
Jorge Schusseim & Lía Jelín: amor y humorismo
Ya cumplieron 38 años de “no estar legalmente casados”, pero tienen una relación donde campean la franqueza, la búsqueda de la libertad, la exasperación casi adolescente y el sentido del humor. Pasen y vean las razones del cantautor, humorista y gastrónomo, y de la directora de Confe-siones de mujeres de 30 y Monólogos de la vagina
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–¿De qué tipo de pareja familiar provienen?¿Qué cosas creen que heredaron o repitieron de ellos, que les guste y que no les guste también?
Jorge Schusseim: –Vengo de una pareja familiar pésimamente avenida... No se separaron, pero es como si lo hubieran hecho.
Lía Jelín: –Viví poco con mis padres, porque ellos quedaron atendiendo un comercio en La Quiaca. Y yo, desde los 5 años, estuve a cargo de una familia italiana, de una familia española, después con mi hermana mayor y luego con una niñera. Cuando estuvieron juntos, se llevaban mal. Yo me fui de joven del país a vivir a Israel, y mi papá se murió al poco tiempo. De todos modos, hay herencias que no se pueden negar: en mi caso, el sentido del humor de mi mamá, que me encanta, y una tendencia a meterme demasiado en las cosas de los demás que yo repetí con mi hijo, y que no me gusta nada de mí.
J. S.: –En mi caso, heredé de mis viejos el amor por la música y los libros; también el sentido del humor. Y me parece que también el no saber tener una pareja en paz.
–¿Qué es lo bueno y lo malo de ser un matrimonio de artistas?
L. J.: –La competencia...
J. S.: –Ella cree que yo compito.Y no es cierto. Creo que lo bueno es la mutua admiración por las cosas buenas que hemos hecho, los proyectos comunes. Tenemos a medias una sala teatral (N. de la R.: Teatro del Nudo), compartimos amigos. Pero aun así, Lía cree que todo lo que hago es para competir con ella. Siempre dice que yo competiría hasta con una remolacha.
L. J.: –Nooo, no es así. Lo que pasa es que a vos no te gusta nada de lo que hago.
J. S.: –Yo no compito. A veces le hago una crítica, y Lía dice: Estás compitiendo.
L. J.: –Y cuando yo lo critico a él, me dice que estoy equivocada.
J. S.: –¿Y si cambiamos de reportaje?(Risas.)
–¿Cuál fue la década más atractiva que transitaron juntos?
L. J.: –Hubo muchas, pero del (Instituto) Di Tella para aquí, o sea, de Onganía a Duhalde, la Argentina se ha repetido mucho. Por eso decimos que esto que pasa no llama mucho la atención. ¡Otra vez sopa!
J. S.: –Los momentos más atractivos –por lo que pasaba en la Argentina y en el mundo– fueron los primeros diez años que pasamos juntos. Ocurrieron cosas únicas, irrepetibles, creativas. Creo que una década brillante en la Argentina se termina con la matanza de Trelew, en 1972, que es el preámbulo de tantas cosas horribles.
–¿Qué creen que es lo más importante entre un hombre y una mujer para que el vínculo sea fructífero?
L. J.: –La libertad.
–¿Por qué?
L. J.: –Porque es lo que te permite decidir. En esta pareja, los dos somos libres y eso nos ayudó a estar juntos.
J. S.: –Para mí, el máximo acuerdo sería intentar ponerse en los zapatos del otro. Aunque más nos sea por un ratito. Y de ese modo lograr verse a uno mismo desde el otro. Espero que yo alguna vez lo haya podido hacer...
L. J.: –Sí que pudiste.
J. S.: –Bueno, gracias.
–Cada uno en su tarea trabaja mucho con el humor y con la ironía. ¿Qué admiran del humor y de la ironía del otro?
L. J.: –De Jorge admiro su inteligencia, su capacidad para asociar, de meter un bocadillo gracioso sobre lo que pasa, sus salidas que suelen ser tan feroces...
J. S.: –De Lía admiro mucho su capacidad de trabajo, de la que yo carezco. Ella es muy concentrada y yo soy completamente disperso. Y también que, en el marco de situaciones muy duras, ella siempre fue capaz de aceptar el salvavidas del humor.
–Es inteligente lo del salvavidas, porque así se salvan los dos.
L. J.: –Te cuento algo. Un día nos estábamos peleando. Mientras, me estaba pintando frente a un espejo. Me di vuelta y le dije: Jorge, basta, ya me aburrí. Y él me dijo: Ah, ¿te aburriste? Bueno, entonces, vamos a cambiar.
J. S.: –Tuvimos noches imposibles, de matarnos en peleas. Pero recuerdo una vez que, en lugar de seguir hablando, me fui al piano y, de un saque, compuse una canción sobre las mujeres...
