
La hiperinformación como castigo
Tenemos exceso de información. ¿Será este hecho lo que nos vuelve hipersensibles e hipercríticos, hiperansiosos e hiperfrustrados?
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Somos los orgullosos habitantes de la era de la información y ahora nos enteramos de que esa ventaja comparativa del fin de un siglo y el principio de otro puede ser bendición y desgracia. Gracia y posibilidad virtuosa para quienes contamos con ella con abundancia y en libertad, pero a la vez, infortunio y desamparo para aquellos países talibanizados que tienen el acceso clausurado a Internet, negada la pluralidad informativa y hasta vedada la televisión. En nuestra tierra podrán faltar trabajo, seguridad y futuro, pero información -eso sí- hay de sobra. Que cada uno haga su cuenta. Yo empiezo blanqueando mi cotidiano atracón. Dietas considerables de radio AM y FM y de televisión a través de canales de noticias nacionales e internacionales por aire y por cable y sus respectivos noticieros; porciones informativas recibidas vía agencias de noticias nacionales e internacionales, Internet y boletines de información reservada; platillos de datos, chismes y rumores que obtengo mediante el teléfono o en charlas de pasillo y ni hablar de la cuantiosa ingesta publicitaria de avisos radiales, televisivos, gráficos, cinematográficos y de vía pública.
En este sentido, ser periodista resulta más un castigo que un privilegio, en especial porque es muchísimo más lo que se sabe que lo que se utiliza y publica. Y porque, gajes del oficio, uno intuye más temprano que tarde la entretela de la noticia omitida, borrada, descontextualizada, exagerada, tapada, maquillada. Sigo sumando. Habrá que incluir la lectura de ocho o diez diarios nacionales, sección por sección, suplemento por suplemento y hasta un par de diarios internacionales que se editan aquí tal cual salen en sus países de origen; agregar el seguimiento de cinco o seis revistas semanales, medio centenar de e-mails cada siete días, la revisión de publicaciones especializadas (de los contadores de Ciencias Económicas, de los médicos del Gran Buenos Aires o de los poetas mancos de Boedo, etcétera), a ver si allí salta el tema desconocido. Y pasar por esa auténtica exageración que son las noticias en el subte, el colectivo o el celular y los diarios gratis en los taxis.
Estamos hiperinformados. Tenemos exceso de información, una cantidad muy superior a la necesaria. ¿Será este hecho lo que nos vuelve hipersensibles e hipercríticos, hiperansiosos e hiperfrustrados? Parece no haber grandes diferencias entre los híper donde se hacen las compras con estos virtuales hipermercados de la información, cuasi Carrefour noticiosos desde cuyas góndolas disponemos del mercado de novedades para llenar nuestros carritos. Y, en ocasiones, antes de llegar a nuestras casas con lo más fresco, esos temas no existen más. Son cuestiones que no duran más de 24 horas. Como para que después no digan que somos un pueblo al que le resulta imposible jerarquizar la memoria.
Presumo de ser una persona muy informada, a la que prácticamente no se le escapa ningún costado de la realidad. Y en proporción directa con ese logro, me encamino hacia la obtención de un cetro de dudosa valía: podría llegar a competir por el título del más informado del mundo, lo que también quiere decir que me encuentro a sólo un pasito de no saber absolutamente nada. Aunque sean palabras que empiecen igual, enterarse no es entender. El exceso de información es un acoso que nos vuelve más irritables y débiles, menos lúcidos y activos, y hay especialistas que hablan incluso de intoxicación informativa y hasta de bulimia y anorexia informativas. Aporto otros síndromes que todavía no existen, pero que bien podrían existir: gacetilla contranatura, encuestitis aguda, gastronoticitis, publicalgia. Más allá de cualquier fantasía, la sobredosis es un daño.
La publicidad reciente de una punto.com, cuya oferta principal son las noticias durante las 24 horas, asegura que enterarse antes y al instante es mejor... Conocer una noticia lo antes posible ayuda a estar preparado. Paradójicamente, lo primero de que se priva a los participantes de algunos famosos reality shows es del contacto con el mundo exterior y, dentro de esto, de la lectura de diarios, revistas y otros medios. Hay que estar muy alerta frente a los efectos de la superabundancia informativa. La información en acertada medida orienta, propone conocimientos, facilita la elección. Una cantidad exorbitante confunde, desvía, provoca desarreglos. En un punto, tanta información es ninguna información. Un antiguo aserto del mundo periodístico indica que la información es poder, pero un exceso informativo conduce al inevitable no poder. El hombre hiperinformado de hoy puede transformarse en el ciudadano ignorante de mañana.



