
La dama de cristal
De una niña que revolvía basura buscando qué comer, Jeannette Walls pasó a ser una glamorosa periodista de chimentos en Estados Unidos. Mientras iba tras los secretos de las celebridades, mantuvo oculta durante años la historia de su particular familia. Hasta que decidió escribir su autobiografía y su pasado se volvió un best seller
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Jeannette Walls se había pasado las últimas dos décadas de su vida sacando al sol los trapos sucios de otra gente. Para los televidentes norteamericanos de E! Entertainment que seguían sus entrevistas a Nicole Kidman o a Tom Hanks en la alfombra roja, o para quienes devoraban en el popular sitio web de espectáculos msnbc.com su columna The Scoop (La Primicia), ella era otra periodista de chimentos reporteando desde el lado glamoroso de la vida neoyorquina. Alta, pelirroja y elegante, casada con un escritor y educada en la prestigiosa Barnard University, ni su entorno más cercano sospechaba que la ascendente periodista que firmaba en revistas como New York o Esquire ocultaba una historia tan hollywoodense como las celebridades que entrevistaba.
Hasta que, en 2005, Walls publicó el primero de sus libros que no tenía que ver con los secretos de los demás, sino con los propios: El castillo de cristal , una memoria sobre su infancia que editó Suma de Letras en la Argentina, después de haber vendido más de 4 millones de ejemplares en veinte países. Una autobiografía con todos los ingredientes de una all-american story -Plan B, la productora de Brad Pitt, ya compró los derechos para rodar la película basada en el libro-, y que recorre el secreto que Walls mantuvo mejor escondido por años: el suyo propio.
Con críticas que van desde "un moderno cuento de hadas" hasta "una novela provocativa y audaz, como Dickens", El castillo de cristal es una historia de amor profundo y complicado entre los miembros de la familia Walls -los excéntricos padres, Rex y Rose, y sus cuatro hijos- que pone en cuestión qué significa "formar bien" una familia. El libro arranca con una anécdota tan potente como arquetípica: Walls adulta y vestida con ropa de diseño va en un taxi rumbo a una fiesta en Manhattan cuando ve a su madre, en ese punto ya una pionera entre los squatters de la ciudad, revolviendo la basura en la calle. Así empieza una historia que intentó escribir sin éxito por más de veinte años, hasta que Rex murió, y Rose la instó a contar, simplemente, la verdad sobre quiénes eran esos padres a quienes Jeannette quería tanto como se avergonzaba de ellos.
"Era tan simple y a la vez tan increíblemente complejo hacerlo... Luché durante años con esta historia", dice Walls a LNR desde su rancho en Virginia, donde vive junto a su marido, su madre y sus caballos -cuando no está de gira dando conferencias: su libro se ha convertido en un favorito en los colleges universitarios y en los clubes de lectores que abundan en los Estados Unidos-. "Escribí unas doscientas páginas a los 19 años, pero las tiré a la basura sin siquiera mirarlas. Hice lo mismo después, en otros momentos de mi vida, pero creo que no estaba realmente lista para contar esta historia hasta el final de mis treinta. Fue un exorcismo contra un viejo demonio, difícil de atrapar", dice la periodista.
Atrás quedaron los años en que Rex y Rose, tan amorosos como irresponsables, la despertaban a ella y a sus tres hermanos en la mitad de la noche para saltar de un pueblo polvoriento a otro por el oeste norteamericano de los años 60, mientras leían a Shakespeare y a Balzac, comían poco y salteado -cuando no de la basura- y dormían a la intemperie. Los niños Walls vivían, por propia elección de los padres -un genio matemático encantador las pocas veces que estaba sobrio y una artista que se definía como "adicta a la aventura"- fuera de toda convención. Y también sin calefacción, ni electricidad, ni baño. Sin juguetes y casi sin ropa. "Muchísimas veces me pregunté: ¿por qué estoy escribiendo esto? Tengo un trabajo maravilloso. Vivo en un buen lugar con inodoro y agua corriente. ¿Por qué me estoy exponiendo a hacer el ridículo? Un par de semanas antes de terminar el manuscrito le dije a mi marido, quien me había convencido de que tenía una gran historia para contar: no puedo hacer esto. No creo poder vivir con toda esta historia expuesta. Vamos a tener que devolver el anticipo. Demasiado tarde, me dijo; ya lo gastamos."
-En el libro jamás juzga a sus padres; más bien los deja hablar por sí mismos. ¿Siempre fue así o tuvo que hacer un esfuerzo para retratarlos de esta manera? ¿Cuán ficcionalizada es su propia biografía?
-No ficcionalicé ni embellecí nada. Si cabe, les bajé el tono a algunas escenas. Mis padres eran lo que eran, y aprendí hace mucho tiempo que no podría cambiarlos. Nunca me sentí resentida o enojada con ellos, y no porque sea una santa, sino porque soy pragmática. Y el enojo y la amargura nunca me iban a llevar a ningún lado.
-¿Y adónde quería llegar?
-Recuerdo nítidamente estar mirando a mi madre cuando tenía trece años, y pensar: No quiero terminar así. No quiero terminar en una casucha helada sin comida ni agua corriente. Quería conseguir un buen trabajo, ser capaz de comprar comida, y ropa decente, y tener suficiente dinero para pagar las cuentas. Ahí quería llegar.
