
Jorge Drexler, el embajador del Plata
Le cantó al río y ganó un Oscar, viaja por el mundo con sus canciones, y vendrá a la Argentina en septiembre. La intimidad de un uruguayo universal
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PORTO ALEGRE.- Aquí hay un Brasil distinto al de la postal: de bufandas, gorros de lana y ocho grados por la noche. De termos bajo el brazo y mates por la calle, como en Montevideo, y gauchos como los nuestros, con bombachas de campo y alpargatas, pero con el acento en la "u". Aquí hay viejas barberías detenidas en el tiempo y hay jeans elásticos que aguantan el embate de las caderas generosas de sus dueñas. Hay un antiguo mercado de frutas y carnes en el centro histórico y frituras que se ofrecen al paso. Quioscos atestados de revistas y vendedores ingeniosos en la peatonal tratando de ganarse sus reales.
En la capital de Rio Grande do Sul, Jorge Drexler parece haber encontrado un norte. Hace años que viene a cantar a Brasil, un país tan complejo para los músicos de habla hispana como receptivo para los que se animan a transitarlo. Ya dio un concierto en San Pablo y lo esperan dos en Porto Alegre y un cuarto en Florianópolis. Trae un disco nuevo bajo el brazo, Amar la trama, el que presentará en Buenos Aires desde el 17 de septiembre.
Mayor de cuatro hermanos, estudiante de medicina que abandonó la otorrinolaringología a las puertas del kilo de harina y los huevos, y narrador de historias que seducen al oyente, este montevideano que vino al mundo en el 64 está por llegar al hotel en el que ya llevamos medio día. Lo vemos cruzar el lobby, saludar con una sonrisa franca y retirarse a dormir una siesta corta. Anoche hubo show, clases de samba y pocas horas de sueño; no hace falta ser adivino para intuir que lo mismo le espera -nos espera- para las dos noches por venir.
Después de Cara B, un disco de antojos personales para sus seguidores más profundos y tras 12 segundos de oscuridad, un álbum marcado por la separación de su primera mujer, este hombre, que aceptó hace 16 años la invitación de Joaquín Sabina para emigrar a España, se despachó con un disco gordo. Se cansó del sonido diminuto y armó una banda con siete músicos. "No fue fácil. Meter a alguien en el escenario es muy íntimo, es como meter a alguien en la cama."
Mientras Jorge duerme la siesta, salimos a buscar el marco ideal para la producción de fotos. "Porto Alegre es una isla", nos cuenta un taxista, que nos sugiere ir al morro de Santa Teresa. En el viaje nos cruzamos con las dos pasiones futbolísticas de la ciudad, Gremio e Internacional. En el estadio del primero hay un cartel que anuncia, con orgullo, "Campeón del Mundo"; en el de su rival van más allá: "Campeón de todo". Desde el morro se ven varias camisetas rojas con los nombres de Guiñazú y D’Alessandro, los dos argentinos que son ídolos de media ciudad. Hoy está soleado pero mañana, a la hora de las fotos, el paisaje mutará a un nublado brumoso. Tenía razón el conductor, este es el sitio ideal: se ve cómo la ciudad convive con el río Guaíba, el contorno que marca el comienzo de uno y el final del otro, y el respeto que el cemento les tiene a esas aguas que, en 1941, invadieron las calles. "Llovió por más de tres meses y se inundó todo, por eso hay unas barreras instaladas en la orilla", nos ilustra.
En la puerta del céntrico hotel Embaixador espera la combi que nos transportará hasta el teatro Bourbon Country, una moderna sala para 1200 personas que vendió todos sus tickets para las dos noches con Drexler. Nos recibe Fernando Sánchez, el manager de gira y encargado de administrar los tiempos, atender cada detalle y arriar a los músicos cuando se dispersan por los pasillos a minutos de salir a escena. "Jorge es como un niño; se entretiene con cualquier cosa", dirá cuando por fin logre que el cantante se ponga la camisa y la corbata que mostrará sobre las tablas.
