
Etiquetado como el díscolo de la familia, en el último tiempo se consolidó como un artista prolífico con lógica propia, por fuera de las reglas que dicta la industria. Después del éxito de Historia de un clan, este mes estrena su sexto film, Lu-Lu, y El marginal, una serie en la Televisión Pública; acaba de terminar su segundo disco y tiene en carpeta un largo sobre la vida de Robledo Puch. Reflexiones de una mente en constante movimiento.
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Por Alejandro Lingenti / Fotos de Vera Rosemberg
Luis Ortega, a punto de cumplir 36, tiene muchos planes para este año. Repasemos: el próximo estreno de Lu-Lu, una película que ya mostró en el Bafici 2015, pero que ahora reeditó para lograr un corte final que lo deje mucho más conforme que antes; el de El marginal, una serie que originariamente iba a dirigir Adrián Caetano y que se verá este mes por la Televisión Pública; la preproducción de un largometraje de ficción sobre Carlos Eduardo Robledo Puch, quizás el asesino serial más famoso de la historia de la Argentina, y también el lanzamiento de un disco, Tiene vida, producido por su amigo Daniel Melingo.
Hijo del matrimonio entre Evangelina Salazar y Palito Ortega, a pesar de su fecundidad artística Luis suele ser etiquetado como el díscolo de una familia con hermanos famosos: Sebastián, dueño de la productora Underground; Julieta, actriz de larga trayectoria; Emanuel, cantante de éxito; Rosario, también con incursiones en la música aunque con perfil quizá más bajo. Martín, el mayor de los Ortega, es el único que puede moverse por la calle sin que lo reconozcan. Hoy también trabaja en Underground y Luis asegura que tiene un espíritu aún más rebelde que él. Evangelina le dedicó tiempo a su carrera artística en los 60 y los 70 (ganó el premio a Mejor Actriz en el Festival de San Sebastián en 1966 por Del brazo y por la calle), pero luego hizo un largo impasse hasta reaparecer en una película de su hijo cineasta, Monobloc (2004), trabajo por el cual se quedó con un Cóndor de Plata. Palito, se sabe de sobra, es uno de los cantantes argentinos contemporáneos de mayor renombre, fue gobernador de Tucumán y senador nacional por la misma provincia. Su enorme popularidad es un peso del que Luis nunca se queja, pero probablemente sienta: es obvio que habrá tenido y tendrá, quizá ya no por mucho tiempo más, que pelear para que no hablen de "el hijo de".
<b>SALE A LA CANCHA LU-LU</b>
Con Lu-Lu, Ortega dio varias marchas y contramarchas. Después de ganar el premio a Mejor Director en el Bafici 2012 con Dromómanos –una película radical, atípica e inclasificable que dividió opiniones pero nos devolvió al director provocador y resuelto que había aparecido en escena con Caja negra justo en aquel fatídico 2001–, el desafío era conseguir filmar una película que lo dejara absolutamente conforme, una meta complicada para alguien con su nivel de autoexigencia. Ya en el momento de su exhibición en el festival porteño, Ortega hablaba de algunos retoques necesarios para conseguir que el film tuviera el espíritu que él pretendía, más allá de los mandatos formales más obedecidos al pie de la letra por la mayoría de los cineastas. "No estaba contento con haber dejado tantas cosas afuera por seguir un relato lineal –explica–. Hay escenas que no construyen el relato, pero son las que marcan la diferencia, las que quedan en la memoria, las que a mí más me gusta filmar y ver, las que son, sobre todo, memorables para el espectador. Entonces agregué algunas de esas escenas que habían quedado afuera en el primer corte. Está claro, podés contar una misma historia de distintas maneras. Pero a mí me importan más los personajes".
