
Jessica es diseñadora de indumentaria slow fashion, una corriente que replantea la producción, el consumo y la acumulación de ropa. Moda con conciencia ecologista o cómo realizar un vestido de novia con 500 sachets de leche.
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Por Carlos Maidana
¿Cómo interpretamos el concepto de indumentaria sustentable? Biótico es el proyecto de la diseñadora Jessica Pullo, cuyas colecciones se confeccionan a partir de desechos textiles y plásticos blandos. Por ejemplo, llegó a transformar 500 sachets de leche en un vestido de novia, y lo propio hizo con bolsas transparentes y envoltorios de snacks. Una opción ecológica para generar conciencia sobre el daño ambiental, el consumo responsable y la reutilización de los recursos.
Jessica se recibió de Diseñadora de Indumentaria en la Universidad de Buenos Aires en 2014. Antes de eso tuvo tres intentos interrumpidos, sistemáticamente, para presentar su tesis y finalmente quedarse con el título, hasta que un viaje de un mes por el norte argentino la llevó a la introspección. “Cuando entendés que se puede vivir con tres mudas de ropa, que llevar prendas de más te pesa y preferís no tenerlas, empezás a hacer un cambio”, cuenta a modo de presentación, casi estableciendo un punto de quiebre personal y el avance hacia una conciencia de consumo responsable.
Al volver a Buenos Aires decidió retomar su tesis y, como resultado, presentó un vestido hecho íntegramente de bolsas de comida para perros. “Era un diseño superfuturista y rupturista. Fue mi forma de empezar a plantear que, desde la moda, es posible abordar cuestiones referidas al reciclaje que generen un cambio de conductas”. Luego de recibirse, logró posicionar su proyecto en el Distrito de Diseño del Centro Metropolitano de Diseño de la Ciudad de Buenos Aires. Ganó una beca y, por cuatro meses, tuvo a su disposición las oficinas para trabajar con técnicas de corte láser y seguir experimentando con materiales reciclados. “Plásticos hay un montón, pero elegí trabajar con los blandos. Con el proceso de corte obtenemos las tiras que luego forman los paños textiles”, explica.

<b>EN CÁMARA LENTA</b>
El 24 de abril del 2013, en Daca, la capital de Bangladesh, se derrumbó el Rana Plaza, un edificio de ocho pisos con varias tiendas y fábricas textiles de producción las 24 horas. Como consecuencia hubo más de 1.100 muertos y casi 2.500 heridos. Para ese entonces, la industria de la indumentaria en Bangladesh dejaba ganancias de cerca de US$ 20.000 millones anuales, casi el 80% de las exportaciones nacionales. Claro que la producción se realizaba, casi en su totalidad, bajo las peores condiciones de precariedad laboral.
“Pareciera ser que hay un mandato divino respecto de la moda que dice que solo un sector de la población mundial puede acceder a comprarse ropa de marca, mientras que otro sector mucho más grande es el que trabaja en la producción en condiciones de esclavitud, muchas veces arriesgando su vida. Si yo compro y me visto con algo que tiene todo ese bagaje atrás, no puedo usarlo sin culpa. Es casi una cuestión karmática”, asegura Jessica, que se autodefine dentro de la corriente slow fashion.
El derrumbe del Rana Plaza se debió, entre otras cuestiones, al peso y a las vibraciones generadas por el uso prolongado de maquinaria pesada, lo que hizo que la estructura terminara cediendo. Una de las tantísimas consecuencias fue la mayor visibilización de esta nueva corriente filosófica que se permitió repensar la industria de la moda. El concepto data de 2007 y fue promovido por Kate Fletcher, profesora de Sostenibilidad, Diseño y Moda en el Centro de Moda Sustentable de Londres. Fletcher tiene varias publicaciones sobre la reutilización de materiales y cambios de conductas para los procesos de producción textil.
Hay varios exponentes de la moda lenta en el mundo. En Italia, la marca Giulia Rien À Mettre, de la diseñadora Giulia Mazzer, apuesta por tejidos ecológicos, como la fibra de leche, la seda ahimsa o el cáñamo. Pero el slow fashion no solo replantea cuestiones de producción, sino también de consumo y acumulación. De esta manera, se presentan colecciones atemporales, bajo el concepto “no season”, para escaparles a las invasivas campañas de marketing. En España, la marca Medwinds de Lorenzo Fluxá sigue el ritmo de las dos temporadas. Claro que las grandes marcas se contradicen constantemente con mensajes antagónicos. En 2015, en una entrevista a The Guardian, el CEO de H&M, Karl-Johan Persson, expresó que una caída en las ventas tendría resultados catastróficos. “Si disminuyésemos solo el 20% de las compras, el resultado en el aspecto social y económico sería el de la pérdida de una gran cantidad de empleos y un mayor avance de la pobreza”, aseguró.
