
LA COSTA VASCA DE BIARRITZ A BILBAO
Tierra de anacronismos, que demuestran que el progreso no tiene por qué ser una aplanadora, y de belleza extraordinaria, recorrerla es un placer para los sentidos
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Los folletos turísticos aseguran que el retablo de la iglesia es el más destacado de toda la comarca. Cosa que no es casual: éste fue el escenario que hace tres siglos y medio, a la hora de casarse, escogió uno de los grandes reyes de Francia. Cosa que tampoco fue casual. El matrimonio sirvió para que la familia real de España se sumara a la órbita borbónica, y esta ciudad fue elegida porque se encuentra, justamente, a menos de quince kilómetros de la frontera.
Saint Jean de Luz es, después de Biarritz, el punto más visitado por los turistas que llegan al país vasco francés. Y el casamiento de Luis XIV bien puede tomarse como una muestra más de la manera en que las vicisitudes políticas de Francia y España condicionaron la suerte de la región.
Por supuesto que es posible retroceder dos mil años e imaginar una realidad muy distinta, con hombres y mujeres que en las proximidades del Atlántico, a ambos lados de los Pirineos, no hablaran más que variantes de una lengua poco conocida. Protegidos por la sinuosidad del terreno, reacios a asimilar las costumbres romanas, aquellos lejanos vascones parecen haber realizado parte de la hazaña imaginaria de la aldea de Asterix. Pero ya hace mucho tiempo que la historia de ellos se entrecruzó con la de sus vecinos del norte y del sur. Lo que hoy llamamos país vasco no sólo no es un Estado, sino tampoco una nación monolítica; es el resultado de un secular ménage à trois, en el que las marcas dejadas por franceses y españoles se unieron con las que surgían del madurar de la población originaria.
El viajero lo advierte de inmediato. Las mesas y las sillas, por ejemplo, dan a la pequeña plaza del centro de Saint Jean un aire parisiense, un halo de distinción que es coherente, por lo demás, con los precios que nos amenazan desde la columna derecha de las cartas. El Sena está muy lejos, pero parece cercano; y esa falsa proximidad contribuye a que éste sea un lugar difícil de olvidar. Del otro lado de la frontera nos espera una ciudad igualmente inolvidable, pero con su propio espíritu. Basta pasar un sábado por Hondarribia para ver cómo los habitantes se apropian de la calle principal y la convierten en sede de interminables charlas, que más tarde se prolongan -tapas de por medio- en la barra de una ruidosa taberna. El cuadro se asemeja así al de otros puntos de España, aunque tal vez llame más la atención por el rigor del clima.
Las lluvias del Cantábrico, es sabido, no permiten que se viva al aire libre tanto tiempo como en el resto de la península ibérica. Sin embargo, parecen inducir a los hombres a que disfruten lo más posible de los momentos de sol y plaza.
Pero este moderado contraste no llega al punto de esconder la familiaridad que también se advierte entre el país vasco español -el más extenso- y el pays basque francés -más reducido-. No sólo hay una lengua común. También la arquitectura sugiere que una misma tradición dio lugar a distintas variantes. Hecho que, en última instancia, ha multiplicado el interés que el territorio tiene para quien lo recorre.
Lo propio puede decirse de un segundo contraste, que corta perpendicularmente al anterior: costa v. valles y montañas. Es obvio que cada una de estas dos franjas va a contar con sus paisajes, con sus comidas características, con sus oficios típicos. Pero hay algo que no deja de sorprender. Solamente unos minutos bastan para alternar entre la imagen de las sierras, con todos sus verdes, y la de los botes con todos sus colores. Por momentos me parece que una y otra han sido montadas por las empresas de fotografía con el propósito de empujarnos al consumo compulsivo de películas.
Si hiciera falta algo para demostrar la vocación marinera de Saint Jean, allí tenemos la iglesia de la que hablamos en un principio, con la réplica de un buque que cuelga del punto medio de la bóveda. Ningún rubro es más importante que éste, ni para pedir ni para agradecer la protección divina. Pero menos de diez kilómetros (en dirección a Sare) nos colocan entre rebaños de ovejas que pastan con esa tranquilidad que envidiamos los habitantes de las metrópolis. No está de más acotar que aquí, en Buenos Aires, esa clase de rebaños despierta sentimientos distintos de la envidia. Los grupos vinculados con la explotación del agro suelen quejarse de que el Estado francés subsidie a los pequeños campesinos, de manera que éstos puedan seguir compitiendo con las grandes producciones de países como el nuestro. Es común que este reclamo cuente con el respaldo intelectual de ciertos economistas que, habituados a pensar en términos de eficiencia, ven algo de anacrónico en cualquier emprendimiento que se realice en una escala doméstica. Los funcionarios, finalmente, llevan la cuestión a esas reuniones cumbre con las que cada tanto matizan sus vidas.
