
La jungla Trosman
Todos los días algo nuevo asoma en su laboratorio de textiles y de formas
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"Hago demasiado", concede Jessica Trosman, con mirada celeste y un soplo de falsa resignación, frente a largos metros de perchero que rebosan de toda una multiplicidad de prendas de su autoría. Hay mucho allí y muy diverso, y cada vez que sacamos un modelo de la apretada hilera es sin falta diferente de todos los anteriores y de todos los que vendrán. Ese hacer más –e incluso de más– que caracteriza a Trosman tanto en la cantidad como en la calidad y en el detalle de su panoplia es, en moda, una señal del mejor augurio.
Lo barroco marca la identidad de diseñadora de Jessica Trosman, en la vida una mujer de sentimientos a flor de piel y de abrazos abarcadores, que ahora en JT, su más reciente reencarnación y nueva marca propia, alcanza un apogeo. Así, en la colección de este verano 2015, el esquema geométrico inicial, modernista y despojado se ve, prenda tras prenda, puesto en contradicción por operaciones visuales que subvierten su rigor, su disciplina originales. Cuellos que se desbordan en pecheras, mangas y drapeados tajantemente desiguales; paneles que se despliegan y recortes que se despegan; de perfiles curvos en pantalones amplios y acortados muy París años 30. Jessica aborrece de lo obvio: " Una remera es un divague", dice y nos reímos. Ante su concisión visual, se le hace imperativo enriquecerla, dotarla de texturas, volúmenes, pliegues.
De tantas floraciones mixtas está hecha la jungla Trosman, un vestuario lírico y arriesgado que se ubica dentro de ese romanticismo de choque que está en el aire de la época y que es dominio casi exclusivo de mujeres diseñadoras de vanguardia que, sin renunciar a la delicadeza, eligen un chic fuerte, bien guarnecido, al extremo opuesto del repertorio, todo languidez y florcitas, de la feminidad de receta.
Todos los días, o casi, algo nuevo asoma del laboratorio de textiles y de formas que es JT, y ninguna de esas novedades deja de sorprender, intrigar, dar tema ni desde ya de encontrar un público de todas las edades. "Unas valientes", según Jessica, dispuestas "a experimentar".
Mientras charlamos, las heroínas en cuestión van de un espejo al otro por el vasto centro de operaciones de JT –pronunciado yéi tí– sobre la calle Humboldt, en diagonal a la cancha de Atlanta. Un galpón estupendamente reconvertido reúne ahora la tienda y, tras una partición acristalada, las oficinas, el estudio, los talleres de costura y, primordial para la empresa, el área de estampería, donde Jessica y Pablo Sandrigo, su marido, se entregan, con gesto alquimista, a la transfiguración de las telas. Last but not least, está, otro placer, Yeite, el café y restaurante dominio de la chef Pamela Villar.
Pasó ya poco más de un año desde que Jessica y Paula y Patricio Bayá, asociados, abrieron JT y colocaron en el mapa del chic internacional este punto del viejo Villa Crespo reo. Dos veces al año, en tiempo de colecciones, JT tiene cita en un showroom de París con sus clientes comerciales, venidos de Hong Kong, Taiwan, China, Japón, el Líbano, Italia, Suiza, El Cairo, Viena, Los Ángeles, Chicago, California, que a la par del mercado local ya en este lapso aseguraron un crecimiento sostenido a la marca.
Con básicos potenciados por la inventiva generosa de sus experimentos textiles y con creaciones audaces apoyadas en una intuición artística, JT ya tiene espacio propio y Jessica Trosman amplía y afirma su nombre como diseñadora capaz de hacer no ya demasiado, sino todo.