Durante casi dos horas los músicos prueban sonido, buscan reducir al máximo los ruidos y se entretienen en cada tiempo muerto. Mientras, el autor de "Al otro lado del río" le da indicaciones al sonidista. Alcanzamos a escuchar que hay una sorpresa para "Aquiles, por su talón es Aquiles", canción de Amar la trama, ubicada en la mitad del show: los vientos empezarán a tocar el tema en el palco y luego volverán a escena para "Las transeúntes", la siguiente canción. La corrida los deja sin aire y mantiene en zozobra al cantante que, con humor, reemplaza la línea que dice Y las musas huyen si las asedias/Y otra canción que va a quedar a medias, por "otra canción que se va a la m...".
Tras bambalinas hay cosas ricas para comer, cerveza, gaseosas y una botella de whisky que llama la atención de muchos, pero todos esperan el guiño de Drexler para que sea abierta. Al lado del camarín reservado para este hombre que no comparte ni entiende la definición de cantautor, espera Vitor Ramil, el músico brasileño clave en la interacción regional. Juntos cantarán hacia el final de la noche "Astronauta", pero ahora Ramil está hablando de Mercedes Sosa y de Jorge Luis Borges, y rasgando la guitarra con calma.
Cuando llega el momento de salir al ruedo, Jorge reúne a sus músicos, se abrazan en círculo y escuchan las palabras del ritual: "Mente enferma en cuerpo sano, escopeta en espalda. ¡Y sable en mano!", recita el líder para templar los corazones y ganar el escenario con un espíritu más propio de una banda de rock. Es que la relación entre ellos y lo que transmiten en directo es propia de un grupo más que de un solista con un septeto que lo acompaña. Por eso no sorprende cuando confiesa que hasta pensó en ponerles un nombre, Los José Alfredo, en honor al bar madrileño en el que se reúnen religiosamente cuando no están de gira. Un instante después de la arenga, el montevideano ya está cantando la nueva "Todos a sus puestos", ideal para abrir la noche: Y aunque no haya razón,/¡Todos a sus puestos! /La vida puede que no/se ponga mucho mejor que esto.
Vivir a dos soles
"Estoy muy orgulloso del reconocimiento que tengo ahora", admite Jorge, quien disfruta de su vida a dos soles, entre Madrid y Montevideo. El hombre que decía que su casa estaba en la frontera ahora tendría que preguntarse en cuál de ellas. Disfruta a la española con ese dejo de melancolía rioplatense que nunca va a poder quitarse de los huesos, pero empieza a perder esos modismos tan hermosamente uruguayos que ya no salen de su boca. Y también vive plenamente sus cortas estadas en el suelo que lo vio nacer. "Disfruto de ir a un restaurante en Montevideo y que me saluden, que me den una mesa bonita, que me traten con cariño, que me cuenten que su hija se casó con una canción mía", enumera quien tiene una misma costumbre para pasear por sus dos ciudades: lo hace en bicicleta.
Juguemos con el tiempo y vayamos al futuro, que ya quedó atrás. El primer show terminó, todos salen conformes y un puñado de fans espera, con paciencia, papel y birome, que Jorge salga a firmar autógrafos. Luego llega el turno de cenar, dar una vuelta por la noche de Porto Alegre y engañar al reloj. ¿Alcanzarán las horas de sueño para emprender con fuerza el domingo que nos espera?
Ananá, papaya y bananas en un rincón, panes y fiambres en otro y unos huevos mexicanos y pizza un poco más allá. La tentación es grande, pero la costumbre de desayunar a diario un par de tostadas no permite que convirtamos esta comida en un primer almuerzo. Sin embargo, cuando Drexler aparece en el salón con la asimetría que produce su sonrisa con cara de hombre dormido, se conduce en línea directa a los huevos. Más tarde, en el bistró del Museo Margs, habrá de este lado de la mesa un risotto y, del otro, carne asada con ensalada; en el medio, un malbec argentino.
