
Se casaron el 1 de agosto de 1986 y durante ocho años sostuvieron un matrimonio que estuvo siempre bajo el foco de las cámaras
En los libros describieron ese momento como una noche cálida de 1984 en Los Ángeles. Había olor a azahares en el aire y una mansión llena de celebridades. Entre todos, se encontraron ellos.
“Mis ojos cruzaron de inmediato la habitación hasta detenerse en una chica de rasgos marcados e intensos, con el pelo teñido de rojo, y entonces sus ojos se encontraron con los míos”, recordó John McEnroe en su autobiografía You Cannot Be Serious. Era una de esas fiestas donde abundaban las drogas y el glamour. “Entré al living y ahí estaba John con su amigo y también campeón de tenis Vitas Gerulaitis”, escribió, por su parte, Tatum O’Neal en A Paper Life.

Él tenía 25 años y era el número uno del tenis mundial. Ella, con apenas 19, seguía siendo la ganadora más joven del Oscar gracias a Paper Moon, aunque cargaba una historia familiar marcada por el abandono y las adicciones. McEnroe era el chico malo del circuito, famoso por sus estallidos de furia en la cancha; Tatum, la hija de Ryan O’Neal, una estrella infantil cuya vida privada era un desastre. La atracción fue inmediata.
“Me acerqué y me presenté, aunque no hacía falta ninguna presentación. Sabía perfectamente quién era Tatum O’Neal. ¿Estaba demasiado impresionado? Tal vez”, recordó el tenista. Ella, en cambio, esperaba encontrarse con un hombre tan irascible como su fama indicaba y se sorprendió: “Era dulce, normal. Incluso estaba un poco juguetón; se reía mucho”.

Mientras la música seguía sonando y las conversaciones llenaban la casa, ellos se apartaron y hablaron durante horas. “De vez en cuando [Tatum] se inclinaba hacia mí y me susurraba algún comentario divertido sobre alguien de la sala. Esa complicidad era sensual”, escribió McEnroe.
Al despedirse se besaron. “Ella sonrió. La besé otra vez. Eso fue todo lo que pasó esa noche. Pero mientras manejaba de regreso por las colinas, con su número de teléfono en el bolsillo, sentía el corazón lleno por primera vez en mucho tiempo”.
“Harto de sentirme vacío”
McEnroe atravesaba el mejor momento de su carrera, pero la presión por seguir siendo el mejor, las exigencias familiares y la fama lo habían empujado hacia la vida nocturna neoyorquina y el consumo de drogas como una forma de escapar del estrés. “Simplemente estaba harto de sentirme vacío. Quería obtener algo más que dinero de todo lo que había conseguido”, escribió.

La historia de Tatum era mucho más oscura. Hija de los actores Ryan O’Neal y Joanna Moore, creció en un hogar atravesado por las adicciones, la violencia y el abandono. Su madre era alcohólica y adicta a las drogas. Encerraba a sus hijos (su hermano Griffin nació 11 meses después que ella) durante horas. Una vez se fue a pasar el fin de semana afuera y los olvidó en el baño. No volvió a buscarlos: llamó a un conocido para que fuera por ellos. Eventualmente, los dejó al cuidado de su padre, donde la situación no era mejor.

Las mujeres entraban y salían de la casa. Había droga y extraños todo el tiempo. Más tarde ella contó que en ese contexto sufrió abuso sexual por parte de un dealer. Después, cuando a los 10 años ganó el Oscar por Paper Moon, película que protagonizó junto a su padre, su éxito agravó la relación. Según contó más adelante, Ryan nunca soportó que ella le robara el foco. La resentía, y por eso la humillaba constantemente. Cuando se enteró de su nominación, de hecho, la ira fue tan grande que le pegó. A la ceremonia solo fueron sus abuelos.
Las drogas llegaron temprano. En lo que era su vida pública, se los veía a padre e hija en fiestas de adultos adonde iban las grandes figuras como Jack Nicholson, Woody Allen o Robert De Niro. Enseguida probó la marihuana, alentada por el propio ambiente familiar (cuando a los 12 años le preguntó al papá si podía probar, él simplemente le pasó un porro); después la cocaína.
“Aprendí que la coca me hacía sentir mucho mejor. Era como la panacea que siempre necesité para aliviar mis pensamientos atormentados [...]. Aunque había crecido rodeada de adictos, no sabía lo suficiente sobre la adicción como para entender que aquello era una señal de peligro. Y, aunque lo hubiera sabido, eso no me habría frenado”, escribió.
Ese era el contexto en el que se conocieron.

