
La previa en el museo
Tiendas, restaurantes, looks originales y muestras multitudinarias derriban las antiguas barreras del arte y transforman este espacio en innovadora salida urbana
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"Me estoy yendo ya al Malba a ver a Kusama", le anunciaba Roberto Schottlöen, un economista que trabaja en una empresa agropecuaria y vive a pocas cuadras del museo, a su novia Delfina Alonso Peña. Demorada con temas laborales, ella estaba en Tigre y también quería ser parte de la experiencia. "Bancame y vamos juntos", lo disuadió.
Al sábado siguiente hicieron una cola breve al mediodía y se fascinaron con la "obsesión infinita" de la artista japonesa. Subieron fotos a las redes sociales, discutieron las obras, arriesgaron hipótesis sobre el porqué de las repeticiones de falos y puntos y, al salir, pispearon la colección del museo. Monitorearon la cartelera de cine del mes, chequearon los diseños de la tienda Malba y se fueron a almorzar.
"Una salida superplacentera", define Alonso Peña, sanisidrense de 30 años, licenciada en turismo. "A los dos nos gustan el arte y la fotografía. Averiguamos qué hay y tratamos de ir al menos una vez al mes. Hoy todo está mezclado con la estética, pero venir acá tiene un encanto especial: es estimular los sentidos, las emociones y la reflexión frente a lo que ves. Y te deja algo más que ir a un bar."
Punto de encuentro, imán para el intercambio social, vía de escape para el descanso y la reflexión amigable, los museos y centros culturales dotados de buena infraestructura y servicios se han convertido hoy en una salida en sí misma. Acortadas las distancias que antes los separaban del público general, con su apertura y comunicación desacartonada en las redes sociales, encarnan hoy un tipo de ocio de culto, sobre todo, entre gente joven. Es que cada vez son más los que responden a los estímulos que los museos y su marketing segmentado vienen haciendo para atraerlos: disfrutan de la arquitectura de sus sedes; se zambullen en una oferta cultural de calidad que al menos una vez al año tiene un blockbuster –sea una muestra, un ciclo de cine, de conciertos, conferencias o seminarios de intelectuales consagrados–; se deleitan con los sabores gourmet de sus restaurantes y cafeterías, y chusmean o consumen los cuidados objetos de diseño y las ediciones de sellos independientes desplegados en sus tiendas. Allí siempre hay tesoros inhallables en el circuito comercial. Así, con entradas que van de los 12 a los 40 pesos, cualquiera puede disfrutar de una visita mucho más completa (y económica) que tomar algo en cualquier lugar de moda. Es más, el museo es muchas veces la salida previa a un programa más amplio, que arranca con una muestra en boga y luego sigue con un trago, una cena o lo que depare la noche.
Es el caso de Claudia Preinsperger, una licenciada en artes visuales de 30 años que el sábado pasado fue con un grupo de diez amigos al Faena Arts Center y de ahí siguió directo a una pizzería de San Telmo, donde terminó junto al grupo la velada. "Más allá del interés que me despiertan los museos por mi trabajo, estas salidas de fin de semana son bastante comunes para mí-explica Claudia-. Suelo ir al Malba, a Proa, al Bellas Artes o a la Fundación OSDE, doy vueltas, me encuentro con gente y casi siempre engancho después con otras cosas; en general sigo a comer o a tomar algo."

Si días atrás el MoMa era noticia en The New York Times por las filas interminables de gente que quiere ser parte del Rain Room (un cuarto en el que cae lluvia donde los sensores no detectan personas), nada tiene que envidiarle el Malba con la muestra de Yayoi Kusama, por la que ya pasaron más de 70.000 visitantes y que, aún hoy, es sede de filas ávidas por entrar al cuarto espejado, pegarse stickers de lunares o comprarse remeras de la artista japonesa.
"Todos me hablaron de esta muestra, vi cosas en Facebook, escuché de ella en la radio y por eso vine", cuenta Magdalena Wagner, una adolescente de 18 años que llegó el miércoles pasado, a las siete de la tarde, acompañada por dos amigas. Lejos de la idea del arte elevado e intocable, lo que más disfrutaron las chicas fue la habitación abierta para pegar los lunares adherentes y la pasada final por la tienda, de donde se fueron con una cámara "ojo de pez" y un cuadernito de diseño. A lunares, por supuesto.
Un shopping cultural
Alcanza con ver los números de la Secretaría de Cultura para darse cuenta de que algo pasó. En el plazo que va de 2008 a 2012, por ejemplo, la Noche de los Museos no paró de crecer: de 450.000 visitantes a los más de 700.000 del año pasado, atraídos por la oferta masiva y la entrada gratuita para todo tipo de público. Y para noviembre de este año, dicen, se espera muchísima gente más.
Desestructurado y abierto, el museo es hoy un "shopping cultural". Un rito arraigado que moviliza a legiones, capaz de satisfacer intereses de forma lúdica y amena. Entre sus visitantes, ocasionales o no, se genera un tipo de identificación, de sintonía con determinada corriente estética que el museo exhibe, que empuja incluso a muchos a comunicar esa pertenencia con un guiño en el vestir y hasta en la forma de actuar. Estrellas de las salidas urbanas, desde que los espacios de naturaleza se alejan cada vez más, han ganado un poder impar: son el epicentro de la producción y el consumo culturales, gracias a la sinergia de la diversidad artística con la que seducen y hasta imparten cursos. Y son, además, el ámbito donde se vive la experiencia cultural completa de lo contemporáneo.