Pero el error es creer que se está ante disposiciones que nacieron del capricho del gobierno de turno, y que por lo tanto pueden revertirse fácilmente. Lo cierto, en cambio, es que las políticas de fomento del agro reflejan adecuadamente la percepción que tienen de sí mismos los pueblos de Europa. Son pueblos que saben que uno de sus puntos fuertes es esa trama humana con la que han organizado el continente a lo largo de los siglos, con núcleos de mayor y de menor tamaño vinculados entre sí. Son pueblos que saben responder al peligro de que esa trama se rompa. En toda la tierra vasca abundan estos supuestos anacronismos, que en realidad son otras tantas pruebas de que el progreso no tiene por qué avanzar con la crueldad de una máquina aplanadora. Día tras día amarran en Lekeitio los barcos de esos pescadores que en la alta Edad Media se dedicaban a la caza de la ballena y unos siglos después al bacalao. Ahora descargan merluza, atún y anchoas; algunas mujeres, cerca del puerto, ordenan, cortan y preparan el pescado para que se lo distribuya en los alrededores. No utilizan nada más que una mesa de piedra y un cuchillo; no necesitan de la infraestructura de avanzada con la que las grandes compañías -por lo que se nos cuenta- se disponen a enfrentar el desafío del tercer milenio. Son, sin embargo, hoy como ayer, un eslabón esencial en la cadena de trabajo que mantiene vivo el prestigio de la cocina vasca.
Sí, recorrer la costa de Euskadi -como se denomina la región en euskera- es un placer para quien goza de platos que salgan de lo común. Y también para quien goza de planos que salgan de lo común. La misma topografía que ayudó a que los vascos conservaran mucho de su identidad los obligó a aprovechar toda clase de pasillos y recovecos. Pocas veces estuvo disponible -y es lógico que así fuera- el ideal de un buen puerto, con una amplia superficie habitable y accesos llanos. Los marineros tuvieron que asentarse, por ejemplo, sobre un largo escalón de tierra que se extiende entre el mar y la montaña; tan estrecho como para que no cupiese en él más que una fila de casas y una calle ondulante. Es lo que sucede en Pasai Donibane.
Otro puerto sorprendente es Elantxobe, con cerca de quinientos habitantes que se agrupan en las laderas de la montaña como lo hacen quienes concurren a un anfiteatro. El espectáculo, por supuesto, es el mar; las casas apuntan al que desde siempre, y con todo derecho, ha sido el centro de interés de los pobladores.
Lo notable no es que estos enclaves se establecieran seis o siete siglos atrás, sino que hayan logrado adaptarse a los infinitos cambios que hubo desde entonces como para mantener un razonable grado de vitalidad. Por más que libren una lucha desigual contra el confort y la diversidad de experiencias que prometen las grandes ciudades, están lejos de darse por vencidos. Lo que los sostiene se condensa en un término que no es de origen vasco, pero que bien podría serlo: arraigo. Un sentimiento de compromiso con el espacio, que reconoce varios motivos: el carácter singular que adquirió un asentamiento, los obstáculos que presentó y presenta su entorno natural.
Por lo demás, la atracción de las grandes ciudades hace las veces de una trampa. No siempre la extensión de una zona urbana es proporcional a la oferta de trabajo que hay en ella. Así lo indican los avatares de Bilbao, la más populosa de las urbes de toda la tierra vasca.
Bilbao (Bilbo, en euskera) cuenta con una ubicación privilegiada, que ya hace mucho la llevó a ser el puerto elegido para que fueran y vinieran del Cantábrico las mercaderías que producía y consumía España. Desde fines del siglo XIX, esta primacía comercial se extendió, por una parte, al campo de las finanzas y, por otra, al de la industria. La ciudad se convirtió en un imán para trabajadores de las cercanías y de las lejanías. En tiempos de Franco se consolidó su imagen de núcleo fabril, aunque con focos de esparcimiento en los alrededores; mientras que San Sebastián (o Donostia) se afirmaba en su rol de centro de turismo, aunque con un puerto industrial en sus suburbios.
Vacas gordas, vacas flacas. Al llegar los años 80, Bilbao se encontró con que la historia le cobraba una deuda por el auge precedente. La desocupación -el paro- golpeaba con toda su fuerza. Parte de la industria abandonaba sus plantas, y hacía visible el peligro de la degradación urbana. Este se sumaba a otros factores que mantenían en un alto nivel la violencia política; una violencia que ni los defensores del Estado español ni los independentistas moderados lograban controlar. A pesar de lo que indica el estereotipo, en esta oportunidad los vascos no fueron tercos, sino flexibles. En lugar de insistir con el rumbo que en el pasado les diera riqueza, se propusieron reencauzar el desarrollo de la ciudad. Si el sector de servicios tomaba la posta, iba a absorber una parte de la fuerza laboral ociosa; e iba a ayudar a que la economía, en el futuro, resistiera mejor los inclementes ciclos de expansión y recesión.
El Guggenheim cumplió con todas las condiciones como para ser considerado la más pura expresión de esta perspectiva. Con sólo ocupar los terrenos que habían dejado libres los viejos astilleros, se hizo metáfora del giro que daba la ciudad. El emplazamiento, a orillas de la ría, evocaba también la trascendencia que siempre tuvo el mar para los vascos. Hasta en la misma figura del museo -tan sugerente y ambigua como una nube- puede reconocerse un buque anclado o encallado.