Brasil está en su corazón, y es inevitable empezar a hablar de sus excursiones a este país, pero la Argentina es un mojón que marcó su trayectoria. "El primer romance que tuve con la Argentina fue un sacudón. A Sabina le pasó lo mismo. Yo había sacado mi tercer álbum en España por una multinacional y no vendía discos. Vivía más de lo que sacaba de mis composiciones cantadas por otros (Ana Belén y Víctor Manuel encabezan la lista) que de mis propias cosas, y cuando llega Frontera pensé «bueno, si este no anda, Virgin no me va a aguantar más». Y se abrió la encrucijada: o aceptaba los códigos de España, agarraba un productor y me amoldaba a la idea del cantautor o seguía por las mías. Me deprimí e hice todo lo contrario, empecé a trabajar con Juan Campodónico y Carlos Casacuberta, uno de mis amigos más antiguos, un economista brillante que hasta ese momento nunca había producido un disco. A la discográfica le daba igual, no perdía nada conmigo y me dejó ir a Uruguay a grabar. Con la plata que me mandaron, alquilamos una casa, instalamos unas computadoras muy elementales, hicimos el disco y volví con él a España. ¡Fue el que menos se vendió! Pero yo estaba contento."
-No parece casual que el disco que haya marcado un quiebre artístico en tu carrera se llame Frontera .
-Le tendría que haber puesto "La edad del cielo", pero le dejé Frontera porque sentí que era una transición. En España la gente dijo: "¿¡Qué hace una computadora en el disco de un cantautor?!"
-Pero tenías a Björk entre tus referencias más frescas, además de las que arrastrabas de antes.
-Me asociaban con Silvio Rodríguez, Serrat, Sabina... Joaquín es el mejor escritor de letras en castellano, uno de los mejores de la historia, con un dominio del verso increíble, parece un sonetista del Siglo de Oro, pero yo tengo otros referentes. La gente no conocía a Eduardo Mateo y no me relacionaba ni con Björk ni con Beck. Pero en la Argentina y en Uruguay se entendió muy bien el disco y a partir de ahí hubo unos años en que tocaba en Buenos Aires para mil personas y en España todavía tocaba en bares.
Entre 1995 y 2001 Jorge vivió, aguantó y esperó en Madrid. "Pero hacía lo que más me gustaba; tenía una banda de candombe con los hermanos San Martín, dos uruguayos, y me enamoré [de Ana Laan] y me quedé".
Mucho antes, cuando los 80 morían, la vocación por la medicina heredada de sus padres comenzaba a desmoronarse. "Tuve una crisis vocacional y me tomé un año de descanso. Terminé sexto de Medicina e interrumpí la carrera cuando me faltaba un año para el internado. Mis padres vieron que estaba todo el día en casa. Me había comprado un teclado y tenía el pretexto de un espectáculo de poesía de un amigo para el que yo iba a escribir la música. Estaba estudiando guitarra y había mucha tensión en casa; entonces, me fui cinco meses de viaje a Europa. Grabé una maqueta [demo] y con ese cassette conseguí mi primer show en vivo, en Valencia, en el Café de Berlín. Me pagaron 5000 pesetas, que eran como 40 dólares, y no podía creer que encima de dejarme tocar me hubieran pagado. Después toqué mucho en la calle, en Zúrich, en Berna... y en Barcelona canté detrás de la catedral. Estoy hablando del año 89. Quince años después, en 2004, fui a tocar a esa misma plaza en un concierto organizado por el Ayuntamiento. Había 700 localidades vendidas, un gran escenario y le dije al público que yo ya había cantado ahí hasta que me echó la policía."
Esos cinco meses cambiaron a Jorge: a su regreso a Montevideo, emprendió con decisión el derrotero del músico. Shows de bossa nova en el bar Ludovico y alguna que otra canción propia que fue ganando espacio en el repertorio, hasta que el dueño del lugar le dio el ultimátum. "Al poco tiempo gané un concurso de Radio Alfa y empecé a preparar el primer disco, que salió en cassette (1992) y vendió 33 copias. Costó 2000 dólares y lo pagué yo con el dinero que sacaba de dar inyecciones a domicilio, porque aún no había dejado la facultad y había empezado a trabajar de practicante. Todo ese disco habla de La Paloma."
Hay gente que es de un lugar./No es mi caso. Yo estoy aquí/de paso, canta JD en "Tres mil millones de latidos", la canción que abre el nuevo disco. En vivo, en el Bourbon Country, explica que esa cantidad es el número de latidos promedio en la vida de un corazón. El suyo, por caso, mientras bombea, zigzaguea entre Montevideo, Madrid, Buenos Aires y dos balnearios uruguayos del departamento de Rocha decisivos para su arte: La Paloma y Cabo Polonio. "La Paloma fue un lugar iniciático para mí, de mucha experimentación con la conciencia en general. Todo el primer disco es sobre ese período. Me escapaba con amigos los fines de semana, sobre todo en invierno."
