La forma y el libro

Hasta el 7 de enero, en el Museo Mitre, se exhibirán refinadas encuadernaciones artísticas. Se trata de objetos de una belleza inusual, ya que se realizan para proteger algo tan mágico como la lectura
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30 de diciembre de 2001  

Dice un poeta inglés: A thing of beauty is a joy for ever ... Un objeto bello es felicidad para siempre.

Cuánto debe disfrutar Marta Donadeu, autora de las encuadernaciones artísticas que ilustran esta nota, con el encanto que surge de los bellos libros que la rodean.

Ella se sintió atraída por los libros desde muy chica, en la bi-blioteca familiar. Luego de aprender el oficio de la encuadernación fina en Francia, ingresó como socia Nº 47 en la Sociedad Argentina de Bibliófilos, prestigiosa entidad creada en la Argentina en 1928.

“Comencé a encuadernar para mí los libros que me correspondían como socia. Los ejemplares de bibliófilos son confeccionados con papel y tipografía hecha a mano y con grabados, dibujos, aguas fuertes, xilografías, de primera plancha o sea, la primera tirada. Toda esa tarea es hecha a mano, artesanalmente”, cuenta Marta. Y aclara: “Antes, traía de Francia los cueros para las tapas. Pero, por suerte, a partir de la década del 80 los cueros argentinos se curten adecuadamente y pueden utilizarse perfectamente”. Sus creaciones corresponden a la encuadernación artística, según ella misma lo explica: “Difiere de la antigua o clásica porque podemos crear sin atenernos a normas fijas”.

La encuadernación, cuya misión era proteger al libro, nació en el inicio de la era cristiana con el Codex libelus o códice, que significa tronco de árbol. Eran hojas sueltas de noticias, protegidas por tapas de cuero. En la Roma pagana, los romanos de la clase dirigente, los llevaban atados a la cintura. Ellos y los griegos introdujeron las hojas cuadradas o rectangulares de los códices. Al principio, sus hojas eran de papiro. Luego usaron el pergamino, cueros de animales, curtidos y estirados.

En los monasterios coptos cristianos de Egipto y Etiopía puede decirse que se inició el arte de encuadernar. En Europa, los monjes copistas y miniaturistas preservaron la cultura antigua al reproducir en manuscritos los textos grecorromanos.

Reemplazaron las tapas de cuero de los códices por tapas de madera. A partir del siglo IV, las forraban con cueros de animales domésticos y salvajes. En Europa usaban el cuero de ciervo, vaca y cerdo. En el Norte, los de foca y tiburón. De una simple protección, el arte de encuadernar, pasó a ser un ornamento prestigioso. Recubrían la madera con terciopelo rojo con adornos de plata; con géneros y cueros variados, y hermosas pedrerías. Aquello fue sólo el comienzo de una constante evolución a través de los tiempos.

Encuadernación moderna

En la segunda mitad del siglo XIX se produjo una gran renovación del arte de encuadernar. En Francia apareció Marius Michel, dentro de la estética del art nouveau. Causó sensación con su Flora Ornamental.

En Gran Bretaña, el movimiento Artes & Rafts (Artes y Artesanías) dio lugar a la aparición de Cobden Sanderson y de allí en más la encuadernación fue evolucionando al compás de todas las vanguardias artísticas. De lo figurativo se pasó a lo no figurativo, del art déco al cubismo y así sucesivamente.

Todos los países europeos tuvieron grandes encuadernadores: Pierre Legrain y Paul Bonet sobresalieron en Francia por su maestría. Y en 1960 aparecieron los Libros de Artistas, diseñados en todos sus aspectos por un artista plástico.

Encuadernacion artística

En la muestra Homenaje al Libro se exhiben obras de los socios de Encuadernadores Artesanales de la República Argentina (EARA) y de algunos de sus maestros: Juan Gullin, Varinka Diaconú, María Hortensia Palacios Avellaneda de Molina Campos, María Elena Dupont, entre otros.

El más famoso entre ellos fue el francés Julien Leprêtre. En su momento, llegó a la Argentina para trabajar para Peuser. Angiolina Astengo de Mitre lo contrató para perfeccionar a las alumnas del Taller de Encuadernación –de 1914, el más antiguo de la Argentina– de la Asociación El Divino Rostro, de la que fuera fundadora.

También se podrá admirar tapas decoradas de libros miniaturas de Graciela Saba de De La Guardia, artista argentina, experta en restauración de libros, papel y conservación de incunables. Durante cuatro años estudió en Tokio encuadernación oriental y occidental, dorado sobre cuero, fileteado a oro y en seco, restauración, y perfeccionó su técnica en el Taller de la Biblioteca de Santa Genoveva en París.

En definitiva, podrá comprobarse que la encuadernación artística es un arte que depara alegrías al que lo posee y aún más a su creador. Son objetos bellos, nacidos de la pausa, de tiempo infinito, de método, técnica y paciencia sin fin. Y, sobre todo, de amor al libro y su lectura.

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