
Jorge Marrale: Hombre de Barracas
Tiene fama de actor serio y lo asume. En la vida hizo las cosas de tal forma que se reservó el derecho de elegir sus papeles. El psicoanalista de Vulnerables le dio en 1999 una inesperada cuota de popularidad.
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Era la infancia y era Barracas. "Cuando Barracas era Barracas y había barracas de verdad", dice Jorge Marrale, desde sus habituales ojos celeste agüita.
Jorge Marrale, de profesión actor, pasó su infancia en un barrio donde había fraguas y los caballos cargaban fardos de algodón y bolsas de cereales.
-Y no soy tan viejo, eh.
Dice el hombre que no es viejo y que vivió en un barrio que se le quedó pegado en la nariz hasta esta tarde de bar con shopping cerca, enero y año 2000, la Argentina posmenemista.
-Me encantaba ver cómo he-rraban caballos en la calle Vieytes, y todavía me acuerdo del olor a la pezuña quemada.
Hijo de mamá Emilia, ama de casa, y de papá Luis, empleado de la Compañía Argentina de Electricidad, Jorge vivió en Barracas hasta los 15 años, con amigos como el Bocha, el Alemán o Gianfranco, jugando campeonatos de bolita, andando en bicicleta, corriendo carreras de autitos arreglados con masilla y yendo al cine con mamá los días de damas y de niños.
-Martes y miércoles pagabas cinco pesos y te comías tres películas al hilo. El cine se ventilaba con un techo corredizo. Terminaba la primera película, se abría el techo, y vos ibas viendo cómo llegaba la noche cada vez que lo abrían. Entrabas a las 2 de la tarde, te ibas a las 7 y media, te comías una porción de pizza con la vieja y te ibas a tu casa.
A Jorge le nació, en plena infancia, un hermano de nombre Luis, y desde entonces se transformó en el típico hermano mayor con guarnición de hermanito menor incluida.
- Y sí... imaginate... iba con el hermanito a hacer las compras, a la panadería, al almacén. Ahí sí, a mi hermano lo sentía como una carga, porque me lo tenía que llevar a jugar al fútbol y esas cosas. Encima él nació cuando yo empecé a dejar mi casa para ir a la escuela, así que algo me debe haber provocado. Mientras el tiempo pasaba liso sobre el barrio, Jorge leía. La colección Thor, el Príncipe Valiente, Sandokán, Mark Twain, Salgari, Verne. Hasta que un día,tuvo una pequeña revelación.
-En esa época las escuela eran mixtas hasta tercer grado y después los chicos no se mezclaban con las chicas, por las dudas. Entonces yo me metí en la escuela San Antonio María Zacarías, una escuela de padres barnabitas de Barracas. Los curas hacían muchas representaciones, muchas fiesta escolares. Yo empecé a actuar y sentí algo muy particular en una representación en la que hacía un Sancho Panza. Tendría 9 años. Y haciendo Sancho Panza con otro compañerito más flaco y alto que era Don Quijote tuve la sensación de hacer reír a la gente sin hacer nada, salvo tamborilearme la panza que me habían puesto para parecer gordo.
Tic tic tic, tamborileaba los dedos sobre la barriga falsa. Tenía 9 años y al pie un público muerto de risa. Pero el momento epifánico quedó olvidado y Jorge siguió participando de las obras que montaban los curas, sintiendo que el escenario era ese lugar tan cómodo y feliz, pero sin pensar en ser actor algún día.
