
Los jinetes del Apocalipsis tienen forma de máquina, dicen, y ya están entre nosotros
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El físico Stephen Hawking abrió un nuevo capítulo de la hipotética lucha entre los seres humanos y las máquinas cuando, durante una entrevista con la cadena BBC, advirtió que los diversos esfuerzos por crear una inteligencia artificial avanzada podrían significar "el fin de la raza humana". Lo dijo en forma tajante, afirmando que en caso de cumplirse ciertas condiciones no muy lejanas los sistemas artificiales podrían superar en inteligencia a las personas, así como los robots podrían llegar a rediseñarse a sí mismos.
Más allá de sus dichos, ante el avance de las ciencias de la computación y la penetración de las nuevas tecnologías, durante los últimos meses las advertencias lejos estuvieron de limitarse a la inteligencia artificial: Julian Assange volvió al ruedo con denuncias de vigilancia masiva global y complicidad entre Google y el Departamento de Estado norteamericano; Vinton Cerf –uno de los padres de internet y actual vicepresidente de Google– habló de una posible "generación y siglo perdido" en referencia al bit rot o al incalculable archivo digital en riesgo ante las constantes actualizaciones de software, y Delia Rodríguez –directora de la web de contenidos para redes sociales del diario El País (España)– escribió un libro sobre la memecracia, tal como bautizó al sistema político mundial en el que las personas se informan, opinan y votan influenciadas por virales.
En sintonía, desde hace varios años algunos escritores comenzaron a mirar de reojo el desarrollo de la tecnología, la fe acrítica en la benevolencia de Google y el miedo por la automatización de actividades cotidianas. De este modo, en pleno siglo XXI y a contramano de la historia, surgieron algunos representantes de la tecnofobia con discursos apocalípticos de la era digital.
<b>Las trampas de la mente</b>
En la googlización de todo (y por qué deberíamos preocuparnos), el historiador cultural Siva Vaidhyanathan definió Google como "el cristal por el cual vemos al mundo", que posee el tecnofundamentalismo como ideología y un efectivo sistema de publicidad en el que el cliente es el producto. El autor identificó el peligro principal en la sobrecarga de información y en la facilidad de la búsqueda de los servidores, que volverían a las personas más perezosas para recordar.
Al respecto, Nicholas Carr, escritor finalista del Premio Pulitzer en 2011 con su libro Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, partió de sus dificultades de concentración e imposibilidad de leer un libro por la exposición permanente a las distracciones de la red para plantear sus argumentos de por qué internet afecta la contemplación de los seres humanos. Con Atrapados. Cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas –recientemente publicado en el país–, el autor volvió a la carga, esta vez, contra la automatización de la vida de las personas: la tendencia a reemplazar la labor de profesionales por distintos softwares, además de la pérdida de puestos de trabajo, pronto derivará en la disminución de capacidades humanas adquiridas en la práctica.
"El automóvil dejó sin trabajo al criador de caballos y al herrero, y la máquina de Gutenberg aniquiló a los copistas de libros. No deberían sorprendernos estos cambios. Debemos evitar caer en las trampas del pasado, como cuando Adorno y Horkheimer despotricaron contra el cine, la radio o el jazz", opina Carlos Scolari, profesor argentino de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y especialista en medios digitales. "Respecto de las transformaciones mentales, los planteos de Carr no son nuevos: hace 2.500 años Platón dijo algo similar sobre los terribles efectos de la escritura en nuestra memoria. La relación entre los sujetos y las tecnologías es dialéctica: los seres humanos creamos tecnologías y ellas nos transforman, y creamos nuevas tecnologías para mitigar sus efectos. La idea de que las tecnologías nos modifican –desarrollada por investigadores como Marshall McLuhan y Neil Postman hace cinco décadas– hoy se encuentra plenamente confirmada por los estudios en el campo de las neurociencias. No es lo mismo una generación que crece entre libros a otra que lo hace entre dispositivos conectados en red. Igual creo que no debemos ser tan tremendistas: las nuevas tecnologías también potencian otras capacidades y expanden nuestras posibilidades como especie".
<b>¿Quién controla a quién?</b>
Fue el propio Scolari quien afirmó que si de quinientos artículos sobre cultura digital solo uno de ellos es crítico, entonces esa minoría siempre deberá ser bienvenida. Sin embargo, diversos argumentos obligan a preguntarse sobre la posibilidad de sortear miedos anacrónicos y reaccionarios. Dentro de una tradición innovadora, alejada de la obsesión por las neurociencias, el ciberoptimismo o la tecnofobia, puede inscribirse al español César Rendueles, que en su libro Sociofobia se refirió al ciberfetichismo "como una de las versiones más idiotas del consumismo", y al bielorruso Evgeny Morozov –a quien Assange ubicó como uno de los pocos autores que siguen teniendo algo interesante que decir de la intersección entre tecnología y política–, que pidió seguir de cerca las falsas promesas de Silicon Valley.
"Así como una sociedad de sacerdotes te hacía apedrear por los libres de culpa, una sociedad tecnológica también te procura la muerte por medio de las fuerzas que se complace en dominar", escribió Rodolfo Fogwill en un artículo publicado en 1982 en la revista Vigencia, donde reflexionaba sobre los usos de la silla eléctrica que decía haber estudiado profundamente. Siempre atento, Fogwill afirmaba que el placer pasaba no tanto por la efectividad del objeto (ya casi caduco), sino por el efectivo ejercicio de poder del hombre sobre la máquina. Más de treinta años después (internet y unos largos etcéteras de por medio), los miedos de la tecnofobia se basan en que el paradigma al que refería Fogwill se invierta y el monstruo ya no se pueda dominar. Preocupado por el avance tecnológico, a fines de 2007 Nicholas Carr y su esposa dejaron Boston para vivir en una cabaña de las montañas de Colorado, sin telefonía móvil y una conexión rudimentaria a internet.
Como sea, autocondenarse a la tecnofobia y al ostracismo no parece ser el camino más indicado para afrontar la digitalización de la vida cotidiana y construir una verdadera crítica de los tiempos que corren.