“Las chicas, las fiestas...”
Aunque él se había criado en una familia completamente diferente, presentes pero con grandes exigencias respecto de su hijo, McEnroe y O’Neal compartieron, al principio, también el consumo. De chico a él le aterraba la idea de probar drogas, aunque muchos compañeros ya experimentaban con marihuana. Él se enfocaba en el deporte y sobrevivía a la presión familiar.

Pero su ascenso meteórico tenía dos caras: “Todo parecía real e irreal al mismo tiempo. Por un lado estaba el trabajo duro de viajar, entrenar y jugar; por el otro, las cámaras, los fanáticos, las fiestas, el dinero. Las chicas. Las fiestas…”. Pero en 1979 las ansias de pertenecer al grupo de los grandes tenistas lo llevó a ceder. Había salido con Bjorn Borg y Vitas Gerulaitis a una fiesta donde “ingirió algo que nunca había probado antes”. Lo tuvieron que cargar de vuelta al hotel entre los dos y, aunque se sintió enfermo, también dijo que se sentía “parte de la pandilla”. Para cuando conoció a Tatum, su consumo de sustancias se había vuelto recurrente.
Ambos recordaron de manera casi idéntica su primera noche juntos: “Fue una decepción, por decirlo de la manera más suave. Los dos estábamos tan drogados que tener sexo —o incluso simplemente tocarnos y hablar— parecía algo imposible”, escribió ella. Al amanecer, McEnroe terminó durmiéndose en el piso de un ropero. “Debían haber sido las drogas”, concluyó Tatum.

Pero la relación prosperó, y en pocos meses se mudaron juntos a Malibú, cerca de Ryan O’Neal. Aunque ella trataba de alejarse de las drogas, el ambiente la llevaba de nuevo a caer. Mientras tanto, aunque él tenía un éxito tras otro en el circuito, la presión iba también en aumento. Llegó a un punto en donde intentaba que lo multaran en los partidos para que, eventualmente, lo suspendieran por unos días. “[...] Me sentí más y más solo en la cancha. Nadie trataba de ayudarme, y yo no le estaba pidiendo ayuda a nadie. Me metí en un agujero cada vez más profundo, y cada vez me sentía peor por eso”.
“Nos obligaría a encarrilarnos”
Entonces, tuvo lo que consideró “una idea brillante”: tener un hijo. “Tal vez nos obligaría a encarrilarnos”, pensaba. “El plan de John para mí era muy simple: quedar embarazada y dejar las drogas. Y funcionó”, escribió Tatum. “Cuando lo conocí tenía una dependencia innegable de la cocaína, pero dejé de consumir por completo cuando empezamos a intentar concebir a Kevin”.

En septiembre de 1985 quedó embarazada. La noticia coincidió con uno de los peores momentos deportivos de McEnroe. Después de años como número uno, perdió el liderazgo del ranking frente a Ivan Lendl. Para alguien educado bajo la idea de que solo importaba ser el mejor, el golpe fue enorme. Al mismo tiempo, estaba por convertirse en padre. Decidió alejarse temporalmente del tenis.
Kevin nació en mayo de 1986. Poco después, impulsado por sus convicciones religiosas y por lo que él mismo describió como “culpa católica”, la pareja decidió casarse. La boda, celebrada el 1 de agosto, estuvo marcada por el asedio de los fotógrafos.
“Algunos de los cronistas y fotógrafos empezaron a gritar cuando salíamos de la iglesia: ‘¡Una sonrisa! ¡Posen para unas fotos! ¿Están felices, no?’. Y eso era lo último que yo quería hacer. [...] Terminamos posando igual: hay fotos nuestras afuera de la iglesia. Me arrepiento de haberlo hecho; me sentí presionado a demostrar mi felicidad, lo cual es completamente ridículo si lo pensás. Odié cada minuto”.

