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Es de mañana cuando veo las noticias. No escucho el audio, simplemente veo el rostro inalterado de una locutora muy bonita mientras me cambio y desayuno unas tostadas con café a las apuradas. El rostro no exhibe rastros de emoción, se asemeja al de tantas locutoras que dan cuenta de asaltos, paros docentes, caídas bursátiles o tantas otros sucesos de la vida cotidiana. Un texto impreso de pronto en el borde inferior de la pantalla arroja un hecho extraordinario: un hombre ha muerto, un hombre de 55 años que conduce uno de los clubes más populares del país, y su deceso fue producto de una deficiencia cardíaca. Subo el volumen para escuchar detalles de la noticia, pero en ese instante la locutora pasa a ocuparse de un tema insignificante aunque conserva el mismo gesto anodino y distante, extremadamente profesional, con que ha anunciado al mundo que un hombre de 55 años murió de un infarto. Que ese hombre se llame Pedro Pompilio es un dato que tiene tan poca relevancia para mí como la noticia que siguió el anuncio de su deceso. Leí ese nombre alguna vez entre las noticias deportivas pero jamás supe nada verdaderamente importante acerca de su vida. Esta mañana, sin embargo, el modesto anuncio de su fallecimiento provocó en mí un devastador huracán emocional y todas sus derivaciones físicas: un mareo ligero, la vaga sensación de una náusea, una picazón inexplicable en las puntas de los dedos y el galope tenue en el centro del pecho que suele traer la taquicardia. Lo primero que me vino a la mente fue esto: el pobre Pedro Pompilio se murió dentro de dieciséis años. Son diedicéis los años que me separan de mis 55. Iba a ser una mañana dichosa, y me levanté con esa vitalidad extraña con que suelo despertarme los días en que voy a mi clase tenis, pero la muerte de Pedro Pompilio fue una bofetada que me derrumbó. Deiciséis veranos, pensé, y eso si tengo suerte, porque al fin de cuentas Pedro Pompilio fue un afortunado en su desgracia: llegó a los 55 años, lo cual no es moco de pavo, tuvo una carrera profesional de cierto éxito y formó una familia que supo quererlo. No es poca cosa si se lo piensa desde la perspectiva de tantos otros hombres que no llegaron a vivir 55 años, ni mucho menos, y que cayeron fulminados por el rayo de la tuberculosis o el cáncer o el más sencillo ataque cardíaco pese a haber sido esmerados con su dieta atlética y con las comidas. Cada vez que se muere alguien ligeramente mayor que yo (y dieciséis años son nada, un parpadeo en la vida del mundo), regreso entonces a mis dietas con alimentos orgánicos y a la rutina deportiva, en la esperanza de que esos cuidados me prolongarán la vida. Este mismo mediodía, pocas horas después de seguir detalles de la noticia en las versiones digitales de los periódicos, he comido una tarta de calabaza y espinaca acompañada por agua mineral, y he retomado la idea de empezar algún seminario de meditación o algún curso de yoga. Recordé una frase de un amigo de otro tiempo: ya hemos probado todos los modos de cagarnos la vida, ensayemos alguno que nos haga bien. Los hombres solemos dilapidar la excepcional fortuna de estar vivos. No sé si Pedro Pompilio fue uno de nosotros, individuos neuróticos o melancólicos sin remedio, cobardes incapaces de disfrutar de lo que nos ha sido dado. Quizá su fortuna mayor no haya sido vivir hasta los 55 años, sino haber aprovechado esa experiencia vital con la energía de quienes creen en alguna forma de la felicidad. Cuando encuentro a Dana en la oficina, a eso de las 6 de la tarde, mira mi gesto cabizbajo y quiere saber qué me pasa. Que se murió Pedro Pompilio, se murió dentro de dieciséis años. Dana enarca las cejas sin entender, y unos segundos después me regala una carcajada. No perdamos el tiempo, entonces, llevame a pasear el fin de semana. Y a coger que se acaba el mundo, dice mientras se va.





