La cuarentena: la enfermedad de la globalización

Santiago Bilinkis
Santiago Bilinkis PARA LA NACION
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6 de junio de 2020  • 00:00

Hay muy pocas situaciones en la vida en las que podemos tener la certeza de estar atravesando un momento histórico. Este es uno: lo que estamos protagonizando quedará en los libros y será estudiado por las generaciones siguientes. Quizás el rasgo más destacado sea que este es el primer acontecimiento verdaderamente global. Nunca antes había estado el planeta entero enfrentado a una misma situación al mismo tiempo, con las herramientas de comunicación para saber qué está pasando en cada rincón del globo. Tecnología y movilidad mediante, jamás fue tan cierto que vivimos todos en un único lugar y que, aggiornando el célebre proverbio chino, "el leve aleteo de una mariposa en Wuhan puede causar un tornado en Milán". ¿Qué dirán los libros de nuestro manejo de esta crisis?

Crédito: Alma Larroca

La historia quizás cuente que en esta realidad global interconectada enfrentamos la pandemia exacerbando las diferencias y los personalismos. En vez de dar una respuesta internacional concertada y unívoca, los líderes de algunos países destinaron la energía en asignar culpas por el origen del virus, otros minimizaron las consecuencias y se exhibieron públicamente desafiando las precauciones sanitarias y otros adoptaron cuarentenas con diferente grado de rigurosidad y cumplimiento.

No solo nos fraccionamos entre naciones. Dentro de los países, algunas provincias cerraron sus fronteras internas o adoptaron medidas contrapuestas a las decididas por sus respectivos gobiernos centrales. En ciertos casos, ocurrió lo mismo en escala aún más pequeña, con municipalidades yendo a contramano de sus provincias o países. Muchas jurisdicciones midieron la capacidad de sus infraestructuras sanitarias y se aprestaron a cuidar a los suyos, evitando tener que socorrer al de lado. En el límite, dentro mismo de los edificios, hubo vecinos que repudiaron el regreso a sus viviendas de los trabajadores de la salud que también residían allí por miedo a contagiarse.

La disparidad de criterios entre territorios adyacentes acentuó la necesidad de aislamiento de los más precavidos, empujados a limitar al extremo la movilidad para evitar importar casos de los lugares con menos restricciones. Personas que quedaron del lado equivocado de una línea al momento de congelar las fronteras se encontraron con enormes dificultades simplemente para regresar a sus casas. En definitiva, enfrentados al acontecimiento más global de la historia, respondimos dividiéndonos, descoordinándonos, segregándonos, echándonos culpas.

Como mencioné en mi nota anterior, la que estamos atravesando no será la última pandemia, y existen además otros riesgos existenciales. Hoy, unos pocos países controlan el desarrollo de tecnologías de enorme potencial pero alto riesgo, como la inteligencia artificial, la biotecnología y las herramientas de vigilancia masiva. Y tenemos por delante desafíos poblacionales, medioambientales y muchos otros. Si como humanidad queremos estar a la altura de estos peligros globales, tenemos el desafío de empezar a pensar y actuar globalmente. Somos una sola especie viviendo en un solo planeta. Y esta pandemia nos enfrenta de manera clara a los límites de nuestro pensamiento, lleno de sálvese quien pueda, personalismos y fronteras imaginarias. ¿Estaremos a la altura de la historia que estamos escribiendo?

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