
La porteña que encantó a París
Sofía Achával vive aquí y allá, pero es una referente de la moda y el art de vivre de la capital francesa
1 minuto de lectura'

Todo el mundo nos envidia a la parisiense", sostiene el escritor Thibault de Montaigu. Ha colonizado nuestro inconsciente colectivo como símbolo de elegancia, ícono de belleza, una ficción sobre la cual proyectar nuestros deseos. ¿Pero, quién es ella? ¿Una idea, un cliché, un mito urbano?
Curiosamente quien fue elegida para contestar esas preguntas fue su porteñísima mujer, Sofía Achával, en una muestra conjunta del joven matrimonio que se puede visitar en el espacio de exposiciones de las Galerías Lafayette hasta comienzos de junio. Pero en realidad la sorpresa porque sea una extranjera la que decida qué hace a la esencia de la mujer más chic del planeta no es tan mayúscula. Aunque desde hace menos de una década que Achával vive entre París y Buenos Aires (con abundantes viajes laborales a Nueva York), ya se convirtió en referente de la moda y el famoso art de vivre de la Ciudad Luz.
Ex modelo exclusiva de Marc Jacobs y Louis Vuitton en los desfiles de París, cara del perfume Chloë y portada de Jalouse y Glamour, en una reciente muestra del fotógrafo de culto Todd Selby sobre los parisienses más cool del momento, Achával y Montaigu fueron seleccionados como pareja que marca tendencia. Y para su casamiento en Uruguay, las fotos más interesantes de la novia las hizo su buen amigo del ambiente Mario Testino, que viajó especialmente junto con otros personajes de la alta moda y la literatura francesa para acompañarlos.
Achával nació en Buenos Aires en 1979 y tiene una pequeña hija, Paloma. Es productora de moda de la revista estadounidense V, famosa por sus producciones conceptuales de avanzada. En sus páginas, las imágenes más suntuosas y barrocas llevan la firma de Sofía. En una de sus visitas al departamento que el matrimonio recicló en San Telmo y que les hace de hogar en Buenos Aires, La Nacion dialogó con ella para enterarse qué la hace una de las personas más glam a ambos lados del Atlántico.
-¿Cómo nació tu interés por la moda?
-Fue algo que absorbí en la infancia. De una de mis abuelas aprendí todo sobre el refinamiento, las sedas, el olor a jazmín, los suéteres de cashmere, su infinita colección de zapatos Ferragamo. En su casa de avenida Alvear jugaba todas las tardes y espiaba sus roperos; ella era la elegancia absoluta, hasta en el más íntimo detalle. Tenía baúles llenos de vestidos de alta costura de mi bisabuela, bordados con hilos de oro, y cuando me los ponía inventaba personajes y soñaba con ser grande para usar tacos altos y maquillarme. También entraba en el cuarto de mi hermana mayor, Marina, y miraba su colección de revistas Vogue. Sentada como un soldadito la observaba mientras se vestía para salir. Ella siempre fue muy de vanguardia, usaba ropa de plástico transparente, botas de vinilo y pelos de colores. La moda fue tan natural para mí que nunca sentí que hacerlo fuera un trabajo. Todavía lo vivo como jugar a las muñecas.
-¿Cómo terminaste en Francia, y haciendo de parisiense insoportable en el divertidísimo cortometraje Alice et Moi, que pasan en la televisión europea periódicamente?
-Mi madre siempre me decía que tenía que ir a Europa a estudiar. Y después de la carrera de Cine que realicé con Manuel Antín, hice un posgrado en Studio Berçot, en París, una de las mejores escuelas de moda del mundo. Recién llegada a París fui a visitar a mi hermana Isabel, que es documentalista y en ese momento estaba viviendo en Bruselas, y salimos con unos amigos de ella. Fue así como conocí a Micha Wald, director de Alice et Moi, que en ese momento era un joven director desconocido. Sin saber hablar francés, me propuso interpretar a Alice, la novia del protagonista. El corto fue un éxito, seleccionado en Cannes 2004, recibió más de 40 premios en el mundo. Este fue el primero de una serie de encuentros afortunados. El segundo, siempre gracias a mi hermana Isabel, fue conocer al booker de la agencia de modelos Ford, que en ese momento descubría todas las new faces. No buscaba trabajar como modelo, sucedió y fui la cara de Adidas con Mario Testino de fotógrafo, de Mulberry... Viajé a países exóticos y sobre todo conocí desde adentro ese mundo. Luego fui asistente de la directora artística de Loris Azzaro, Vanessa Seward, donde aprendí cómo funciona una verdadera maison de couture. Hacíamos desfiles privados y cócteles donde se mezclaba gente de la moda, del rock, del jet set, de la literatura, del arte. Al año de estar en París, lo conocí a mi marido, Thibault. Me mostró París desde adentro. Creo que nunca podré dejar París.
