
Juegos peligrosos
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A veces me parece estar jugando al juego de la oca, aquel pasatiempo infantil del tiempo del jopo que ocupaba una parte del ocio: tirar los dados, avanzar, quedar estancado, retroceder, adelantar, volver al punto de partida si uno caía en el casillero fatal ya cerca de la meta. Sí, a veces siento que voy para adelante, que avanzo, y mi sociedad también, hasta que el retroceso golpea mi optimismo y me manda al infierno.
Otras veces creo que estoy jugando al estanciero, aquel jueguito pretencioso y engrupido en el que, al ritmo de los dados, uno compraba, vendía y perdía supuestas propiedades, ganado y cultivos. Llevo perdidos muchos partidos de este juego con la ayuda invalorable de gobiernos y gobernantes que tienen aún el coraje de hablar y quejarse de lo mal que han sido tratados por los que no sabemos perder.
También me he sentido jugando un campeonato de ludo; o sea, cuatro jugadores, cada uno con un color, y por esos caprichos de la suerte uno de los colores va para adelante, otro queda segundo y los otros dos no pegan una. Al igual que en el ludo, de acuerdo con el gobierno que suba al poder serán privilegiados unos sectores mucho más que otros: mientras los textiles y la industria de la mediana empresa caen en la ruina y la desintegración, los importadores se ponen las botas y un grupo de argentinos puede comprarse departamentos y viajar a Miami como quien va a Liniers. Por el contrario, al subir otros, suben las acciones de los que habían perdido, se benefician los que trabajan con el turismo multitudinario atraído por el tipo de cambio y se arruinan los otros. Y la calesita sigue.
Pertenecer a uno u otro equipo o color significa ganar al ludo y sentirse bien, o perder al ludo y verse en la obligación de agregar la sílaba "bo" al nombre del juego y sentirse lo que resulta de tal combinación gramatical.
El juego de damas es otra recurrente pesadilla en mi vida ciudadana: la cantidad de fichas que me han comido excede el límite de lo tolerable y no me salva del oprobio, ya sea jugando con blancas o con negras.
Del ajedrez, ni idea; debe de ser porque hay que usar bien el cerebro práctico, calcular y tener una mente matemática, todas cosas en las que no soy demasiado avezado.
Nuestra existencia misma parece un gran juego, más allá de todo cálculo lógico y natural. El destino, la suerte, Dios, el karma o como cada uno de nosotros lo llame, nos convierte en juguetes, hojas al viento, títeres y cuanta otra metáfora cursi de bolero se nos ocurra. La fortuna va y viene, como la salud y los ahorros (en el supuesto caso de haber podido ahorrar algo).
Pero, gracias a Dios, la vida no es sólo jugar y perder o jugar y ganar. Uno tiene cosas más seguras a las que aferrarse y, en medio de naufragios, escándalos, funcionarios impresentables y convulsiones políticas, lo único que queda es lo que nuestra mejor parte ha tratado de construir: los amigos, los hijos (biológicos o espirituales), las ideologías de vida que no han muerto ni morirán, las luchas contra la intolerancia, la guerra, el odio, el miedo y la esclavitud, en cualquiera de sus formas, y todo lo que el afecto y el amor nos hayan motivado a cultivar.
Claro, también es necesario una conciencia de que los que elegimos para que nos gobiernen no nos hagan un "feo" en la primera de cambio. Rodrigazos, platas dulces, "procesos", hiperinflaciones, primeros mundos para tres millones y culos del mundo para treinta millones, privatizaciones truchas, corralitos, devaluaciones, crecimientos con inflación, oficialismos chupamedias y oposiciones destructivas no hacen más que cargar los dados e inclinarlos para el "sector amigo" del gobierno de turno. Así, convierten el excitante juego de la vida en una imprevisible y arbitraria mezcla de "ocas" retrocediendo, "estancieros" convertidos en mendigos, "damas" comidas con trampa y "ludos" de un solo color. Y nos empujan al más peligroso de todos los juegos : la "ruleta rusa", que el día de las elecciones activamos en el cuarto oscuro al meter en el sobre la boleta equivocada. Aun así, es preferible esa equivocación (subsanable unos años más tarde) a las moles inamovibles de las dictaduras.
* El autor es actor y escritor
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