Mientras, visitaba el taller de costura de un tío sastre, un calabrés que cosía trajes como quien pinta la Capilla Sixtina, amante de la ópera y el teatro. Ahí, el niño Marrale empezó a cosechar cierto gusto por las bellas artes. Al taller del tío iban otros italianos a discutir sobre fútbol y a desparramar sus gritos obesos sobre tijeras gigantes, tizas desmesuradas, moldes hirvientes de agujas y olor a tela caliente. Jorge, que miraba todo como quien asiste a una ópera, se ovillaba debajo de la Singer, jugando con el dedo flaco a poner en su lugar la correa que corría frenética al ritmo del pedal. -Me acuerdo que se escuchaba radio nacional y municipal. Música clásica. Cada tanto por la radio leían listas larguísimas de la ONU o la Unesco, con nombres de personas de las que no se sabía dónde estaban, casi todos judíos. Era la posguerra. Esa gente se buscaba por todo el mundo. El tío tenía un combinado con discos de pasta, esos álbumes que eran como cajas donde guardabas los discos como si fuera un libro gigante, y así me empezó a gustar la música.
Entre el tío y mamá Emilia, que cantaba canciones gallegas y tangos aferrada al piletón del fondo, es raro que el muchacho no haya salido cantante. Y no sólo eso, sino que casi sale ingeniero. Fue al colegio industrial por consejo atinado de papá Luis, que pensaba que en el mundo en plena expansión y confianza en el progreso tecnológico, la Argentina iba a necesitar técnicos. Para el hijo modesto de una familia modesta, el colegio industrial daba un título y posibilidades de trabajo al mismo tiempo.
-A mí me vino muy bien hacer el industrial. Soy un hombre muy torpe manualmente, entonces me ayudó a ser más preciso, y me dio una manera de razonamiento lógico, matemático, que me sirve mucho.
La óptica, la física, las teorías del movimiento, la fórmula de la gravedad, fueron los ejes prístinos que lo ayudaron a enfocar el mundo. Un día, llegando del colegio, descubrió que a su propia casa había llegado la tecnología de la mano de un televisor.
-Era la época en que uno iba a ver televisión a la casa de un tío con plata, o a la casa de algún amiguito del barrio. Era un lujo. Me acuerdo que estaba llegando a casa y lo veo a mi viejo colocando la antena en la azotea. Casi me desmayo. Prendí la tele y como no conocíamos bien el manejo de los controles vi una serie con Henry Fonda que creo que se llamaba El comisario, con una barra en la mitad. Veía la panza arriba y el torso abajo, hasta que lo pudimos ajustar. Era la fascinación por la tele...
El mundo era una promesa. Cuando terminó el secundario, Jorge empezó a trabajar como proyectista en Segba. Después, y gracias a su amigo Bocha, entró en Gas del Estado. Fue en esa época que ciertas tormentas derramaron fuego sobre su espíritu adolescente, que buscaba y buscaba, y no encontraba nada.
-Estaba medio a los tumbos, deambulando conmigo mismo, sin encontrar la vocación y sin forma de canalizar algo que yo no sabía muy bien qué era, pero que tenía adentro. Intenté hacer ingeniería, hice el ingreso, todo, pero ya cursando sentí que no me gustaba. Yo sabía que por la parte técnica no era. Y otra vez aparece mi tío.
¿Se acuerdan? El tío sastre. El tío de la ópera. El tío tan querido.
-Era el sesenta y pico, y por segunda o tercera vez viene Gassman a la Argentina, y mi tío me invita al teatro. Yo no sé por qué razón no puedo ir, pero lo veo a Gassman por televisión. Lo veo hacer una obra corta de Pirandello, El hombre de la flor en la boca. Y cuando lo vi dije: "¿Qué es eso que hace este tipo?" Me quedé sin aire. Había algo en la forma de comunicar un drama de una manera tan soberbia, tan magnífica, que pensé: "Quiero esto". Entonces me voy de vacaciones a la costa, pero en la costa lo sigo pasando mal. Me propongo que cuando vuelva a Buenos Aires voy a estudiar música, composición o dirección de orquesta, o que voy a estudiar para actor. Porque no se decía estuciar arte dramático. Se decía estudiar para actor.
En Buenos Aires, el joven Marrale realizó una investigación seria para estudiar de actor. Hurgó en la guía telefónica, ya que nada en el barrio, en el pasado ni en la familia lo acercaba al ambiente teatral. Encontró un nombre -Casa del teatro- y un número. Discó. Alguien, del otro lado, dijo: "Hola". Desde entonces y hasta ahora, Jorge Marrale le debe su carrera actoral a un perfecto desconocido.