-¿Y todo esto lo canalizás en tus producciones?
-Sí, hace unos años que soy editor at large de V Magazine, una revista norteamericana de vanguardia. Soy estilista y trabajo casi siempre con un fotógrafo y cineasta argentino, Sebastián Faena, que es un gran talento visual y uno de los fotógrafos jóvenes con más éxito en el mundo. Mi visión de la moda no cambió de la que tenía cuando era chica: sin ningún miedo a los excesos y con mi simpatía hacia el grotesco, simplemente la resignifiqué. En la moda no hay que dar lo que a la gente le gusta, sino lo que a la gente le va a gustar.
-Lo que proponés en tus producciones es bastante extremo. ¿Lo usarías o es para inspirar?
-Siempre usaría lo que propongo, es una sublimación de la mujer que me gustaría ser. No creo criaturas de la moda, sino mujeres que viven en un mundo glamoroso, con un estilo personal. Siempre imagino qué tipo de mujer sería antes de crear su look; dónde vive, cuáles son sus fantasías.? Es más como un personaje de una película que una historia de moda pura. Mi estilo es una mezcla de todas las mujeres en las que quisiera convertirme. Puede ser una diva del viejo Hollywood o una parisiense burguesa, como Catherine Deneuve en Bella de día, Sharon Tate en El valle de las muñecas, Natasha Kinski en Tess, y tantas otras.
-Para la muestra en Galerías Lafayette tuviste que imaginar a la parisiense. ¿Cómo la resumirías a la hora de vestirse y cómo la compararías con la argentina y con la norteamericana?
-La mujer argentina es muy femenina y elegante, nunca peca de vulgar. Son mujeres muy lindas y cuidan muchísimo su figura, son muy sexy. Sería bárbaro si se animaran a tener un look diferente, a no tener miedo de expresar con la moda su propia personalidad. Las norteamericanas, sobre todo en Nueva York, siempre usan tacos altos y tienen las mejores carteras y zapatos de las últimas colecciones. Las francesas son muy chic. Son extremadamente refinadas y todo lo que usan es de muy buena calidad. El look clásico de una parisiense son las chatitas, un jeans gastado y un suéter de cashmere, muy Jean Birkin. Vivir en estas tres ciudades es, naturalmente, muy inspirador. Miro muchísimo cómo se viste la gente en la calle, sobre todo las mujeres mayores. Pero la inspiración nace en todos lados. Puede nacer de un turista americano, de una monja, de un bebe, de un envoltorio de galletitas, de un frasco de perfume, de un empapelado, de un libro. Saco fotos con mi teléfono constantemente y guardo todo en carpetas en mi computadora portátil. Estoy en una búsqueda constante.
UNA MUESTRA MULTIFACETICA
Para crear la muestra en la galería de arte de las Galerías Lafayette (apropiadamente llamada Galerie des Galeries), Achával y De Montaigu seleccionaron a algunos de los principales referentes del momento para que los ayudaran a decidir qué lee, qué música escucha, qué ropa usa, cómo decora y hasta qué notas deja a los vecinos una parisiense típica. Lo que más expectativa creó fueron las abundantes pinturas y esculturas curadas por Catherine Millet. A pesar de que, como era de esperar, hay piezas con referencia directa al erotismo, como una gran palabra, desir (deseo), en hierro fundido, que parece derretirse colgando de las paredes de la habitación (obra de Annette Messager) y un extraño abrazo íntimo entre una bailarina y un gallo gigante en la serigrafía Annular Eclipse-Cok, de Yuki Onodera, en general las obras son más conceptuales que explícitas y con un mensaje ambiguo. Por ejemplo, en el pallier hay una serie de bustos de parisienses célebres, obra de la plástica Gloria Friedmann. Edith Piaf, Françoise Sagan, Collette, Arletty e Inès de la Fressange miran impávidas al recién llegado con sus caras de porcelana de rasgos imposibles de distinguir entre sí. ¿Las mujeres más emblemáticas de la Ciudad Luz eran, entonces, todo lo mismo? ¿No eran de verdad? La que parece verdadera, en cambio, es la criatura ficticia que Achával y De Montaigu crearon. Tanto es así que contrataron a Valérie Mréjen, videasta y escritora, para que dejara diseminadas por la casa notitas de la supuesta ocupante. Las mejores y que le dan gran credibilidad están en la salida a la calle. Allí Mréjen redactó divertidas invitaciones a fiestas latinoamericanas en el piso de lesta parisiense. Y agregó una carta dirigida a los ladrones de la zona, donde dice que después de haber sido desvalijada la casa cuatro veces, por favor no hagan el esfuerzo de volver, ya que no queda nada de valor. En cambio, sugiere que lo intenten en otro lado, y propone, incluso, una dirección. El visitante se va pensando que ojalá sea lo de alguien que realmente lo merece o, mejor aún, en la estación de policía.