Algunos exponentes
Los mejores ejemplos en esta avanzada los encabezan el Malba, con sus 12 años de exitosa trayectoria, y la Fundación Proa (un kunst hale o casa de cultura; sin colección propia), que además de sus muestras convocantes -Alberto Giacometti, la última-, inauguró una nueva panorámica de La Boca, desde el primer piso del magnético Café Proa. Esa vista a la Vuelta de Rocha desde su fachada vidriada es una cita obligada para turistas y locales. Licuados, muffins, tortas, sándwiches y hasta platos completos (de ternera braseada a pastas secas con frutos de mar) son sólo algunas de las cosas que ahí pueden degustarse. Irina Bertolucci, Fernando Freire y Gabriela García dan fe de que no hay otras meriendas como ésas. Y en combinación con la muestra de los artistas de los 90, dicen, resultó ser el mejor programa del último fin de semana.

Siguen en la lista el Museo Fortabat, con su café, La Colección, y el Faena Arts Center, en Puerto Madero; el Museo de Arte Decorativo, con su restaurante francés, Croque Madame; el Sívori, con su cafetería de luz natural y platos gourmet, y el Centro Cultural Recoleta, flanqueado por oferta gastronómica. El Macba y el Mamba imantan a los conocedores del arte contemporáneo.
A Marina Baimler, lo que más le gusta del Museo Fortabat es la mezcla entre la colección permanente y la arquitectura. "Es una maravilla, con ese techo que se abre. Te sentís como en New York", asegura esta abogada de 34 años que, en su visita, también se dio una vuelta por La Colección. Otra de sus posibles opciones es el Museo de Arte Decorativo, a donde suele ir con amigos o en pareja. ¿Infaltable? Un alto en el Croque Madame que está justo en la entrada, con vista al jardín, ideal para sentirse como en París a la hora en que el sol empieza a ponerse. "Me parece una salida distinta a la típica de ir a un restaurante; para mí es un paseo completo, en el que, además de compartir un momento con la gente que querés, conocés cosas nuevas", cuenta.
"El fenómeno está asociado a una explosión de lo visual, al paseo cultural, y a esa combinación que ofrece Buenos Aires entre consumo cultural y ciudad para recorrer, que es muy atractiva. Pero ocurre lo mismo en otros centros urbanos como Rosario, Córdoba y Salta", sostiene la socióloga Ana Wortman, del Instituto Gino Germani, que desde hace años estudia la temática. "Los museos ya no son espacios inmaculados, destinados sólo a ver cuadros, que imponen una gran concentración en su recorrido. Con su amplio menú de actividades y hasta de formación en artes visuales se ajustan a una percepción multitasking de la cultura actual."
Variedad de ofertas, muchas opciones en un mismo lugar, multiplicidad de estímulos ahí, al alcance de la mano: en esa conjunción de factores parece estar la clave del éxito.
"En todos los museos del mundo, la gastronomía y la tienda ocupan un lugar central y completan la experiencia estética del museo como lugar de encuentro e interacción", afirma Emilio Xarrier, gerente general del Malba. Entre el 5 y el 12 de este mes, de hecho, reabrirá Café Malba, con otra decoración y funcionalidad, con gastronomía mediterránea y pastelería italiana a cargo de Marcelo Piegari.
"Los blockbusters para nada desvían el camino que el Malba se trazó hace 12 años y en el cual se consolidó: seguirá incrementando su colección, fiel a su identidad de museo de arte latinoamericano", reafirma Xarrier.
Desde Proa, también refuerzan la idea: "En toda la experiencia del museo, hay una misión de diseño, de propuesta estética irrenunciable, de hacer vanguardia y de ahondar en la tradición del arte -plantea su directora, Adriana Rosenberg-. Pero hay también un diálogo permanente con el público. Hay una estrategia para captarlo con pautas ya establecidas y bastante pluralismo en nuestra programación. Aunque la clave siempre será traer y hacer lo que nunca se vio o se hizo, lo que introduce de alguna manera una nueva reflexión. De qué forma la comunidad incorpora luego a Kusama, a Louise Bourgeois, eso está fuera de tu alcance. De lo que no hay dudas es de que esas creaciones se incorporan. Por eso, las seguimos trayendo".
Un promedio de 2500 personas diarias continúan hoy haciendo fila para ver a Kusama y el interés, pronostican, no cederá hasta el cierre, fechado para el próximo 16 de septiembre. Será cuestión de esperar a ver qué sorpresas nos depara la próxima muestra.
Algunas muestras
- Obsesión infinita, de Yayoi Kusama
Puede verse hasta el próximo 16 de septiembre en el Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415) - Buenos Aires en imágenes
Inaugura el 24 de agosto en Fundación Proa (Av. Pedro de Mendoza 1929). A partir del sábado 10, hay también un ciclo de cine, a las 17 - Berni y las representaciones argentinas en la Bienal de Venecia
Curada por Rodrigo Alonso, sigue hasta el 29 de septiembre en el Museo Fortabat (Olga Cossettini 141)






