luchadores, acróbatas y domadores de bestias exóticas.

Aquellas diversiones medievales derivaron en el Vauxhall, siempre en Londres. El empresario danés lo pudo conocer ya que funcionó de 1661 a 1859. Un mismo predio sumaba salones de bailes, tiendas de curiosidades, fuentes de agua, falsas ruinas antiguas y pabellones chinos. La idea era sencilla y eficiente: maravillar a un público cuyo mundo no se extendía más allá de las murallas de su ciudad o las aldeas de su condado.

Orientalismos y modernismos

Carstensen sacó muchas ideas del Vauxhall y le agregó matices del Lejano Oriente, una moda muy en boga en Copenhague a principios del siglo XIX. Durante parte del siglo anterior, Dinamarca se había mantenido al margen de las guerras europeas y desarrolló un próspero comercio entre sus colonias (las del Atlántico Norte, pero también en las Antillas, sobre la Costa del Oro africana y en la India) y hasta China. El Imperio del Medio atraía y fascinaba a los marineros, a la nobleza y a los ricos mercaderes que levantaban pabellones orientales en los jardines de sus mansiones. Las crónicas de aquellos tiempos mencionan a miembros de tripulaciones que, al regresar al país, paseaban por las calles de Copenhague vestidos como mandarines.

El orientalismo fue el gran tema de Tivoli , de día como de noche, gracias a farolitos chinos. Sin duda el parque iba más allá de sus predecesores ingleses y franceses: en realidad, creó un precedente e inspiró a otros espacios que le siguieron la corriente durante la segunda mitad del siglo XIX y el XX. No solo asombró a sus visitantes: también se convirtió en un emblema de modernidad. Y en muy pocos años ya era el símbolo luminoso de la capital de los daneses, hasta entonces una sombría ciudad del norte de Europa.

Tivoli se construyó sobre un terreno baldío que el rey alquiló a Carstensen cerca de la Puerta del Oeste. Copenhague en aquellos tiempos conservaba sus espesas murallas, testimonio de guerras pasadas. Entre los pocos vestigios que quedan hoy están el fortín del Kastellet y fosas transformadas en espacios verdes. Algunos cronistas quisieron ver en el desmantelamiento de los muros un "efecto Tivoli". Es muy difícil confirmarlo pero lo cierto es que Christian VIII encargó la demolición de las puertas apenas unos años después de la apertura del parque.

Uno de los sectores de los jardines ambientados para Navidad
Uno de los sectores de los jardines ambientados para Navidad

Vientos de cambio soplaban sobre las tierras vikingas y lo que tendría que haber sido una diversión se convirtió así en un catalizador de modernidad en una época de cambios que alcanzó también la política: Federico VII subió al trono en 1848, luego de la muerte de su padre, y tuvo que aceptar un parlamento que transformó al reino en una monarquía constitucional.

Entre los visitantes: Hans Christian Andersen

Desde el primer momento, las montañas rusas fueron las grandes atracciones de Tivoli. Los soldados de Napoleón trajeron la idea y el nombre de su fallida Campaña de Rusia, al ver gente divertirse mientras se deslizaba con trineos por pistas de nieve sobre lomas especialmente preparadas.

Pero no fue lo único que Tivoli trajo a los vecinos de Copenhague. Deseosos de alcanzar avances que habían ya logrado los ingleses, quienes acababan de vencerlos en un par de guerras, los daneses querían ponerse al día con lo último que se gestaba en Londres: el programa Tivoli-Avis de 1844 nos indica así que en el parque uno podía informarse sobre lo que era un dandy, aprender el arte de escuchar música o acostumbrarse a convivir mundanamente en un espacio público como lo eran los jardines, sus pabellones y sus juegos.

Los jardines de Carstensen trajeron cambios e ideas nuevas en todos los campos, incluido el libre comercio. Tivoli fue una especie de zona franca que podía intercambiar libremente con el resto del mundo, algo prohibido en el resto del reino de Dinamarca hasta 1857. En cuanto a las tecnologías y grandes inventos, el predio sumó a lo largo de los años un estudio de daguerrotipos, bicicletas, un ferrocarril eléctrico y sobre todo iluminaciones nocturnas. Mientras en buena parte de Europa era todavía un asunto de ciencia ficción, se prendían miles de farolitos orientales en los árboles y al costado de los caminos para prolongar la jornada y crear un mundo mágico. Habrá que esperar hasta 1881 para poder ver las lámparas de Edison, la red de distribución de corriente de Deprez y el tranvía eléctrico de Siemens, en la Exposición Universal de la Electricidad de París.