-Ha dicho varias veces que tenía miedo de que nadie quisiera saber nada con usted si se enteraban de su historia. ¿Cómo fue entonces el proceso de volver a escudriñar en la vida de otros después de que reveló su "verdad incómoda"?
-La ironía (o hipocresía, podría decir alguien) de mi búsqueda de los secretos de otros mientras escondía el propio no me pasa inadvertida. Pero mis temores a la reacción que podía tener mi historia no tienen que ver con eso, sino con la vergüenza que muchos tenemos acerca de nuestro pasado. Hay algunas cosas en el libro que nunca le había contado a nadie, como que revolvía la basura buscando comida. Estaba aterrorizada de cómo reaccionaría la gente a eso. Me acuerdo de ruborizarme mientras escribía esa escena. Pero mis temores eran infundados: los lectores han sido sorprendentemente amables y compasivos.
-Usted ha dicho que a veces todavía carga con "culpa de sobreviviente". ¿No le resultaba incompatible su trabajo como columnista de chimentos, un trabajo considerado tan frívolo, teniendo usted misma un pasado tan fuerte?
-Creo que el interés en las celebridades no tiene que ser considerado algo tan viciado. En un punto, es un simple interés en la psicología humana, qué nos despierta la atención. Y los famosos son personas que todos conocemos, o creemos conocer; en el mundo de hoy, juegan el mismo rol que los cuentos de hadas y los dioses griegos cumplieron: son en sí mismos historias con moraleja, arquetipos culturales. La gente se fascina con la vida de estas personas, que son como nosotros, pero más ricos y hermosos. Siempre pensé: ¡qué manera tan extraña de ganarme la vida! Y traté de ser respetuosa en áreas que creo tienen un límite -los hijos de las celebridades, por ejemplo. Pero especialmente en los últimos años la cobertura de estas noticias tomó un tono muy desagradable y es difícil competir en una atmósfera así.
"Quería que el mundo supiera que nadie llevaba una vida perfecta y que incluso la gente que parecía poseerlo todo tenía sus secretos", escribió Walls en El castillo de cristal sobre sus inicios en el periodismo, cuando trabajar en el periódico de su colegio le dio por primera vez a la adolescente desgarbada y mal vestida un lugar de pertenencia, "donde la gente no me apartara si me sentaba a su lado". Pero desde que publicó su propia historia, Walls se retiró del mundo del chisme para dedicarse a las presentaciones públicas de El castillo de cristal , y a escribir un segundo libro: una biografía de Rose, su madre, tal vez el personaje con más claroscuros de esta historia.
-Es algo que creo haber aprendido con mi libro: una vez que conocés la historia completa de alguien, sos mucho más compasivo.
Y con el mismo pulso con el que revela su educación afectiva, pinta el revés del sueño americano en los 60, ese del cual sus padres se mantuvieron voluntariamente al margen.
-Durante la mayor parte de mi niñez mi familia vivió fuera de la cultura de masas, sin televisión ni radio ni diarios, sin ropa de moda, sin avisos publicitarios. No es la peor manera de crecer: nos hizo volcarnos a los libros. Lo que no quiere decir que se debería llegar a los extremos a los que llegó mi familia. No fue mi intención mostrar cómo era la vida fuera del "sueño americano", pero sin dudas es una de las cosas que se desprenden del libro. ¡Algunos lectores en Estados Unidos incluso me llegaron a decir que se resisten a creer que un grado tal de pobreza hubiera existido realmente en esa época! Y esos contrastes continúan hoy día. Creo que por eso tantas organizaciones solidarias me invitan como oradora cuando se trata de juntar fondos: les pongo un rostro a las estadísticas. Mi historia no sólo muestra el lado oscuro del "sueño americano": creo fervientemente que si yo pude cambiar mis circunstancias, cualquiera puede. Todo lo que se necesita es educación, no necesariamente formal. Y actitud.
-¿Qué opina de este momento tan especial en la historia de su país?
-Tengo una combinación extraña de preocupación y optimismo. Creo que en los últimos años el miedo ha sido la motivación de una gran parte de la población. Y el miedo es una emoción que puede transformar a una buena persona en mucho menos de lo que es. Por otro lado, soy una gran admiradora de Barack Obama, creo que es un político verdaderamente distinto. Será uno de los grandes presidentes en la historia de Estados Unidos.
- El castillo de cristal vendió miles de ejemplares en todo el mundo, tuvo excelentes críticas y ganó premios literarios. ¿Qué fibra cree que toca su historia en los lectores para haberse convertido en un éxito?
-Realmente, para mí fue un shock la recepción que tuvo mi libro. Y creo que una de las tantas cosas que me enseñó es que había subestimado la empatía que puede tener otra persona con tu propia historia, y el grado en que casi todo el mundo tiene algo en su pasado que le causa vergüenza o pena. Y ése ha sido el gran regalo que recibí de los lectores por haber hecho las paces con mi pasado: haber compartido sus historias conmigo y haberme sacado del aislamiento que me impuso mi propia vergüenza. Quienes vivimos cosas así a menudo nos culpamos por lo que pasamos. Pero lo gracioso es que, ahora que lo escribí, mi pasado ya no me persigue. Hace poco estuve en un panel junto a un psicólogo que decía que los secretos son como vampiros: te chupan la vida, pero sólo sobreviven en la oscuridad. Una vez que se exponen bajo la luz del sol, hay un momento inicial de horror y después, ¡puf!, pierden todo su poder.