Para Tatum también fue una ceremonia incómoda. No invitó a su familia y sintió que revivía la soledad que había experimentado el día en que ganó el Oscar. Esa noche, además, terminó muy lejos del cuento de hadas: “Me acurruqué al lado de mi bebito y esperé a que John viniera a la cama. Se había desmayado en alguna parte de la casa, así que nunca llegó. Se sintió muy raro pasar nuestra noche de bodas separados”.
“Ahí se va 1987″
No hubo luna de miel: McEnroe se puso enseguida en carrera para reconquistar el primer puesto del ATP. Se fueron a Stratton Mountain, Vermont, donde se jugaba el Volvo International. Llegó a la semifinal, que perdió contra Boris Becker en un partido histórico por la ira y la frustración que mostraba el tenista ante las cámaras.
Tatum resaltó: “[...] parecía estar desmoronándose emocionalmente. Le escupió a un juez e insultó a su rival, Boris Becker. Después, tras un fallo muy fino que John consideró injusto, Becker le ganó. John estaba devastado. Estaba convencido de que los jueces, los otros jugadores, la prensa la tenían contra él, decididos a verlo fracasar. Me sentí muy mal por mi pobre y desanimado marido”.

Después perdió el US Open en primera ronda, lo que lo dejó en el puesto 20 del ranking momentáneamente. A fines de ese 1986, entonces, se fueron finalmente de luna de miel a Hawai. Él quería recomponerse, dejar atrás lo malo y “empezar de cero el próximo año”. No esperaba que su esposa estuviera embarazada.
Cuando ella se lo contó, él se quedó en silencio. Le preguntó varias veces si realmente estaba segura de querer otro hijo. Estaba convencido de que 1987 sería el año de su recuperación deportiva y sintió que el embarazo cambiaba todos sus planes.
“[John] Estaba desesperado por reivindicarse después de las decepciones de 1986. También me preocupaba por lo inestable de nuestra relación. Se me pasó por la cabeza que me arriesgaba a poner a John un poco celoso porque, desde el momento en que nació Kevin, quedó claro que la maternidad me importaba más que cualquier otra cosa”. Cuando ella le aseguró que quería tenerlo, la respuesta de McEnroe no fue la que esperaba: “Ahí se va 1987”, dijo.

Aun así, volvió al circuito decidido a recuperarse. Pero las derrotas continuaron y el clima en la casa empeoró. McEnroe descargaba cada vez más su frustración sobre su esposa: la acusaba de no apoyarlo, aunque al mismo tiempo decía públicamente que jugaba mejor cuando su familia no viajaba con él. Tatum se había convertido en el blanco de toda su bronca.
En septiembre de 1987 nació Sean, el segundo hijo de la pareja. “Fue un breve período de calma en una época cada vez más turbulenta— resumió McEnroe—. Ahora teníamos dos bebés en la casa y los dos nos sentíamos cada vez más desbordados. Yo intentaba reconstruir mi carrera; Tatum, que apenas tenía veinticuatro años, trataba de descubrir quién era y qué significaba ser madre”.

Años después, ella agregaría otro elemento a esa etapa. En una entrevista con Barbara Walters para ABC aseguró que, cuando volvió al tenis en 1988, McEnroe consumía esteroides, y que ella logró convencerlo de dejarlos porque, según dijo, “se estaba volviendo violento”.
Escapar de la infelicidad
Mientras la carrera de McEnroe seguía perdiendo impulso, el matrimonio también se desmoronaba. Para Tatum, desde que había sido madre resultaba cada vez más difícil volver a trabajar como actriz. Para John, en cambio, cada derrota dentro de la cancha encontraba una culpable en su casa. En esos años volvió a refugiarse en la marihuana. Más tarde admitiría que la consumía para escapar de la infelicidad de su vida familiar, aunque terminó agravando todavía más su carácter.

Y aunque todo se desmoronaba, en 1990 Tatum le propuso tener un tercer hijo. McEnroe no estaba convencido. Ella dijo que era un cobarde. “Le dije: ‘¿Cobarde? Vos sos la que tiene que pasar por eso, no yo. Y vos sos la que siempre está hablando de lo difícil que es tener una carrera. ¿Pensás que tener otro hijo va a resolver ese problema?’”.
Sin embargo, siguieron adelante. Emily nació en mayo de 1991. Pero esta vez el nacimiento no acercó a la pareja. Al contrario. “Nunca había suficiente calma en la casa. Con demasiada frecuencia Tatum terminaba avergonzada por alguno de mis estallidos en la cancha. Mi respuesta fue abusar de la marihuana. Pensaba que me relajaría y me ayudaría a disfrutar más de la vida. Lamentablemente, solía tener el efecto contrario”, detalló él.