Los jardines de Carstensen trajeron cambios e ideas nuevas en todos los campos, incluido el libre comercio

Fue esta magia nocturna la que encandiló a varias generaciones de visitantes y entre ellos a Hans Christian Andersen, el autor de cuentos inolvidables. El padre de la Sirenita y el Soldadito de Plomo visitó el parque al poco tiempo de su apertura. El ambiente oriental le inspiró uno de sus cuentos más conocidos: Nattergalen, "El Ruiseñor" . Todas las "chinoiseries" (el término fin de siglo XIX para designar los orientalismos) que volcó en sus escritos vinieron del parque, porque Andersen no viajó más allá de Grecia. "El Ruiseñor" fue publicado a semanas de su paseo por Tivoli, junto al "Patito Feo" y otros cuentos en el volumen Nye Eventyr, que terminó de asentar su popularidad.

Inspiración para el Tío Walt

Pasó mucho más de un siglo y medio desde aquellos deslumbramientos; hoy estamos acostumbrados a lo que puede crear la electricidad y a las sensaciones de las montañas rusas. Pero Tivoli sigue siendo tan actual y fascinante como en 1840.

Hace mucho que la ciudad lo absorbió dentro de su zona céntrica. Y hace mucho también que el orientalismo remite a conceptos distintos en nuestro mundo globalizado: pero la ambientación sigue siendo mágica y las iluminaciones nocturnas deslumbrantes. Se conservaron la puerta monumental y los pabellones de Carstensen; la Tivoli Youth Guard sigue marchando por el parque (y también por las calles de Copenhague) llevando música con sus integrantes vestidos como los Horse Guards ingleses. Cada año suma unos 20 nuevos miembros, de 7 a 11 años de edad, para perpetuar una tradición nacida en 1843. Junto con sus pares adultos, tocan un amplio repertorio que incluye marchas militares, clásicos del pop y el himno danés "Det er et yndigt land" (Hay una hermosa tierra).

La ambientación para la noche de Halloween
La ambientación para la noche de Halloween Crédito: Shutterstock

El parque tiene un especial encanto de noche, con todas sus luces prendidas. Algunos sectores y edificios conservan el aspecto que tenían a mediados del siglo XIX, como los pasillos bajo las linternas chinas o la pagoda japonesa. La Navidad y Halloween son momentos especiales para disfrutar por la noche: en esa época del año oscurece temprano en Copenhague y se pueden disfrutar largas horas de ese ambiente mágico.

En los años 50, el parque ya había recobrado todo su brillo habitual luego del sombrío período de la ocupación alemana (los nazis se ensañaron particularmente contra Tivoli, símbolo de la cultura popular danesa) y maravilló a un visitante en particular. Walt Disney lo recorrió en julio de 1951 y nunca ocultó que los dos lugares que lo inspiraron para crear Disneyland en California fueron Madurodam (un parque de réplicas de edificios históricos en Holanda) y Tivoli.

La Navidad y Halloween son momentos especiales para disfrutar por la noche: en esa época del año oscurece temprano en Copenhague y se pueden disfrutar largas horas de ese ambiente mágico

De la misma manera, más de un siglo antes Carstensen se había maravillado e inspirado en los parques parisinos y londinenses. El primer nombre que pensó para su emprendimiento fue incluso Kjøbenhavns Tivoli og Vauxhall (el Tivoli y Vauxhall de Copenhague), un nombre prontamente simplificado. A su vez, los Jardins de Tivoli de París (que tuvieron varias versiones entre 1730 y 1842) se inspiraban en los predios y paisajes de la Villa d'Este, en Tivoli, cerca de Roma, con sus ruinas antiguas, las cascatelle (caídas de agua creadas artificialmente) y las perspectivas manieristas.

Inspirado e inspirador a la vez, el parque de Copenhague impulsó otro centro de diversión que hasta adoptó su nombre: se encuentra en Aarhus, la segunda ciudad de Dinamarca. El Tivoli Friheden es el continuador de un emprendimiento que nació en 1903 y tiene actualmente unas 40 atracciones. A pesar de compartir nombre, no logra rivalizar con su mentor, que se actualiza con las nuevas tecnología a pesar de su venerable edad. J unto a las montañas rusas de madera, que figuran entre las más antiguas del mundo, se instalaron otras de última generación. Entre ellas, el carrusel Himmelskibet (el barco del cielo) fue la más alta del mundo durante muchos años. Hace volar sus sillitas hasta 80 metros de altura: algo que Carstensen, por más visionario que fuera, nunca habría podido imaginar.

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