-Le digo al señor que me atiende: "Mire, yo quiero estudiar teatro". El señor me dice: "Claro, pero ésta es la casa donde viven los actores viejitos, no es para estudiar teatro. Mire, yo sé que hay un conservatorio de música y arte escénico en Callao y Las Heras, una puertita chiquitita, usted puede golpear, creo que están en receso, pero averigüe". Voy y veo un cartel que dice que el conservatorio estaba funcionando en French y Aráoz. Voy hasta allá y me dicen que puedo dar examen en marzo: "Tiene que escribir un texto suyo, memorizar siete renglones, elegir una obra y hacer algún párrafo de algún personaje". En fin. Yo fui y lo hice.
El joven Marrale sacó del cajón aquel destello del niño Marrale tamborileando los dedos de Sancho Panza sobre barriga falsa y ahí fue. A contar la historia inventada y tragicómica de un limpiador de vidrios; a interpretar, kamikaze absoluto, al padre de los Seis personajes en busca de un autor, de Pirandello.
-Es que yo leía novelas y cuentos, pero de teatro no tenía ni idea, así que le pregunté a mi tío qué me recomendaba que hiciera y él me dijo: "No sé, fijate esto". Y me dio Pirandello. Los que tomaban examen eran Carlos Gorostiza, Agustín Alezzo y Roberto Durán. Se divirtieron mucho en el conservatorio con la historia que yo inventé. Era un limpiavidrios que estaba contentísimo porque le había tocado limpiar un edificio moderno con un montón de vidrios, pero veía a través de una ventana algo que quería afanar, y se metía y lo agarraban... algo así. Tenía un final medio trágico.
Fue entonces cuando el barco de Marrale dobló el recodo y descubrió que más allá del paisaje monótono había otras maravillas, otros mundos, otros mares.
-Claro, es que cuando yo estaba mal me acuerdo de un período muy opaco, un período en el que pensaba: "¿Esto es la vida, este aburrimiento es la vida? No me interesa, yo así no me puedo enamorar, no me puedo entusiasmar".
El conservatorio, asegura, fue la luz. Mientras cursaba nació Camila y, dos años después, Federico, los dos hijos de su primer matrimonio que ya pasan los veinte. Hace un año nació un brote de su nueva pareja, Franco, un bebe todavía bamboleante, propenso a apretar botones.
-Claro, él aprieta el botón del control remoto y ve que a la distancia se prende la tele y se ríe como loco. Es muy distinto el mundo en el que él se cría que el mundo en el que me pude haber criado yo.
Cuando Jorge egresó del conservatorio, por ser uno de los mejores promedios pasó a formar parte de la Comedia Nacional. Hacía papeles chicos, y si bien tenía intenciones de dedicarse al teatro de lleno, las posibilidades de mantener una familia con los ingresos que proporcionan las tablas no era promisoria, de modo que las arcas domésticas seguían llenándose modestamente gracias a los aportes de Gas del Estado. Hasta que en los años 80 creyó que ya estaba. Se encontraba haciendo Boda blanca en teatro y la miniserie Hombres en pugna, una tira de época que iba por ATC y en la que estaba también Susú Pecoraro. Renunció a Gas del Estado, sólo para darse cuenta meses después de que la estabilidad laboral es un grial difícil de alcanzar para los actores.
-La continuidad de trabajo no fue como yo pensaba, y en 1981 tuve que buscarme otro trabajo. Me metí con un amigo, le daba una mano en la empresa que tenía, repartía cosas de ferretería. Después hice Los compadritos en 1984, y en la tele empecé a hacer tiras como La señora Ordóñez, Extraños y amantes, Los cien días de Ana, unos especiales de María Herminia Avellaneda y Oscar Barney Finn, y ya pude dedicarme a actuar. Pero como yo soy un tipo que selecciona, a veces no tengo todo el trabajo que quiero. Siempre estuve regulando el dinero para no tener que hacer cosas que realmente no me gustan.
