
La cabeza de Medusa
Los relatos de Jean-Pierre Vernant acercan la mitología al lenguaje de los más pequeños. Su libro, que adelantamos aquí, será editado próximamente
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Zeus ha visto a Dánae en la flor de su juventud y belleza, y se ha enamorado. En esa época, la separación de hombres y dioses ya se ha producido, pero la distancia no es tan grande como para que, en ocasiones, los dioses no echen una mirada sobre las bellas mortales.
Zeus se enamora de Dánae y sonríe al ver cómo su padre la encierra en una prisión subterránea de bronce. Desciende como una lluvia de oro y penetra en su cámara. Zeus hace el amor con Dánae en el mayor secreto. Ella espera un hijo, un varón llamado Perseo. La aventura deja de ser clandestina cuando el bebe, un niño vigoroso, llora de tal manera que un día Acrisio escucha el ruido desde el patio de su palacio. El rey hace salir a todos de la prisión subterránea, interroga a la doncella y se entera de la existencia del niño. Embargado por el terror y la furia, recuerda el oráculo que le auguró que su nieto lo mataría. Está convencido de que la doncella ha permitido que entre alguien a ver a Dánae. Interroga a su hija: -¿Quién es el padre de la criatura?
-Zeus es el padre.
Acrisio no le cree. Encarga a un carpintero habilísimo que construya un cofre de madera en el que encierra a Dánae y Perseo. Confía a los dioses la tarea de resolver el asunto: los deja en el cofre al azar de las olas marinas.
Ahora bien, un hombre de estirpe real llamado Dictis encuentra el cofre y lo abre. Los acoge como si fueran miembros de su propia familia. Respeta a Dánae y cría a Perseo como si fuera hijo suyo. El hermano de Dictis, llamado Polidectes, es el rey de Serifo y quiere desposar a Dánae, o al menos conquistarla. Esto no es fácil, porque Perseo ya es hombre y cuida a su madre, junto con Dictis. Finalmente, el rey toma una decisión: invita a toda la juventud de la región a un gran banquete. Cada uno debe aportar un obsequio.
¿Qué hará Perseo para impresionar a los jóvenes de su edad y al rey? Declara que traerá lo que el rey quiera, aunque sea la cabeza de la Gorgona. Lo dice sin pensarlo. Al día siguiente, cada uno trae los regalos prometidos; Perseo se presenta con las manos vacías y se declara dispuesto a traer un caballo, pero el rey le dice: -No, tú me traerás la cabeza de la Gorgona.
No puede negarse o perderá prestigio. Uno no puede incumplir sus promesas, incluso las jactanciosas. Perseo debe traer la cabeza de la Gorgona. No olvidemos que es hijo de Zeus. Atenea y Hermes asisten al joven en la hazaña que va a emprender. Le explican la situación: para llegar hasta las Gorgonas hay que saber dónde se encuentran. Eso nadie lo sabe.
Son hermanas, un trío de seres monstruosos, mortíferos, de los cuales sólo una, Medusa, es mortal. Por lo tanto, debe traer la cabeza de Medusa.
Para encontrarlas, Perseo debe pasar por varias pruebas. La primera consiste en descubrir y abordar a un trío de hermanas de las Gorgonas, las Greas. Como sus hermanas, son un trío de mujeres jóvenes, pero que han nacido viejas. Son jovencitas ancestrales o ancianas jóvenes. El cuerpo de estas jóvenes no está recubierto por cutis blanco, sino por piel monstruosamente marchita. Tienen otra característica: forman un trío tanto más unido y solidario porque comparten un solo ojo y un solo diente. Como si fueran un solo ser.
Un solo ojo, un solo diente: se podría decir que no es mucho, que están en desventaja. Pero no es así. Ese ojo único lo pasan de una a otra, por turno, de manera que está siempre abierto y al acecho. Y con ese diente único, que también circula, pueden devorar a cualquiera, empezando por Perseo.
Un poco a la manera del viejo juego de la sortija, Perseo debe tener la mirada más vivaz que esas tres jóvenes viejas. Debe aprovechar el momento en que ninguna de las tres tiene ojo. Entre el momento que una lo pasa y otra lo recibe se produce un breve intervalo; entonces Perseo debe introducirse con la velocidad de una flecha para apoderarse del ojo.