Jorge habla de la casa de Júpiter y Adonis, a metros del faro, a la que el grupo de su hermano Diego, Cursi, inmortalizó en el título de una canción. "Yo fui concebido en esa casa -cuenta, y se ríe de la confesión-. Mis padres, Lucero y Gunther, se casaron y se fueron de luna de miel ahí. Esa casa existe desde antes de que yo naciera; era de mis abuelos. En una época, pasábamos todo el verano ahí. La infancia con amigos, el fútbol; después llegarían las novias, las salidas nocturnas y ver todos los días el amanecer en la playa, porque el sol sale de frente a la casa. Después el surf, que lo sigue siendo, y las primeras canciones.
-Fuiste uno de los primeros guardavidas de La Paloma...
-El cuarto de la primera camada. Chiche Praderi y el Negro Gastón Scaña todavía siguen allí. Teníamos rescates y todo, y al segundo día me convertí en preso político.
Año 1984. Aún gobernaba la dictadura en Uruguay y el guardavidas Jorge Drexler, con 19 años, se enteró en su primer día de trabajo que al día siguiente habría un paro general. "No podíamos dejar la playa vacía, así que se nos ocurrió poner un cartel que decía: «Los guardavidas se solidarizan con el paro general». Al otro día, la policía nos fue a buscar, nos llevaron a la comisaría y nos tuvieron hasta la noche. Pasamos mucho miedo y no sabíamos por qué estábamos ahí. Recién cuando nos soltaron nos hablaron del cartel. Fue un detalle tonto, pero un montón de detalles similares terminaban muy mal en esa época."
Milonga autorreferencial
Yo soy un moro judío que vive con los cristianos, canta el montevideano en "Milonga del moro judío", un tema, una letra amplificada luego del ataque terrorista a la estación de Atocha, en Madrid. Años atrás, en "El pianista del gueto de Varsovia" ya había hecho canción su fe judía, marcada a fuego por el año que vivió en Israel, entre Jerusalén y Tel Aviv. "Tuve una infancia superlaica, pero con las tradiciones de las festividades judías. La mitad de mi familia no es judía y la otra mitad sí, y siempre hubo un diálogo entre las dos partes. Eran muy amigas mis familias de abuelos, los Drexler y los Prada. Unos habían nacido en Berlín y se habían escapado del nazismo; otros eran maestros de escuela rural del interior de Uruguay, y todavía me emociono cuando hablo de ellos. Para nosotros era natural celebrar Navidad, Reyes, Janucá, Pésaj, Rosh Hashaná, Yom Kipur... todo."
En la mañana del lunes, tras el segundo concierto, aún más cálido que el primero, Jorge habla en el desayuno de ese año en Israel, de su primera novia y del enfrentamiento con sus padres cuando estos le dijeron que se volvían a Montevideo. "Fue un año muy intenso el que viví en Israel, entre los 14 y los 15 años. Mis padres habían tomado la decisión de dejar Uruguay porque los llamaban a declarar muy seguido porque habían firmado un papel de apoyo a Chile y a Cuba. Y cuando volvimos el país empezó a abrirse, comenzó el canto popular, empecé a seguir a Leo Maslíah, a Jaime Roos, a Fernando Cabrera."
Ese Río de la Plata que lo vio crecer y ese océano que lo ve cruzar al menos tres veces por año lo acompañan en sus acciones -no es casual que lo hayan nombrado embajador de Buena Voluntad del Fondo del Agua para América Latina- y en sus canciones. El ejemplo más recordado es el que le dio un Oscar por "Al otro lado del río", la canción de Diarios de Motocicleta. "Te cuento algo que nunca dije: al tema lo iba a cantar Mercedes Sosa, pero cuando le envié el demo en mp3 a Walter [Salles, el director brasileño del film], me dijo que le funcionaba con mi voz. Es más, tuve que convencerlo de que debía grabarlo en un estudio porque él quería incluirlo así como estaba. Para mí era un honor que la cantara Mercedes. Cuando se dio lo del Oscar y todo ese asunto de que yo no podía cantar el tema, me pareció que la tenía que cantar ella. Les dije: «llámenla a Mercedes Sosa, a Liliana Herrero o a Caetano Veloso», y el hecho de que al final la cantara Antonio [Banderas] fue una solución. El fue el primero en llamarme; me dijo: [si quieres la canto con todo mi corazón o, si no, firmo lo que me digas] y le pedí que aceptara porque si no se la iban a dar a Beyoncé."
