La catedral de Don Quijote

Todos los días, desde hace medio siglo, Justo Gallego trabaja de sol a sol en un proyecto que consumió su vida. Sin más apoyo que la caridad de los vecinos, sueña con terminar alguna vez el enorme templo que construye en las afueras de Madrid "para honrar a Dios y a la Virgen"
Saturnino Valladares
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16 de diciembre de 2012  

 Es un hombre. Va solo por el campo.

Oye su corazón, cómo golpea,

y, de pronto, el hombre se detiene

y se pone a llorar sobre la tierra

Estos sencillos y hermosos versos de Antonio Gamoneda parecen escritos con la intención de contar la historia de Justo Gallego. Hace sesenta años, un hombre iba por el campo sintiendo a fuerza de latidos el dolor en su corazón. Este labrador, estudiante en un seminario conciliar, había enfermado gravemente de tuberculosis y, lo que era peor, la fiebre le cerraba definitivamente las puertas del sacerdocio. Y, de pronto, el hombre se detiene/ y se pone a llorar sobre la tierra. En el barro que formaron sus lágrimas, descubrió un camino y así, a los 36 años, decidió continuar su vocación católica y monástica consagrando su vida a la construcción del templo más hermoso jamás visto para honrar a Dios y a la Virgen.

El 12 de octubre de 1961, Justo Gallego comienza a construir una catedral en uno de los terrenos que recibió en herencia de sus padres. Fue vendiendo paulatinamente todas sus propiedades para pagar los materiales que exigía esta obra fastuosa. "Al principio me tomaban por loco. Además, yo no sabía nada de obras ni albañilería. Mi única referencia eran un par de libros de castillos e iglesias medievales", explica, cincuenta años después, el hombre que lloraba sobre la tierra.

Con 86 años, llega a las 7 en su vieja bicicleta Orbea al lugar que, orientado hacia Jerusalén, ha erigido en solitario, sin conocimientos arquitectónicos y sin ayudas oficiales: cuatro pisos, con veinticinco cúpulas, una cripta y un baptisterio en una extensión de ocho mil metros cuadrados y cuarenta metros de altura. Incluso se ha acordado de acomodar las viviendas de los futuros sacerdotes que habitarán el lugar: "Yo le prometí hacer un templo en su honor. De lo único que me arrepiento es de no haberlo hecho más grande", comenta Justo Gallego, sin la ironía que se podría suponer, y continúa con humildad, "Yo me levanto todos los días dando gracias a Dios y feliz por venir aquí. Sacrifico mi vida para honrar a Cristo, y no se me ocurre mayor placer".

Esta fría mañana de invierno, Justo abre la puerta principal del santuario y, a pasos cortos, se dirige a la chimenea para encender el fuego. "Hoy haré vidrieras. La catedral necesita más de mil, y llevo poco más de cien", dice mientras se ajusta el fajín rojo alrededor de la cintura. La jornada de trabajo ha empezado: se oye el eco de un martillo, como un corazón, golpeando sin pausa los muros. Amanece, y los primeros visitantes se acercan tímidos al templo. "Aquí viene mucha gente, autobuses –comenta el anciano entre martilladas–. Hay personas que lloran. Recuerdo que han llorado aquí, por lo menos, cuatro mujeres y un hombre de Murcia. ¡Es que esto es muy bello!"

Como si se tratase de un personaje bíblico, un aura mística parece envolverle mientras enfosca el pasillo de la sacristía o sube ágil por los andamios con un ay de esfuerzo por la espalda. El ora et labora benedictino se ha personificado en este hombre delicado, de 45 kilos, que reza trabajando o trabaja rezando, y que jamás ha tenido un accidente. "Ni un resfriado me ha impedido venir a trabajar un solo día", dice santiguándose.

Las horas pasan y con ellas, más y más visitantes. Algunos expresan su admiración y agradecimiento con un pequeño donativo o compran libros y calendarios para que el anciano los firme. "Ya no me queda nada. Malvendí la herencia de mis padres para colocar las primeras piedras de la catedral. Ahora construyo con los donativos que deja la gente y con los materiales que recojo para reciclar", comenta acercándose de nuevo a las vidrieras: "Mira, estas las he hecho con botellas de vino y aquellos pilares, con bidones de plástico y latas de refrescos".

A la hora del almuerzo, Ángel pone encima de una tabla de madera una tortilla francesa, una barra de pan y una lata de Aquarius. "El pan te lo regala el panadero, Justo." Ángel visitó la catedral de Mejorada del Campo hace veinte años y decidió quedarse ayudando al antiguo seminarista hasta finalizar las obras y legalizarlas. "El Ángel es muy bueno –dice Justo cuando su amigo ha salido–, hasta me ha dejado una habitación en su casa para dormir. Aquí los inviernos son muy duros." La pasión de Justo no cuenta con el patrocinio de la Iglesia Católica ni de instituciones públicas, a pesar de que su primera y última voluntad es que la Iglesia Católica consagre este templo. Con esta intención se ha reunido en múltiples ocasiones con el obispado de Alcalá de Henares. La institución no se pronuncia, probablemente porque la catedral no tiene permisos de obra ni proyecto arquitectónico. No obstante, Justo jamás critica la aséptica postura de la Iglesia, a la que sigue respetando y mostrando devoción y obediencia.

Las horas de luz quedan a la espalda de las nuevas vidrieras. Sólo un alma queda en el templo silencioso. Son las 19. Fatigado y sonriente, Justo Gallego se pone el abrigo y ajusta su bufanda roja. Con la bicicleta en el maletero, Ángel lo espera en el coche. "Ahora es cuesta arriba y se me hace duro volver en bicicleta. Prefiero irme andando si nadie me lleva", explica el anciano, entrando en el coche.

Ya en casa del amigo, lee el Evangelio de San Juan mientras come un trozo de pan con queso curado de oveja. Luego se retira a su cuarto a rezar y pide perdón por los errores cometidos. "No son las horas de sueño las que me reconfortan, son los momentos de oración", afirma a las 7 del día siguiente un hombre, que va solo por el campo montado en bicicleta. La noche a lo lejos esconde un misterio sobre la tierra.

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