Lu-Lu es, muy claramente, una historia de amor. Ortega dice que definirla así es "generalizar mucho", pero termina aceptando esa caracterización. Una historia de amor, seamos ecuánimes, ajustada a sus propias reglas, siempre alejadas de lo más convencional. Los protagonistas de la historia son personajes marginales que sobreviven en un entorno muchas veces hostil, gastando su tiempo en trabajos precarios o, directamente, dependiendo de la caridad ajena. Los personajes de Nahuel Pérez Biscayart y Ailín Salas deambulan anárquicamente por una zona donde se concentra buena parte de la clase alta porteña y reparten tiros al aire, secuestran un bebé y desafían cualquier norma de convivencia con candidez y desparpajo. Alrededor de una historia visiblemente desquiciada, sobrevuelan el tema de la maternidad y la muerte. En Lu-Lu, por fortuna, ocurre lo mismo que en las mejores películas de este director: debajo de la mugre que inunda la superficie aparecen el amor, la misericordia y la belleza.
"El personaje de Nahuel da por sentado que ella va a estar ahí haga lo que haga. Entonces la descuida hasta perderla –cuenta Ortega–. Viven en la calle, que es el lugar donde no se puede mentir, donde la gente no está actuando, donde nadie tiene su personalidad asegurada. El cine no tiene mucho vínculo con la calle, con la realidad. Los actores, en general, interpretan a un personaje que a su vez actúa de persona. O sea, actúan el actor y el personaje. Y eso me aleja dos veces de la impresión que yo tengo de las personas. Lu-Lu (que es por Lucas y Ludmila, los protagonistas de la película) se trata de adolescentes que están en el corazón de la ciudad y que no caben en sus cuerpos. La libertad los confunde porque no tienen con qué compararla. Andan a los tiros para expresarse, no para hacerle daño a nadie, aunque inevitablemente es lo que termina sucediendo".
La fuente de inspiración para Lu-Lu apareció de manera imprevista, mientras Luis caminaba por la calle con la película en la cabeza, pero todavía intentando encontrarle un rumbo, un argumento, un motor que la pusiera a andar. "Vi una chica fumando un porro en pijama. Estaba apoyada contra la puerta de un cuartito que parecía el del sistema de luces de la plaza. Me acerqué y me dijo que vivía ahí con su marido y sus dos hijos. Me hizo pasar y enseguida pensé que estaba en la casa de Lucas y Ludmila. Yo ya tenía a los personajes y una idea de la historia. Ahora no existe más ese lugar. De hecho, en la película se ve cómo desaparece, porque un día fuimos a filmar y lo habían tirado abajo. Por suerte, como era el final, parece que lo hicimos a propósito".

<b>PLANETA ORTEGA</b>
De ese tipo de casualidades depende el cine que hace Ortega, por lo general alejado de las narrativas más comunes, de los grandes presupuestos y de los temas más habituales. Por lo general, las historias que cuenta están protagonizadas por marginales, excluidos por la violencia del sistema o por voluntad propia, personajes que podrían colarse en una película de Favio o Fellini y que Luis conoce de muy cerca: muchos de ellos lo visitan asiduamente, comparten con él almuerzos y cenas generalmente improvisados, trabajan en las ficciones que produce para la televisión y hasta viven temporariamente en su vieja casona de Almagro, siempre en plena ebullición. Son, en definitiva, gente que parece estar más viva que la que suele aparecer en el cine más popular y galardonado que se produce aquí. Pero los productores, aquellos que pueden hacer posible que el proyecto de una película se haga realidad, no piensan exactamente lo mismo: "Para sobrevivir en una industria sin dejar de ser vos, tenés que ser un malabarista –opina Ortega–. Y yo en Dromómanos no estaba para hacer equilibrio, claramente. Así que me puse a hacer algo que para mí era necesario, que iba más allá del cine y de toda esa idea de hacer una carrera como director. Porque para la gente seria hay que hacer una carrera. Pero hacer cine es demasiado amplio, no quiere decir nada. Es como hacerse una paja. Y eso puede resultar en una gran carrera. Otra cosa es despojarte de todo y que quede tu voz, a ver qué es, quién sos, qué es lo que te quita el sueño de verdad. Porque con todo el circo que es hacer una película, en el medio te olvidaste de eso. Dromómanos no tiene intermediarios. Hay una cámara porque era el límite para que existiera un registro. Entonces ahora pienso en eso aunque esté con un equipo de cien personas: en mantener la idea intacta hasta que se concrete, en no perderla de vista. Porque filmar es una empresa tan terrenal que se puede volver un trabajo más. Y tu película también".
