La otra inseguridad

Guillermo Jaim Etcheverry
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9 de abril de 2006  

Casi la mitad de los jóvenes argentinos que completan la educación media tienen dificultad para comprender un texto. La experiencia cotidiana nos confirma que muchas personas, jóvenes y no tanto, no logran expresar con claridad lo que piensan. Esto no sólo ocurre entre nosotros: en Francia, uno de cada diez jóvenes de entre 17 y 25 años no lee ni escribe correctamente. El lingüista francés Alain Bentolila considera que esta situación genera lo que denomina inseguridad lingüística. La incapacidad de expresar con precisión el pensamiento propio en palabras y de recibir el del otro con exigencia termina encerrando a los jóvenes en un verdadero gueto social. Esta falencia los condena a la exclusión, los impulsa a la rebelión y, posiblemente, también a la violencia. La inseguridad lingüística desemboca, así, en una grave desigualdad social.

De acuerdo con Bentolila, el 10 por ciento de los niños que ingresan en los cursos preparatorios en Francia dispone de menos de 500 palabras en lugar de las 1200 que, en promedio, utilizan los demás. Esta pobreza lingüística hace que las mismas pocas palabras terminen refiriéndose a realidades distintas, hasta opuestas. Cuando se dispone de menos palabras, más se las utiliza, con lo que pierden precisión. Contamos con numerosos ejemplos de términos crecientemente empleados para denotar realidades muy diferentes. Cuando las palabras pierden su precisión, se acentúa también la tendencia a restringir la comunicación a un número limitado de personas. Esa pobreza lingüística estimula la conformación de guetos que la protegen, generándose una suerte de autismo social, una cofradía de fracasados. Se acentúa la desigualdad entre quienes poseen las palabras y los que, careciendo de ellas, no pueden discernir.

¿Cómo se llegó a esta situación? Aunque las causas son múltiples, tal vez la más importante sea el escaso interés por enseñar y aprender la lengua, tarea que no es tan natural como parece. En realidad, se trata de un arduo trabajo. Cuando un niño aprende a hablar, lo hace en el ámbito de su círculo reducido de convivencia: pocas palabras le bastan para indicar lo que quiere. Pero al abandonar ese ámbito y aventurarse en lo desconocido, necesita expandir su lenguaje para dirigirse a personas que jamás ha visto, a las que dice cosas sobre las que tal vez ellas no escucharon hablar. Para eso, el niño necesita la ayuda de  los adultos, mediante una intervención comprensiva, pero exigente. Cuando no se entiende lo que los niños dicen, es necesario enseñarles, demostrarles que para el otro es muy importante comprenderlos. Hay que querer expandir el mundo para apoderarse de las palabras y hay que querer apoderarse de las palabras para expandir el mundo, como señala Bentolila.

Hoy se mira con simpatía esta lengua empobrecida y rudimentaria porque se la considera "lengua de jóvenes" y, por lo tanto, protegida por la veneración que despierta la "cultura juvenil". La actitud demagógica de no enseñar la lengua limita aún más las posibilidades de quienes necesitan apropiarse de la herramienta esencial para enfrentar al mundo. Mientras que quienes dominan la lengua – que son cada día menos – pueden utilizar las jergas sin riesgo, los desheredados de palabras quedarán excluidos, encerrados en guetos cada vez más vastos. El respeto de la especificidad cultural no justifica renunciar a un valor universal como es la posesión de muchas palabras, el capital intelectual humano por excelencia. La lengua es poder, ya que permite nombrar, describir y explicar no sólo lo que se ve sino, sobre todo, lo que no se ve. Por eso, es preciso reaccionar ante esta severa limitación del poder de las nuevas generaciones sobre el mundo, pues provisto de palabras el ser humano se lanza a la aventura de ser más creador y menos criatura.

* El autor es educador

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