Perseo no se equivoca. Apenas el ojo está disponible, se apodera de él y también del diente. Las Greas, espantadas, aúllan de furia y dolor. Aunque inmortales, están reducidas a la impotencia. Obligadas a implorar a Perseo que les devuelva el ojo y el diente, están dispuestas a darle lo que pida. El sólo quiere que le indiquen dónde viven unas jóvenes, las Ninfas.
Las Ninfas también son tres. A diferencia de las Greas, que devoran con su diente único al que ven con su ojo único, las Ninfas son amables, acogedoras. Le dan a Perseo lo que les pide. Le indican la morada de las Gorgonas y le regalan objetos mágicos que le permitirán lograr lo imposible, enfrentar el ojo de Medusa y matar a la única mortal de las tres. Le ofrecen sandalias aladas como las de Hermes. Primero, la velocidad.
Luego las Ninfas le entregan el casco de Hades. Con la cabeza cubierta por el gorro de Hades, los muertos se vuelven sin rostro, invisibles. El ser viviente que la obtiene se vuelve invisible como un espectro. Puede ver sin ser visto.
Velocidad, invisibilidad. Le hacen aún un tercer regalo, una alforja donde el cazador coloca la presa una vez muerta. En esa alforja Perseo colocará la cabeza de Medusa para que sus ojos estén cerrados. A todo ello, Hermes agrega como obsequio personal la hoz corva que corta cualquier objeto, por duro que sea. He aquí a Perseo armado de pies a cabeza: las sandalias en los pies, la cabeza cubierta por el casco de invisibilidad, la kybissis colgada a la espalda, la hoz en la mano. Así vuela hacia las tres Gorgonas.
¿Qué son éstas? Son seres monstruosos. Dos son inmortales y la tercera es mortal. Son mujeres, pero con la cabeza erizada de serpientes espantosas que lanzan miradas feroces; en la espalda llevan inmensas alas de oro que les permiten volar como los pájaros, y sus manos son de bronce. Su cabeza es femenina y masculina a la vez, espantosa. Se las ha retratado con barba. Poseen una dentadura bestial, colmillos de jabalí, la lengua proyectada al exterior. De esta boca deforme salen aullidos terribles, que paralizan de terror. Lo peor son los ojos. Quien cruza una mirada con ellos se transforma en piedra. No hay manera de escapar de ellos. Por eso, Perseo debe determinar a cuál de las tres Gorgonas puede decapitar y además en ningún momento puede cruzar su mirada con la de ninguna de ellas. Debe decapitar a Medusa sin encontrarse jamás frente a frente con ella. En toda la aventura de Perseo, la mirada cumple un papel importante.
Perseo no hubiera triunfado si Atenea no le hubiera brindado sus consejos y una ayuda importante. Ella le dice que debe llegar desde lo alto, esperar a que las dos Gorgonas inmortales estén dormidas y con los ojos cerrados. En cuanto a Medusa, debe decapitarla sin mirarla jamás a los ojos. Para ello, en el momento de blandir la hoz debe volver la cara hacia otro lado. ¿Pero cómo cortarle la cabeza si uno está mirando hacia otro lado? Si no la mira, corre el riesgo de cortarle un brazo o cualquier otra parte del cuerpo. Por eso, como en el caso de las Greas, debe dar el golpe con toda precisión, sin fallar, pero sin mirar el blanco, evitando el ojo petrificador.
¿Cómo se resuelve esta paradoja? Atenea encuentra la solución: hay que colocar frente a la Gorgona su hermoso escudo lustrado de manera tal que, sin cruzar miradas con ella, Perseo la vea reflejada en el arma, ajuste su puntería y dé el golpe en el cuello. Da el golpe, recoge la cabeza y la introduce en la alforja, la cierra y huye.
El grito de Medusa despierta a las otras dos Gorgonas. Con los aullidos espantosos y estridentes que las caracterizan, se lanzan tras Perseo. Como ellas, él puede volar, pero además posee la ventaja de ser invisible. Tratan de atraparlo, pero él escapa, dejándolas sumidas en su furia.
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