En 2013, cuando Dromómanos se estrenó finalmente en el Malba, Ortega dejaba claro en una entrevista con La Nación que conocía las objeciones que despertaba esa película exótica y para muchos insólitamente inaceptable: "Para mucha gente, Dromómanos es un horror, un pecado –sostenía–. Yo ya hice películas que buscaban tener un «estilo». Decía «quiero que tenga una onda tal» y así la terminé cagando. Me pasó con Monobloc y con Los santos sucios. Ahora me di cuenta de que si quiero un estilo debo inventarlo".
Y eso es lo que empezó a aparecer con Dromómanos y Lu-Lu precisamente. Las dos películas, muy diferentes, dialogan entre sí y con el resto de su obra. Es un diálogo abierto, no exento de conflictos y contradicciones, pero que también marca la aparición de ciertas constantes en sus trabajos y la consolidación de Ortega como director, un dato que se confirmaría de forma contundente con la serie televisiva Historia de un clan, que despertó un ola de elogios inédita para él y le abrió la puerta a la película sobre Robledo Puch, que también producirá Underground, la empresa de su hermano Sebastián. "De las que hice, hay películas que me representan y otras que representan una búsqueda. Pero mi conclusión es que no hay que buscar tanto un estilo o una identidad porque quizá vos en realidad ya tenés una y no te diste cuenta. O no te animás a hacer la tuya... Porque también es difícil trasladar todo tu mundo y lo que pensás a una película o a un programa de televisión. Es más fácil robarle a otro una idea que ya funcionó, que básicamente es como opera la industria. Hay películas que me salieron bien y otras que no. Aprendí más de las que no".

<b>LAZOS DE FAMILIA</b>
La relación con Underground funcionó muy bien. Se sabe que el trabajo con la familia no siempre es un lecho de rosas, pero el éxito y las repercusiones de Historia de un clan –un programa de una enorme inventiva que reveló que se puede capturar al gran público y conquistar a la crítica sin repetir ideas gastadas ni menospreciar al televidente– hicieron que Sebastián Ortega y Pablo Culell pensaran en Luis para reemplazar a Adrián Caetano en la dirección de El marginal cuando el rodaje de la serie estaba por iniciarse y un problema familiar alejó a Caetano del proyecto.
Faltaban apenas días para empezar el trabajo y los actores tenían aprendido un guión que Ortega empezó a cambiar de a poco para acercarlo más a sus propios intereses. Tomó las riendas del proyecto muy rápido, convocó a algunos de sus actores fetiches, reescribió partes del libro y envió esos cambios por mail en horarios inusuales para que el elenco los incorporara.
El resultado, al menos por lo que se pudo observar en el primer capítulo, presentado oficialmente para la prensa hace unos días, es óptimo: la serie luce impactante y original, transmite la tensión agobiante que se vive en una cárcel abarrotada de convictos violentos y desahuciados por un sistema penal que los condena sin ni siquiera considerar la posibilidad de una recuperación. Pero también tiene humor y un ritmo trepidante que obliga a estar atento todo el tiempo, sin baches ni tiempos muertos.