Hizo cine, hizo teatro, hizo televisión. El rostro cortado a pico de Marrale empezó a abrirse paso a fuerza de talento y la crítica le asestó todo tipo de elogios a sus actuaciones. Aun cuando las obras no han sido descollantes, las composiciones de Marrale siempre figuran bajo el rótulo de monumentales, loables, impresionantes. -Sí, la crítica me ha tratado bien y yo he querido tratar bien al teatro. Pero me da un poquito de vergüenza hablar de eso.
Los ojos de Marrale deben ser famosos. Sabe cómo meter miedo con esas dos monedas frías. Sin embargo, en vivo y en directo, los ojos tienen más bien un aire juguetón. No parece el tipo de persona que se toma a pecho aquello de ser "un actor serio". Más bien, todo lo contrario. A mediados de los años 90, formó junto a sus amigotes Hugo Arana, Juan Leyrado y Darío Grandinetti el grupo Errare Humanum Est, emprendimiento teatral y amical con el que encararon proyectos de semejante éxito como Los mosqueteros y Los lobos. Ultimamente el papel por el que su popularidad se ha cotizado en Bolsa es el del doctor Segura, un psicólogo que lleva adelante una terapia de grupo en el programa Vulnerables, padre acomplejado de un hijo obeso y último golazo digno del muchacho Suar.
-Cuando me llamó Adrián para proponerme hacer el terapeuta yo estaba empezando Fiscales, que era un proyecto mío, de Selva Alemann y Darío Grandinetti. Le dije que si de veras no seguíamos en el aire con Fiscales, me gustaría hacer lo de Vulnerables. Bueno, finalmente Fiscales estuvo tres meses en el aire y llamé a Adrián y así fue.
Un día, cuando él tenía 15 años, sus padres decidieron mudarse a Lanús. Cambiaron casa alquilada en Capital por techo propio en la provincia, con jardín al fondo y todo, pero Jorge recuerda con una puntada de pánico la imagen del camión de la mudanza y los amigos del barrio diciendo chau, chau, y él, tan chiquito, sospechando que era casi para siempre.
-He vuelto a esa casa que alquilábamos en Barracas, sobre todo porque ahí vive ahora Bocha, mi amigo de la infancia, que se terminó casando con la Negrita, que era la hija de la dueña de casa, pero tengo un recuerdo bastante trágico de esa mudanza. Tuve que cortar mis amistades para meterme en un entorno completamente nuevo y no era un lugar al que yo quería ir.
Repite que no, que nunca más se hacen amigos como los que uno tiene en la infancia. Que esos amigos cultivados en los umbrales del verano, sobre las baldosas calientes, con los que se inventa el mundo mil veces desde cero son irrepetibles.
-A tal punto fue terrible que yo no pude hacer un solo amigo en Lanús.
Dice y, tantos años después, hablando de Barracas, en los ojos le tiemblan una por una todas las luces de la felicidad.
Por amor a Praga
Para el año que viene, además de seguir en un nuevo año de Vulnerables, Marrale prepara una película con el director Beda Docampo Feijóo con quien ya rodó varias veces, incluyendo un protagónico -Los amores de Kafka- en el que interpretó al escritor junto a Susú Pecoraro. Para el rodaje de esa película, pasó dos meses en Praga y se tuvo que teñir el pelo, usar lentes de contacto oscuros y apantallarse las orejas.
-Fue bárbaro. El cine te exige una concentración absoluta, porque por ahí estás filmando la escena 63 de una película que tiene 93, y al otro día filmás la escena número 12. Llegamos en avión a París y de ahí fuimos a Praga en auto, directo a los estudios a probarnos los trajes. Imaginate. Este chico porteño de Barracas en Praga. Fue maravilloso. A la gente no le entendíamos nada, lo único que sabían de la Argentina era que existían Maradona y... Vilas, me parece. Pero nos debemos otra película en Praga. Fueron dos meses increíbles.