Ella también se sentía al límite y reconoció: “A veces tenía que confesar que estaba totalmente sobrepasada: sin tiempo, tres hijos, muchísimo trabajo... Estoy cansada... Estoy leyendo al Dr. Spock y tratando de armar un archivo organizado de lo que hago. ¡No tengo de dónde sacar fuerzas!... Los chicos siempre están haciendo algo: tironeando, corriendo, saltando, pegando, tirando cosas, mordiendo, escupiendo, tirando del pelo. Etc. [escrito en su diario]”.
La convivencia se volvió insoportable. Ella sentía, una vez más, que revivía la relación con Ryan: McEnroe la criticaba por el peso que había ganado durante los embarazos, por su forma de hablar, por negarse a tener relaciones sexuales cuando él quería, por amamantar demasiado tiempo, por no mantener a los chicos suficientemente callados o incluso por no caerles bien a las esposas de otros tenistas.
A comienzos de 1992 empezó a pensar seriamente en separarse.
El toque de difuntos del matrimonio
La decisión definitiva llegó meses después. McEnroe estaba disputando la Copa Davis en Hawai cuando Tatum viajó con los chicos para reunirse con él. Durante el viaje, Kevin se enfermó. Le aparecieron moretones por todo el cuerpo y después una inflamación que le impedía caminar. Ella insistía en que había que llevarlo al hospital. John creía que solo era un virus. Cuando su condición empeoraba, tomaron un vuelo a Nueva York. Kevin debió ser trasladado en silla de ruedas. “Tomé como una muestra clarísima del desapego de John el hecho de que ni siquiera quisiera empujar la silla de ruedas. Parecía ofender su orgullo de macho, como si creyera que la enfermedad de Kevin era solo un drama que yo había inventado y que lo hacía quedar débil a él. Fue en ese momento cuando comprendí que había empezado a despreciarlo por su egoísmo”, destacó ella.

Durante algunas horas los médicos llegaron a sospechar que el niño podía tener leucemia. Finalmente le diagnosticaron un síndrome de Henoch-Schönlein, pero la espera destruyó lo que quedaba del matrimonio. Ella lloraba aguardando noticias, y él le criticaba la muestra de sentimientos. “Creí de verdad que era mi alma gemela. Pero su frialdad y su crueldad habían ido desgastando mi amor poco a poco”, concluyó Tatum.

En su diario, meses después, anotó: “Empiezo a odiar a John. [...] ¡Se comporta de forma tan egocéntrica y no puede verbalizar nada, y después, cuando se frustra, se la agarra conmigo! Se le arruga la frente, el cuerpo le empieza a dar tirones y arranca con su ráfaga de insultos e insinuaciones, ¡y a mí me empiezan a arder los hombros, me empieza a doler el estómago y quiero gritar! El toque de difuntos de mi matrimonio ya estaba sonando”.
La decisión final llegó después de un estallido de violencia.
Una batalla pública
Tatum había asistido sola a un acto de recaudación de fondos para la campaña presidencial de Bill Clinton. A él no lo habían invitado y, una vez más, el ego herido de McEnroe revivió las experiencias de la infancia de ella: cuando volvió a la casa, el tenista empezó a insultarla y terminó empujándola por una escalera. Le gritó: “¿Te acordás de lo que eras cuando me conociste? ¡No eras nada! ¡Y mirate ahora! ¡Mirá lo que hice por vos! Tendrías que respetarme”. Ella le puso punto final a todo: tomó un taxi y se refugió en la casa de Mick Jagger, donde se alojaba un amigo cercano.

McEnroe recordó ese momento de otra manera, poniendo el foco en el abandono: “Sentí furia hacia Tatum: ¿cómo pudo tomar esa decisión cuando yo ya le había dicho que iba a dejar de jugar para que ella pudiera trabajar más? Era como si ella sacase poder de mi debilidad”.
El divorcio se extendió durante 22 meses y se convirtió en una batalla pública. Discutieron por la custodia de sus hijos, por las acusaciones cruzadas de consumo de drogas y por la división de los bienes, condicionada para ella por un acuerdo prenupcial. La separación quedó formalizada en 1994 con un régimen de custodia compartida. Sin embargo, cuatro años más tarde, después de una recaída de Tatum en las drogas duras, McEnroe obtuvo la custodia legal de Kevin, Sean y Emily.