"Hicimos una buena sociedad con Underground. En Historia de un clan conté por primera vez con herramientas que nunca había tenido. Llevar adelante ideas en cine o televisión resulta muy caro. Pero en estos proyectos pude concentrarme en escribir y dirigir a los actores. De entrada sentí que en Underground había lugar para hacer cosas que en otro lugar ni te escucharían. Y además hay un equipo de gente muy talentosa. Hubo un gran equipo de arte y fotografía y también un elenco impresionante. Fue importante la incorporación de Pablo Ramos para que colaborara en los libros y lo que trajo Rodolfo Palacios sobre Arquímedes Puccio. Nos divertimos mucho escribiendo, pero solo llegamos al capítulo cinco y ya había largado el rodaje, así que después era trabajar la estructura y dialogar en el momento. Por eso está tan vivo el programa, porque tiene el vértigo de haber arrancado sin estar completamente escrito. El artista que cerró el asunto es el montajista, Guillermo Gatti, del sindicato Leche y Ternura –bromea Luis–. Yo sabía que era mi oportunidad para demostrar que aprendí algo en todo este tiempo, y había un poco de tensión con los tiempos que me tomaba. Pero tengo que decir que Sebastián siempre me bancó. Me presionaban todos los demás [risas], pero de última tenía el visto bueno de él. A veces me reenviaba un mail del contador para que yo estuviera al tanto de lo que significaba pasarse una hora en el rodaje. Y te digo que esa presión me gustó, sacó lo mejor de mí. La libertad es buena en un contexto de no tanta libertad".
<b>LA LIBERTAD</b>
La libertad es un tema recurrente en el discurso de Luis Ortega. Es un asunto que cruza toda su obra. No siempre los personajes que pueblan sus ficciones la ejercen con el mandato clásico de hacerse responsables de sus actos (en el caso de los protagonistas de Lu-Lu: particularmente en el personaje de Pérez Biscayart eso es ostensible). Ni de usarla a voluntad sin que implique ir en desmedro de terceros. De alguna manera, Ortega investiga el tema en todas sus películas, en distintas circunstancias y con diferentes abordajes y derivaciones. Es probable que ese interés provenga de su experiencia personal durante la niñez y la adolescencia. "Viví en Buenos Aires hasta los 4 años y después mi familia se mudó a Miami. No recuerdo haber sufrido un proceso de adaptación, era muy chico –recuerda Luis–. Incorporé el idioma al toque, pero por ser latino hacía una vida bastante solitaria, no tenía muchos amigos. Si no tenés auto, en Miami no podés ir a ningún lado. Así que vivíamos mucho tiempo metidos en casa. Era una casa grande y yo veía todo el tiempo Showtime, un canal de películas. Veía tres veces la misma película en un día, muchas veces. Mi vida menos ilusoria y más concreta empezó en Tucumán, a los 11, cuando empecé a interactuar con gente. Siento que ahí aterricé, que encontré una conexión más fuerte con la realidad. En Estados Unidos no existía ese contacto con la gente común o con un tipo de personajes de cuentos medio fellinescos. Volvía de la escuela subiendo el cerro y me encontraba con el Viejo Batata, un tipo que andaba siempre con una bolsa. El tipo iba subiendo la montaña y solía parar en mi casa porque con mis amigos le pagábamos un vino para que nos mostrara un huevo que le llegaba a la rodilla por una hernia. Había una mujer muy mayor borracha que siempre estaba en la puerta de casa puteando. Era una casa bordeada por el río Muerto y alrededor era todo cerro. Sentía que ese era mi lugar, entré en contacto con gente, empecé a interactuar, la vida dejó de ser una película para mí, empecé a tener amigos y a vivir cosas concretas. No había drogas, al menos por donde yo me movía, y la adrenalina del fin de semana era agarrarte a piñas con alguien, hay todo un folclore sobre eso. Hablo de peleas anecdóticas, no tanto de cosas que pasan a mayores".
A los 13 años, ya instalado en ese mundo nuevo que lo había transformado por completo, Luis empezó a competir en motocross, un dato no del todo conocido de su biografía. Participaba en el campeonato NOA (Noroeste Argentino) y se dedicó durante tres años a eso. Conoció Santiago de Estero, Jujuy, Córdoba, hasta que colgó el casco a los 15, ya con otro panorama en mente para su vida.
