
La familia real de los argéadas, en su lugar de descanso
Tesalónica es una anciana ciudad en la región de Macedonia, en Grecia.
Llena de vida, la segunda ciudad del país se abre al mar y a todos los que la visitamos.
Con un poco más de un millón de habitantes y siendo un importante centro industrial, esta urbe tiene una mezcla casi perfecta de historia, espíritu y personalidad.
Recorrerla es transitar por siglos y siglos de influencias macedonias, bizantinas, otomanas y griegas.
Tiene un sobrenombre muy particular Symprotevousa (la co-capital) al ser después de Constantinopla la ciudad más importante del Imperio bizantino y la Symvasilevousa (co-reinante).
También se la llama la Ninfa del Termaico y cuando uno se acerca al paseo marítimo y observa sus azules aguas entendemos el propósito de ser también llamada así.
Tengo que confesarles que los días que pase en este lugar fueron realmente encantadores por infinidad de motivos, desde la hospitalidad con la que fui recibido hasta el amor de los locales por su ciudad y la enorme y variada oferta gastronómica. Mis anfitriones fueron los encargados de demostrarme la rica herencia culinaria. Tuve la oportunidad de sentarme –en realidad, me sentaban– todos los días en diferentes tabernas, bares y cafés para ser cuasi sometido a todas y cada una de las riquísimas especialidades locales, y a la enorme variedad de datos fácticos e históricos de una ciudad que parece tenerlo todo.
Así pude conocer cómo esta ciudad durante siglos fue uno de los centros más importantes de la región en términos comerciales, administrativos, militares y religiosos.
No sólo aquí se encuentra la comunidad judía más antigua de la Europa continental; aquí estuvo Pablo de Tarso, quien escribió sus famosas cartas a los Tesalonicenses, consideradas por algunos expertos como obra inaugural del Nuevo Testamento, y también fue el lugar de nacimiento de Mustafa Kemal Atatürk, creador de la Turquía moderna. Ya, con estos tres datos, podemos imaginarnos el largo camino que ha recorrido esta ciudad, algo que se siente en cada una de sus pequeñas y a veces empinadas calles, sus grandes avenidas e infinidad de monumentos.
Pero también está lo que se encuentra en las afueras de esta ciudad, porque sin lugar a duda este sí o sí era uno de los lugares que siempre había querido visitar: Vergina.
Es uno de los sitios arqueológicos, por lo menos a mi humilde parecer, más importantes del mundo. Este complejo funerario del siglo IV antes de Cristo alberga los restos de miembros de la familia real de los argéadas. Excavado a fines de la década del 70, guarda el sitio de descanso eterno de Filipo II y de, supuestamente, Alejandro IV de Macedonia, padre e hijo respectivamente de una de las figuras históricas más importantes de la Antigüedad: Alejandro Magno.
Llegué en auto, recorriendo la tranquila y ondulada campiña griega, con muchas expectativas.
Y tengo que decirles que fueron cumplidas todas y cada una de ellas.
Pararse frente a El Gran Túmulo, a punto de entrar a las entrañas de la tierra y volver mágicamente el tiempo atrás, es algo único.
Sobre todo cuando al entrar uno se encuentra frente a un "tesoro", comparable con lo que le sucedió a Carter frente al sarcófago de Tutankamón o Alva frente al Señor de Sipán, pero en versión "helénica". Y los ojos se te abren como platos.
Todo a media luz y con un silencio apenas interrumpido por las voces o sonidos de asombro de las personas con las que compartí semejante momento, el cual esperé mucho tiempo.






