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No quiero, les juro que no. Prefiero quedarme leyendo un buen libro en el sol del atardecer o garabatear alguna idea en mi notebook o simplemente caminar por el césped junto al lago. ¡Muerte al depredador sexual! Basta, ya. No quiero, porque la compulsión del deseo comienza a provocarme trastornos físicos (sudores inesperados, excitaciones físicas fuera de tiempo) y el sueño erótico en plena vigilia me impide concentrarme en mi trabajo. Pero ella está ahí, tendida junto a la pileta, el cuerpo humedecido, la malla enteriza dándole una elegancia inesperada para su edad, y caigo en la trampa. Hola, saludo al grupo de profesores de natación, venimos con Sebastián a una prueba de evaluación. Hola, soy Zarina, vení conmigo. Mi hijo de 12 años la acompaña, me siento a una mesa en una terraza que da a la piscina, pido un café. Zarina (una muñeca rusa, una muchachita de aspecto frágil salida de un cuento de Chejov o de una película de Nikita Mijalkov) lo toma de los hombres (las manos delgadas de una pianista rusa, la piel blanquísima), le da algunas indicaciones (los labios gruesos como los de Nasstasja Kinski en Tess cuando mordisquea una frutilla), y el muchachito se lanza al agua. Ella lo sigue recorriendo el borde de la pileta; cuando llega a uno de los lados, hace algunas correciones mostrando el movimiento deseado: los brazos son dos aspas afiladas en la espalda firme, las piernas torneadas simulan el pataleo. Ríe, y cuando lo hace se encienden los pómulos de la cara y una línea casi invisible, como de nieve, se dibuja en la frente amplísima y despejada. Se lanza al agua, gana el andarivel vecino y comienza a nadar junto a mi hijo; cada vez que alcanzan uno de los bordes mantienen una pequeña conversación, y Zarina vuelve a corregir algún desplazamiento de los brazos o el modo en que las manos ingresan en el agua. Casi no mueve el cuerpo cuando nada, se desliza sin esfuerzo sobre el espejo de agua, o eso parece a los ojos de quien nada sabe, y sin embargo la niña pez avanza a una velocidad inusitada. Nunca hice el amor en el agua, pienso mientras la observo subir por la escalera lateral; agita la cabeza, pestañea, me mira con una ligera señal de aprobación. Sebastián guiña un ojo: intuye a su padre. Cuando me acerco, Zarina me dice que estuvo muy bien, quiere saber qué me ha parecido. Respondo que nada sé de natación, me gustó verlo así a mi hijo, tan seguro de sus movimientos, tan concentrado en esa tarea como cuando explora sonidos nuevos con su guitarra, pero el agua no es lo mío. Se ríe, y dice que nunca se sabe, debieras probar, las sensaciones que uno tiene en el agua son únicas, la próxima vez podés meterte con nosotros, yo te ayudo. Lo pienso, respondo con un beso: vainilla, huele a vainillas, Zarina. Cómo fue. Sebastián está diciéndome algo cuando miro la pantalla del celular: Lorena me invita a cenar mañana, tenemos algo pendiente que resolver.