"Volvimos a Buenos Aires después de toda esa experiencia de recorrer provincias y conocer gente muy diferente, y yo ya tenía una inquietud que empezó a encontrar su cauce en el cine, en el teatro. Ana María Picchio fue importante, fue la que me llevó al Cosmos a ver películas de Kurosawa y Bergman por primera vez. Descubrí a Favio, a Pasolini. Yo no tenía idea de que existía ese mundo. Cuando me di cuenta de que todas mis inquietudes podían ponerse en una pantalla, quise dedicarme a eso. Pensaba que era fácil, pero no... Después me enamoré de Dolores Fonzi, me crucé con Soldadito por la calle y con ellos hicimos Caja negra. Ese fue el link directo entre un mundo que yo quería narrar –el de la relación muda con mi viejo– y otro muy distinto, el de la sensación de hermandad que había empezado a reconocer en Tucumán con mis amigos y la gente del lugar y que acá se dio con personas que están más aisladas, que no tienen armado un personaje".
En todos estos años, Ortega trabó relación con esa gente de la que habla, la que no vive preocupada por las apariencias ni cultiva la importancia personal. Sus amigos más cercanos no son personajes del "ambiente", sino algunos de los singulares protagonistas de sus películas, amigos que no son nominales, que comen, beben y duermen en su casa, que conviven con su perra Panza, con los que pasa mucho tiempo y está en contacto fluido. "Cuando me preguntan por mis influencias, siempre pienso en mis amigos más cercanos. Algunos están en mis películas, como Miga de Pan, que es uno de los protagonistas de Dromómanos y el que entierra a Arquímedes en el último capítulo de Historia de un clan. O Pedro Pedraza, «el último niño de raza que queda en Buenos Aires» –como siempre le digo–, alguien capaz de transmitir una ternura muy especial. Él también es protagonista de Dromómanos. Y en El marginal lo puse el día que empezamos la filmación, y aunque yo solo hice el primer capítulo, él se ganó un lugar y le empezaron a escribir. Creo que las personas que conocí durante mi infancia en Tucumán me acercaron al tipo de cine que me gusta ver. Y gente como William Burroughs y Lou Reed. También mi viejo... Para mí el cine es Herzog, Cassavetes, Favio... Porque el cine es la vida, y Leonardo y esos tipos metieron la vida en el cine, donde no puede caber, donde las personas están tan vivas que se desarman".

EL MÚSICO
El disco Tiene vida ya está listo: apenas faltan algunos detalles para que Luis empiece la distribución a su manera, muy artesanalmente, sin ayuda de ningún sello ni un aparato de marketing para promocionarlo. Son canciones muy particulares, viscerales e inspiradas, igual que las del primero, Entro igual, producido por María Eva Albistur y editado también sin mucha alharaca en 2012. La relación con Melingo, productor de este, es de larga data y empezó por un llamado de Luis: "Ahora ya somos amigos y colaboradores. De hecho, le acabo de hacer un video para su nuevo disco, que todavía no salió. También actúa en Lu-Lu. Yo había armado demos de las canciones de ¡Tiene vida! con Fernando Samalea y un día lo llamé a Melingo para que produjera una canción nueva. Empezó ahí y terminó produciendo todo el disco". La idea original era armar una serie de canciones-cuentos como "María Cash", tema dedicado a la joven diseñadora de indumentaria desaparecida misteriosamente en un viaje a Jujuy en 2011. "Es una canción que está hecha con palabras que usaron los periodistas y algunos datos reales: «4 de julio se tomó el piro, compró estampitas religiosas en Retiro / Dicen que más de 100, ella creía en el bien / Yo también»". Me gusta este formato de canción-relato, que ya usé en el primer disco. Mi idea es siempre cantar lo menos posible. En los dos traté de que cantaran Ailín Salas (actriz de Lu-Lu, ex pareja de Luis), Melingo o mi hermana Rosario. Pero cuando una historia es muy en primera persona es más difícil pedirle a otra persona que lo haga".