Los efectos de esta y otras inversiones similares no tardaron en hacerse ver. En las inmediaciones del Guggenheim se instalaron algunos locales de diseño, bares y restaurantes de rasgos contemporáneos, que contrastan con el casco histórico de Bilbao, con los palacetes de principios de siglo y con las construcciones típicas que predominan en el resto de los pueblos. Bilbao sacó a la luz su veta más bohemia, cosa que tal vez fuera necesaria para que se sintiesen como propias las obras de los grandes arquitectos que habían respondido a su convocatoria (Gehry, Foster, Calatrava).
Como consecuencia de esta renovación, durante 1998, más de un millón de turistas llegó a la ciudad. Pero es probable que haya habido algo más que un beneficio económico. Para cualquier sociedad, y más en tiempos de crisis, es importante sentir que se está avanzando en una dirección más o menos razonable, sin que eso signifique encontrarse a pasos del paraíso. Genéricamente hablando, la vida del vasco tuvo y tiene mucho de esfuerzo; ni su tierra ni su mar lo invitaron al sosiego. No creo, entonces, que sueñe con una tranquilidad absoluta, pero sí que pretenda que se encuentren salidas, aunque limitadas e imperfectas, a un problema como el de la falta de empleo.
¿Mejoró la percepción que el pueblo vasco tiene de la realidad actual? Probablemente sí. La reivindicación nacionalista conserva su vigor; no pasa semana sin que se levante una polémica acerca del uso de la lengua vernácula o de cualquier otra cuestión vinculada con la autonomía. Pero la acción violenta, al menos por ahora, se ha interrumpido. A mediados de este año se cumplió un año del último crimen político; al parecer, Euskadi va a poder cerrar el siglo sin sufrir el desprestigio que cada tanto, hasta hace poco, le deparaban los atentados de ETA. Vincular dos fenómenos que se dan al mismo tiempo puede ser una tentación intelectual irresistible. Esto nos obliga a ser prudentes y detenernos ante la menor sospecha de ingenuidad. No vamos a creer que el Guggenheim produce una emoción estética tan intensa como para que los jóvenes que lo ven renuncien a la lucha armada. Ni siquiera va a ser reconocido, desde el extremismo, como parte de una estrategia de superación de los conflictos sociales.
Sin embargo, también es verdad que quienes se lanzan a la violencia política lo hacen con la expectativa de obtener una repercusión favorable en los demás. A medida que éstos toman distancia, es más grave el dilema que atrapa a quienes planifican y ejecutan atentados: cada golpe que dan juega en contra de sus propios ideales. Para que ETA suspendiera sus operaciones fue necesario, entre otras cosas, que un alto porcentaje de los vascos se manifestara en contra de la violencia. Y en esto -en la postura del común de la gente- sí influye el que la sociedad se sienta motivada por proyectos que prometen mejorarla.
A lo que hay que agregar un dato que no pasa inadvertido al viajero: el límite entre España y Francia, actualmente, es más claro en los mapas que en el terreno. No hay control de pasajeros, ni de vehículos, ni de mercaderías; y esto es más importante de lo que parece. Implica que gran parte de esas funciones de gobierno ya han sido disparadas hacia un nivel más alto, es decir hacia el nivel de la Unión Europea. Poco tiempo falta para el siguiente paso, que llevará a que una misma moneda circule en Biarritz y en Bilbao (y en Madrid, y en París y en Roma). Las fronteras, hoy, no pesan tanto; las fronteras tienden a borrarse. Tal vez valga la pena insistir en cambiarlas, pero no perder ni una vida por ellas.
Para tener en cuenta
Información: es excelente la Aeroguía del Litoral del País Vasco (Planeta), con comentarios sobre cada población.
Temporada: el clima es siempre lluvioso. Es más estable de mayo a octubre. En julio y agosto, la afluencia masiva de veraneantes puede saturar las disponibilidades.
Transporte: el auto se vuelve molesto en zonas urbanas, pero vale la pena aprovecharlo para ir de ciudad en ciudad. Las rutas, principales y secundarias, están muy bien.
Saint Jean de Luz: en esta ciudad abundan los restaurantes. Recomendamos La casa Amaia, cerca del puerto: 13, Place Louis XIV.
Lekeito: el hotel Emperatriz Zita goza de ubicación inmejorable, sobre la playa y con vista al puerto. Además, ofrece buena comida y tratamientos con agua de mar (Santa Elena Etorbidea s/Nº, teléfono 34-946-842655). En temporada baja, alrededor de 70 dólares la habitación doble.
Hondarribia: una buena alternativa es el hotel Obispo, 14 habitaciones en un antiguo edificio del casco histórico (Plaza del Obispo 1, fax 34-943-642386). En temporada baja, 85 dólares la doble.
Bilbao: el Café Iruña (frente a los Jardines de Albia) conserva algo del ambiente señorial de principios del siglo XX.





