
La consagración del Torrontés
Frío, en balde de hielo, y con el sello de los Valles Calchaquíes, el blanco más clásico del país puede acompañarse con deliciosas propuestas gastronómicas
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Como cepaje blanco emblemático de la Argentina, el Torrontés tiene un dossier amplio en estilos, aun cuando sólo se trate del que se aquerenció en los Valles Calchaquíes. La variedad Riojano de esta uva es considerada la más auténtica.
Otrora excesivamente efusivo y rústico, desde hace unos años resulta civilizado y hasta elegante, y apreciado por los iniciados. Si antes el mejor momento para beberlo eran sus primerísimos años, hubo una experiencia que demuestra lo contrario. Es la del Torrontés 1992 de Bodegas Etchart (Pernod Ricard) –casi imposible de conseguir y sin precio determinado– una corazonada del autor, entonces enólogo de esa empresa, José Luis Mounier.
Dedicado después a su propia bodeguita de Finca Las Nubes, Alto Valle de Cafayate, a unos 1800 metros sobre el nivel del mar, elaboró su José L. Moumier Torrontés 2003 y 2004, ciento por ciento varietal, por un método natural y artesanal que condujo a un blanco moderno que acompaña las comidas cafayateñas y los quesos de cabra locales, los platos de salmón, trucha, langostinos...
Amarillo algo verdoso, aromas tranquilos de flores y hierbas, en boca es seco, suavizado con sensación dulce y fresca acidez (16.50). Servirlo frío, en balde de hielo.
Etchart, que produce tres torronteses de mesa –para elegir estilo– lanzó el más novedoso Torrontés Tardío 2004, exaltación del varietal obtenido de uvas cosechadas en abril de 2004, en el punto exacto de madurez que determinó el enólogo Víctor Marcantonio, que le augura cinco años de guarda.
Con la complejidad de aromas florales, dulzura y acidez natural de frutas, no empalidece con los postres típicos de frutas secas y luce exquisito con la pâtisserie clásica de frutas de verano. Servirlo bastante frío, aunque no helado ($25).