La noche del domingo es como la del sábado, pero mejor. La banda está distendida y es mayor la paz que transmite el líder, su sentido del humor y su conexión con el público. La lista de canciones es la misma, pero no tanto. El pasaje en que todos dejan solo a Drexler con su guitarra trae algunos regalos. Un instante de "Let it Be", de los Beatles; la "Milonga de ojos dorados", de Zitarrosa, a pedido de un uruguayo, y un agradecimiento a los portoalegrenses por el buen recibimiento que le brindan a su hermano Daniel. "Con Dani tenemos un disco duro, conceptual, en común, que tiene dos salidas; por un lado, saca él la información y por el otro, yo saco la mía", ejemplifica. Esa CPU es la que también produce algunas coincidencias en sus letras. Jorge canta "el mundo está como está por causa de las certezas" ("Frontera"), y Daniel parece responderle: "la única certeza que tengo es la incertidumbre" ("La única..."). "No es casualidad: nos hemos formado juntos en el pensamiento. Dani es mi mejor amigo. Los cuatro hermanos tenemos un vínculo muy fuerte. Mi relación fraternal es una de las cosas más importantes de mi vida, y la filial también", confiesa el Jorge papá (Pablo y Luca son sus hijos; este último lo tuvo con su segunda pareja en España, la actriz y cantante Leonor Watling).
-Más o menos, los cuatro flirtearon con la medicina. ¿Fue difícil evitar la influencia de mamá y papá médicos?
-En mi casa todo se hace por la vía blanda. Mi viejo tiene una autoridad muy grande, pero nunca basada en la imposición. Es un negociador, un seductor. Yo hice medicina porque creí que era lo que tenía ganas de hacer, pero cuando me desperté del sueño de la facultad me di cuenta de que iba a trabajar en un hospital. ¡Hay que ser tonto para darse cuenta recién al cuarto año de eso! Pero de alguna manera el ascendente es muy fuerte, porque los cuatro pasamos por la medicina. Diego estuvo sólo un año, es el más listo; es que, al ser el más chico, nos vio darnos la cabeza contra la pared. Paula es odontóloga, Daniel también es médico y todos tenemos una pata en otro lado.
Sin embargo, el músico no pudo deshacerse fácilmente del casi médico. Una vieja anécdota recuerda un show de Bersuit Vergarabat y Jorge Drexler, entre otros, en la 9 de Julio. Un proyectil dio en la cabeza de Gustavo Cordera y su pedido fue que Jorge nunca se separara de él. "Le tomé la mano hasta que llegó la ambulancia. No me asusté porque era una herida superficial y limpia. Le conté que le iban a dar ocho puntos y así fue. En esa época todavía cosía bien. Pero tengo una anécdota con Sabina: el estaba esperando al médico para que le aplicara una inyección y, como se demoraba, Joaquín me pidió que se la diera yo." Sabina le recomendó que fuera con su música a España y él le devolvió la gentileza con esa inyección. Ahora ambos pueden considerar que están a mano.
Tres músicos, dos médicos, cuatro surfers
Las familias surcadas por la música son moneda corriente en la capital charrúa. Están los Rada, los Ibarburu y, claro, los Drexler. En el caso de Jorge y sus hermanos, la vocación universitaria y la pasión artística son brújulas que guían sus vidas. Diego, el menor, pasó por medicina, pero enseguida dejó la carrera para dedicarse hasta la graduación al diseño gráfico primero y a la arquitectura después. Con su amigo Fabián Krut comparte, desde 1997, Cursi, una banda que le imprime buen pop al nuevo rock uruguayo. Tienen seis discos editados, el más reciente,Ventilar, fue lanzado esta temporada del lado porteño del Plata.