Jessica basa su conciencia de reciclado en estos conceptos: “Todo este movimiento plantea que parte de la solución a los problemas ambientales radica en el consumo responsable. Genera un ahorro no solo de dinero en la economía personal, sino de tiempo y espacio. Si dejáramos de producir ropa en este mismo instante, habría prendas para que se vistiera todo el mundo y aun sobrarían enormes cantidades. Porque mientras estamos durmiendo hay fábricas en China que producen las 24 horas. Y, en nuestro país, una innumerable cantidad de talleres clandestinos”.
Su diagnóstico es elocuente: “Hay que empezar a utilizar todo el plástico que ya está disponible, que es un montón, y está al alcance de todos. Vivo en Parque Patricios y consigo sachets que usan las cafeterías del barrio. Si recorro cinco en una semana, junto 1.000. Y, para hacer un vestido de novia, usé tan solo 500. Eso quiere decir que en una semana apenas tengo la capacidad de reciclaje para cubrir la mitad de lo que desechan cinco negocios que están a no más de tres manzanas a la redonda de mi casa”.
Jessica presentó esta técnica en vivo, durante la exposición Fábrica de Diseño e Innovación que se realizó en septiembre pasado en Tecnópolis y que convocó a jóvenes talentos del Diseño de Indumentaria. Con sus creaciones participó de muestras y eventos por todo el país y también en Brasil, donde el año pasado se realizó un desfile en el marco del décimo Foro Mundial de la Paz, en Florianópolis. “Puede ser que no quieras comprarte un vestido hecho íntegramente de sachets de leche, pero seguro vas a entender que ese plástico tiene una vida útil más allá de su uso como envoltorio. En internet abundan los tutoriales, diferentes técnicas de corte y reutilización. Y, a partir de ese desecho convertido en materia prima, se pueden hacer manteles, una cortina de baño, marroquinería, lo que sea. Pero seguramente sea mucho más saludable para todos si se evita que ese envoltorio termine en un basural a cielo abierto”.
<b>BIÓTICO, LAS TRES PATAS DE UN PROYECTO SUSTENTABLE</b>
Las empresas B redefinen el sentido del éxito empresarial con fines que trascienden lo netamente lucrativo. Abarcan problemáticas sociales, ambientales y buscan también la inclusión laboral. El rendimiento financiero de la empresa es una herramienta indispensable para el logro de los objetivos, pero no es su única razón de existencia. Surgieron como iniciativa de B Lab, una compañía de Philadelphia fundada en 2006 por Jay Cohen Gilbert, y Biótico encuadra perfectamente en ese paradigma de negocios.

“Todas las técnicas que desarrollo son superfáciles de compartir. No tienen ningún tipo de patente y la idea es que justamente logren una mayor capilaridad. La pata social de mi proyecto es una de las más importantes. Trabajo con fundaciones y ONG en las que capacito a la gente en los armados de textiles, limpieza, corte, tejido y costura”, explica Jessica.
Actualmente, colabora con la Asociación Laboral Para Adultos con Discapacidad Intelectual (ALPAD) y junto a ellos creó las prendas que fueron presentadas en noviembre pasado en el Centro Cultural de la Ciencia. “Ahora estamos comenzando a diseñar un catálogo de productos para regalos corporativos, todo hecho con materiales reciclados, diseño de autor y elaborado en el taller de ALPAD. Trabajar con ellos es muy reconfortante y te lo hacen saber. Cuando las personas con discapacidades diferentes tienen la posibilidad de conocer gente nueva y, encima, trabajar con ellos, se muestran muy agradecidos”, agrega.
Jessica se considera activista y, como tal, no se centra únicamente en la moda. Participa en la organización de un festival de alimentación saludable. Y, durante el verano, intervendrá en festivales de la costa atlántica para concientizar sobre la recolección de residuos en las playas. “El cambio siempre tiene que empezar por uno para que luego sea permeable al resto”.
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