–¿La recordás?
J. S.: –Sí, es la que dice: Las mujeres, esos extraños seres/ esas locas rematadas que sólo comen ensaladas/ y se ponen en la cara mucho aceite de tortuga/ porque piensan que con eso van más lentas las arrugas... Me acuerdo que Lía se había quedado dormida. Fui, la desperté y se la hice escuchar. Esa fue la mejor respuesta a una bronca que recuerdo.
–Lía, vos dirigiste,entre otras, Confesiones de mujeres de 30 y Monólogos de la vagina. ¿Te importa lo que Jorge piense de tus puestas en escena?
L. J.: –Muchísimo...
J. S.: –Hasta que me manda al diablo.
L. J.: –Cuando hicimos Tribu, en televisión, o Kvetch, en teatro (N. de la R.: Jorge tradujo y adaptó la obra de Steven Berkhoff), pudimos trabajar muy bien juntos.Y también en las dos comedias musicales de Tato Bores. Pero, en general, nos matamos.
–Y vos Jorge, cuando el año último hiciste con Paco Hasse El pescado original, ¿te importó la opinión de Lía?
J. S.: – ...
L. J.: –Sí, le importa, pero no me da bolilla...
J. S.: –Adhiero. Es que lo que me dice lo siento como una crítica personal y no profesional. Ella no es objetiva...
L. J.: –Sí soy objetiva...
J. S.: –No sos objetiva...
–Bueno no se peleen.
J. S.: –La verdad es que me parece que no podemos trabajar juntos. Podemos, sí, hacer y bien, partes de un trabajo. Pero cada vez que nos encontramos arde todo. Si uno da una orden, el otro no la sigue.
–¿No pensaron en contratar a un tercero?
J. S.: –Si viniera un tercero, ¿de qué se ocuparía Lía que es la que dirige? En mi caso, he dejado de ir a los ensayos de ella, porque me meto demasiado y, por impaciente, hago papelones. No tolero que no la entiendan.
–¿Y si alguien pensara que ustedes se deben (y nos deben) una comedia de situaciones sobre la pareja moderna?
J. S.: –A mediados de los años 80 hicimos esa puesta, pero en televisión. Hugo Guerrero Marthineitz nos invitó a su programa A solas, y realmente nos dejó solos. Hicimos un diálogo memorable, de una enorme repercusión. Se ve que dijimos muchas cosas que estaban en la cabeza de muchos.
–¿Cuál es el estilo predominante en la pareja? ¿El hablar de todo o el callar lo máximo que se pueda?
J. S.: –Lo nuestro es el gritar lo más que se pueda .(Risas.) Hemos cultivado muy bien un estilo exasperado. Sólo nos reímos al final, porque de lo contrario no se hubiera podido seguir tantos años. Cualquier cosita cotidiana entre nosotros está virada al tono de la tragedia griega.
L. J.: –Hay veces en que yo quiero hablar de un tema y Jorge me para diciéndome: ¡Ahora no! ¡No puedo! ¡Hablemos más tarde!...
J. S.: –Y es una exasperación injustificada y mutua. En mi caso personal, son los cómo los que me molestan, no los qué. Los tonos, ¿te das cuenta? No sería grave si no fuera porque se trata de algo sistemático. Es evidente que, a pesar de tantos años, no aprendimos a callar lo necesario.
–¿Cuál es la mejor definición de amor que conocen y la que mejor les cabe a ustedes?
J. S.: –Amor es algo parecido a la patria. Querer a un país, a pesar de todo lo que uno no tolera o no comparte. Lo contrario sería un nacionalismo ciego. Amor es tolerar los defectos y los errores y, a pesar de eso, querer al otro.
L. J.: –Amor es estar al lado de alguien sin pretender cambiarlo.
–¿Quién es el más gastador de los dos?
L. J.: –Es Jorge. Durante años, él fue un especialista en comprarse cosas inútiles...
J. S.: –Pero después me curé...
L. J.: –Pero te sigue gustando invitar, sos el que primero paga las cuentas.
–¿Quién es el más celoso?
J. S.: –Ella se pone muy celosa cuando me ve chateando. No entiende por qué prefiero estar frente a la computadora, chateando, en lugar de estar mirando televisión.
–¿Por qué te gusta chatear?
J. S.: –Porque descubrí que había un mundo diferente, inteligente.
L. J.: –Así tiene 50 novias.
J. S.: –¿Cincuenta? Eso es poco.
–¿Vos no chateás?
L. J.: –No, no tengo paciencia. A mí me gusta estar cerca de la gente, tocarla, mirarla. Jorge se pone celoso cuando hablo por teléfono.Y hablo bastante.
