
La película más cruda del año y una pregunta: ¿somos lo que comemos?
Dijo la crítica: “Un festival de vómitos”. La película más revulsiva de la temporada cuenta la fábula de una estudiante vegetariana de veterinaria que, en su primer día de universidad y como rito de iniciación, es obligada a comer carne animal y eso la transforma en… caníbal. La náusea es casi inevitable: la película franco-belga Raw (Grave, en su título original; Crudo, en español) fue celebrada en los festivales de Cannes y Toronto, pero sus crudísimas escenas impidieron el estreno comercial en casi todos los países después de que algunos espectadores se desmayaran durante su proyección. Acá ya se exhibe en Netflix y, aunque no se aconseje verla durante la cena (ni tomando vino: la analogía con la sangre haría del acto algo intolerable), es valiosa como testimonio de época: vivimos en una era en que la comida despierta reflexiones ontológicas cada vez que nos preguntamos si es cierto que somos lo que comemos.
Recién ingresada en la facultad, Justine es una flaquita desgarbada que sostiene su vegetarianismo como un legado familiar y un orgullo moral. Se alimenta sólo de verduras y purecito. Pero la ingesta de un riñón de conejo despierta una pasión irrefrenable por la carne y la sangre humanas. No apta para paladares sensibles ni estómagos delicados, Raw abruma con la crudeza de sus escenas sanguinolentas y aunque su directora, la francesa Julia Ducournau, haya respondido con elegancia al crítico que comparó la película con un festival de vómitos (“la redujo mucho”, contestó), las escenas de canibalismo hicieron inviable su exhibición en shoppings con patios de comidas. Cien mil años antes de que Hannibal Lecter se hiciera famoso en el cine, los humanos se alimentaban de otros humanos. Hay abundantes evidencias antropológicas (los restos de hombres faenados que se encontraron en las cuevas de Moula-Guercy, en Francia, o en Herxheim, Alemania) pero no se sabe en qué momento de la historia la antropofagia se convirtió en el mayor tabú de nuestra especie. El canibalismo es tan inconcebible que ni siquiera se incluye en los mandamientos sagrados: no se conoce ninguna religión que diga a sus fieles “no te comerás a tu prójimo”.
Más allá de los escándalos y las escenas literales, las grandes obras siempre nos hablan de otras cosas: si en Carrie, el diluvio de sangre era una potente alegoría sobre el trauma de una niña al convertirse en mujer con su primera menstruación, en Raw “la” carne y la sangre sirven para representar el descubrimiento del cuerpo ajeno: “La directora cuenta una historia oscura sobre el paso de la adolescencia a la adultez y usa temas de algunas películas de terror para expresar la soledad y el despertar sexual de una adolescente problemática”, dijo la Federación Internacional de Críticos de Cine (Fipresci), al premiar la película en Cannes. Entre escenas de una repugnancia insoportable, uno puede percibir la frustración y el desconcierto de la tiernita Justine al descubrir la fascinación que despierta la carne fresca. Presa de la pirámide alimentaria del deseo, cada persona con que se cruza parece exigirle lo mismo: “¡Devórame otra vez!”.
CINCO FICCIONES SOBRE EL CANIBALISMO
El silencio de los inocentes
La presentación estelar de Hannibal Lecter, el atildado psiquiatra caníbal que se pregunta con sorna: “¿Acaso el buen gusto es un problema?”
La matanza de Texas
Terror en estado puro: una película fundacional del género gore, con cinco amigos que deben escapar de los tarascones de una familia… disfuncional, digamos.
Psicópata americano
Entre fantasías hedonistas y lujos impagables, un yuppie de los años 80 fantasea con destruir a sus competidores de una manera radical: se los quiere comer crudos.
Holocausto caníbal
Un clásico de los viejos sábados de superacción: durante un rescate en el Amazonas, un profesor se convierte en el platillo más deseado por una tribu de salvajes.
Santa Clarita Diet
Una sitcom sobre un tema intragable: el cambio en la vida de un matrimonio de agentes inmobiliarios después de que ella muera y resucite como caníbal.