Paula es odontóloga y Daniel, otorrinolaringólogo, además de músico con cada vez más adeptos en la Argentina. Sus discos Vacío y Micromundo fueron editados y presentados en nuestro país. Como Jorge, se inscribe en la línea del cantante y autor sensible, ese que se corre del registro clásico del cantautor para ubicarse en un sitio tan atemporal como fantástico, entre la vitalidad orgánica y el pulso electrónico, entre Eduardo Mateo, Alfredo Zitarrosa, João Gilberto y Beck.
Años atrás/ de pronto la casa/ se llenó de canciones./ Músicas y versos/ que brotaban/ desde tantos rincones./ Vamos al mar,/ vamos a dar/ guerra con cuatro guitarras, canta JD en "Salvapantallas", canción de su disco Eco dedicada a los hermanos. Las pasiones y los gustos compartidos son muchos y no estarían completas estas líneas si olvidáramos los dos principales: el surf y su amado Peñarol.
Perfil
Primero de cuatro hermanos, hijo de Lucero Prada y Gunther Drexler, nació en Montevideo el 21 de septiembre de 1964. Creció participando de celebraciones judías y cristianas. Vivió en dictadura los primeros años de facultad, y disfrutó del retorno de la democracia y el boom de la música popular uruguaya. Cuando escuchó a João Gilberto, descubrió el silencio, su aliado para crear canciones.
Su discografía comenzó con La luz que sabe robar; Vaivén inauguró su período español, y con Frontera empezó un romance con el público argentino que enseguida saltó de los escenarios a la tele y tomó forma de publicidad de sopa. "Me haces bien, me haces bien, me haces bien", cantaba, al tiempo que construía una carrera que le depararía discos clave, como Sea y Eco, un Oscar por la canción "Al otro lado del río" (2005), y una vida familiar, primero, junto a la cantante Ana Laan, con quien tuvo a Pablo, y en la actualidad, con la actriz y cantante Leonor Watling, mamá de Luca.
De cine, fútbol y otras pasiones
Viene llegando. La presentación porteña del disco en el que Jorge Drexler confiesa "amar la trama más que el desenlace" será en tres noches consecutivas, en el Gran Rex, desde el 17 de septiembre. Dos días más tarde, para festejar sus 46 años, cantará en el Teatro Argentino de La Plata. Su gira por la Argentina finalizará el 22, en el Espacio Quality de Córdoba.
Los shows son un fiel reflejo de su nuevo disco, tan luminoso como expansivo. Los españoles Borja Barrueta (batería), Campi Campón (serrucho, theremin, programaciones), Roque Albero (trompeta) y Santiago Cañada (trombón); los argentinos Matías Cella (bajo) y Sebastián Merlín (marimba, percusión, guitarra); y el italiano Fabrizio Scarafile (saxos), acompañan a Jorge en la cancha. Perdón, en el escenario. Es que el fútbol es una de sus pasiones. Sino, dénse una vuelta por Youtube ( http://www.youtube.com/watch?v=ENqw8yOfU4k ) y vean su improvisado relato de Uruguay-Alemania. Mientras finalizaba el partido por el tercer puesto del Mundial de Sudáfrica, Drexler subía en Vigo a un escenario, pero lo hizo con laptop en mano, nervios de acero y los ojos posados en la pantalla, donde se trasmitía el partido. Alguien filmó el inicio de ese concierto en el que el montevideano hizo un relato cantado del tiro en el travesaño de Diego Forlán en el epílogo del partido. "Le envié el link a un montón de amigos y a los dos días estaba en todos los noticieros."
También el cine es una presencia constante en su vida. Más allá del Oscar, Drexler es un cinéfilo confeso y su pluma cada vez tiene más espacio en la pantalla grande. Como en la película de James Ivory que protagonizan Anthony Hopkins, Laura Linney, Charlotte Gainsbourg y Norma Aleandro -aún sin estreno en la Argentina-, The city of your final destination , en la que el cantante le pone su voz a un relato que le suena familiar: judíos exiliados que buscan su destino cerca del Río de la Plata. Y porque quien bien canta puede actuar, Daniel Burman le ofreció un papel para su próximo film.