J. S.: –Otra que bastante. Su oído está compuesto por el tímpano, el estribo, el yunque, el pabellón auditivo, el auricular, el cable y la central de Telecom: son una misma cosa.
L. J.: –¿Ves que se pone celoso?
J. S.: –No, no me pongo celoso, digamos que me hincha...
L. J.: –Celoso...
J. S.: –Convengamos en que, cuando escucho hablar a Lía con otra persona y es toda miel y risas, me llama la atención que conmigo sea toda ladridos, gruñidos y reproches. No se quién es la persona, pero sí el tono que ella utiliza.
L. J.: –¿Sabés qué pasa? Jorge es el no-no y yo el sí-sí en la pareja.
–Si la vida pudiera volver a ser vivida, ¿se volverían a elegir?
L. J.: –Yo empezaría a vivir todo de nuevo, desde los 20 años, pero una parte la transitaría con Jorge...
J. S.: –Como 10 minutos diarios.
L. J.: (Se tapa los oídos y los ojos) –No miro, no oigo las respuestas.
J. S.: –Igual que Lía, elijo pasar una parte con ella.Aunque sea una respuesta evasiva.
–¿Hay algún lugar en el mundo que les guste a ambos?
J. S.: –Sí, las antípodas, aunque, en realidad, son dos lugares...
L. J.: –En común me parece que no, porque lo que me gusta a mí no le gusta a él.Y lo que le gusta a él no me gusta a mí. Para mí, el mejor horario para ir al cine es la tarde, y para Jorge es la primera noche.
–¿Algún matrimonio, cercano o lejano, que hayan tenido como ejemplar?
J. S.: –¿Sabés que sí? Los padres de Daniel Rabinovich. (N. de la R.: el integrante de Les Luthiers.) Hasta el último día, era un placer verlos juntos: se tocaban, se besaban, se miraban, se sentaban en la falda. Me quedó esa foto de ese matrimonio para siempre.
L. J.: –A mí me ayudó que mi hermana fuera mayor que yo y ver que se casaba tan enamorada.Y también que mi analista de siempre tuviera una pareja desde los 12 años.
–¿Quién maneja el control remoto del televisor?
L. J.: –Jorge...
J. S.: –No. Lía lo maneja, en tanto yo le doy el permiso para disponer del control, porque yo casi no miro televisión. Eso sí, te digo que en nuestra casa ni el televisor ni la computadora están dentro del dormitorio.
–¿Con qué lógica manejás el control remoto?
L. J.: –Yo me engancho en todo. No zapeo como él. Me quedo, me pego, me llaman la atención hasta las pequeñas cosas, los colores, las formas, las estéticas.
J. S.: –Y en el momento en que Lía se queda tildada es cuando yo me retiro. Y cada vez que vuelvo, ella se ha quedado dormida.
L. J.: –Sí, la televisión es mi mejor somnífero.
Crónica de un flechazo
Se cruzaron por casualidad en octubre de 1964, en una escalera del teatro IFT. Unoiba para arriba, el otro para abajo. Jorge Schusseim era el director del coro del teatro y Lía Jelín era la profesora de expresión corporal de la escuela de teatro que dirigía Jaime Kogan. “Pasamos, nos miramos, nos dimos vuelta. Seguimos cada uno en lo suyo, pero ya se había producido el flechazo.” Recuerda Lía: “Yo estaba con otra persona, pero un día vino Jorge y me dijo: Prepará las valijas.Te espero abajo”. No tardó en bajar, porque apenas tenía una valija. Hace 38 años que están juntos y tienen un hijo, Pablo Matías, de 28, que se casó hace un año y con su mujer les dieron la primera nieta, Sofía Milena, de 2 meses y medio. Lía tuvo un matrimonio anterior, del que es viuda. Jorge permanece soltero. En estas casi cuatro décadas de matrimonio, Jorge fue escritor, humorista, exitoso creativo de publicidad, cantautor de prestigio y, como gourmet, autor de iniciativas gastronómicas sofisticadas como su actual cadena de restaurantes Big Mamma. Lía fue actriz, coreógrafa y directora escénica de numerosas obras, aquí y en el extranjero. En estos días, estrenará en La Trastienda Todos tenemos problemas, con Laura Oliva, Alejo García Pintos y María Rojí, entre otros. En la intimidad, se llaman Pupi o Púpele y la canción preferida de ambos es Cuando tengas 64 años, de Los Beatles. La entrevista se realizó en la casa de Lía y Jorge, en Palermo Viejo, el 9 de julio último, justo el día en que la familia materna de Schusseim festejaba los 75 años de su arribo al país desde Bielorrusia.





