
La procrastinación como síntoma
Más que un mal hábito, demorar las obligaciones erosiona el presente y genera un malestar a futuro. Cómo influye nuestra genética
1 minuto de lectura'


Desde posponer el comienzo de una dieta hasta evitar una conversación difícil en la familia. Estancarse en una oficina por años o no cumplir con fechas pautadas de entregas de trabajos. Más del 95% de las personas demoramos, en mayor o menor medida, las obligaciones de nuestra vida cotidiana. Procrastinar (del latín procrastinare) es el mal hábito que esconde una compleja dinámica que, lejos de ser inocua, impacta fuertemente en cómo trabajamos y vivimos.
Hace dos años, sumergida en un pantano de dilación, contacté a Piers Steel, un psicólogo canadiense, profesor de la Universidad de Calgary y autor de Procrastinación: por qué dejamos para mañana lo que podemos hacer hoy, que dedicó más de 20 años de trabajo a entender esta conducta. Apenas comenzó nuestra charla me preguntó cuántas veces al día miraba el smartphone y qué tiempo le dedicaba a las redes sociales. Mi respuesta confirmó sus sospechas y me sumó a las estadísticas. Miramos al teléfono unas 150 veces al día (en algunos países el número aumenta a 220) y consumimos más de una hora contestando mails. El investigador canadiense condensó los aportes de más de 800 estudios en una fórmula que describe este autoboicot. Procrastinar consiste en una combinación de tres factores que intervienen cada vez que aplazamos algo:
- La predisposición a valorar las necesidades inmediatas por encima de los planes a largo plazo (impulsividad)
- El grado de confianza en alcanzar el objetivo (expectativas)
- Y el placer que nos proporcione realizar la tarea (valor).
Muy reveladora me resultó su afirmación: "No poder llevar las obligaciones a cabo es un síntoma de otros temas como la búsqueda de perfeccionismo, la vulnerabilidad a las críticas negativas y el miedo al fracaso". En su libro El manual del procrastinador: el arte de hacer las cosas YA, Rita Emmett asegura: "El temor a realizar una tarea consume más tiempo y energía que la tarea en sí. La evasión del deber no sólo aumenta la preocupación y procrastinación, sino que produce sentimientos de culpa que impiden un verdadero disfrute del tiempo libre". ¿Les resulta familiar?
Esta semana hablé con Steel y nombró al neurocientífico Daniel Gustavson, del departamento de Neurociencias y Psicología de la Universidad de Colorado, que demostró que la dilación de las obligaciones tienen un alto componente genético. El gentil Gustavson tardó pocas horas en contestar todas mis dudas: "Alrededor del 50% de la variación en la dilación en los adultos jóvenes se debe a los genes y el resto, a factores ambientales".
Calma, que la procrastinación tiene tratamiento. Aunque implica cambios estructurales de hábitos. Según Steel y Gustavson conviene reflexionar sobre las causas de nuestras demoras. "Cuando me siento tentado en salir con amigos en lugar de avanzar con un trabajo leo al menos un capítulo de mi trabajo que uso como peaje para poder salir", comparte Gustavson. Suena a un buen primer paso.
1
2Hotel Casino Míguez: parte del emblemático edificio de Punta de Este está abandonado, en venta, y espera renacer
3En fotos. Todos los invitados a la muestra de Paola Marzotto en Punta del Este
4Se conocieron cuando ella tenía 12 y él 17 y llevan juntos ocho décadas: “Solo puedo hablar de ella con letras mayúsculas”


