
La rebelión infantil contra “los nombres comunes”
Hoy la extravagancia copa las partidas de nacimiento y los niños cuestionan llamarse de manera tradicional
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"Ma, ¿por qué me pusiste un nombre que tienen todos?", interrogó Tomás, con algo de fastidio, después de que escuchara por cuarta vez su nombre mientras jugaba en la plaza. Sabía que no lo llamaban a él, sino a otros homónimos suyos que, también, interrumpían su juego y se daban vuelta ante la interpelación de alguna de las madres presentes en el arenero.
Desconcertada, María, su mamá, le explicó que ese nombre era tan, pero tan lindo que muchos papás lo habían elegido para sus hijos. "Yo que pensé que iba a ser la hermana menor, Siena, la que iba a hacernos problema por su nombre. Pero jamás creí que Tomi iba a cuestionarlo", dice María. El nombre propio, esa seña particular que transforma a las personas en sujetos, es siempre tema de debate. Porque ahora, cuando los nombres inusuales están de moda y los niños comparten tiempo y espacios con pares llamados Asia, Orión, Nilo o India, el planteo parece haberse invertido: hoy los chicos cuestionan tener un nombre demasiado común.
María Laura Santellán, docente de la carrera de Psicología de la Universidad Abierta Interamericana (UAI), sostiene que el furor de los nombres raros va de la mano de una costumbre muy argentina, que no está tan presente en otros países. "Acá jugamos mucho con los nombres, tenemos una relación muy lúdica con ellos -opina-. Ponemos mucho afecto en el nombre. Una prueba de esto es que muchos sobrenombres como Lola, Lupe, ahora tienen entidad de nombres."
Por eso, para muchos, tener un nombre raro, siempre que no sea ofensivo, dejó de ser un estigma y, al contrario, puede hasta ser un signo de distinción en un mundo donde todos tienden a parecerse. Esa sensación de tener un nombre compartido con unos pocos los hace sentirse especiales.
"Estamos en una época de gran flexibilidad cultural -dice Santellán.- El nombre es la primera marca cultural de un sujeto. ¿Cómo no va a poder elegirse un nombre de usos y costumbres no habituales si es posible elegir tu identidad de género más allá del sexo con que se ha nacido?", se pregunta la docente de la UAI.
Inés Sainz es mamá de China, de siete años, y Lupe, de cinco. Empezó a coquetear con el nombre de su primera hija desde antes de quedar embarazada. "Me encanta su musicalidad, su sonoridad. Nunca lo vi como algo raro. Al contrario, me gustan los nombres cortos, simples. De hecho, si tengo otra hija le pondría Ana."
Si bien Inés es consciente de que China remite al país asiático, ella nunca lo asoció con él. "No lo elegí por su significado. Si bien hace referencia a ese país, también es, al mismo tiempo, una voz muy local porque en el interior se usa mucho para llamar a las nenas en forma cariñosa", explica.
Virgilio, de 8 años, y Carmina, de 11, son hermanos. Al ser consultados ambos coinciden en que prefieren sus nombres a otros más comunes. "No me gustaría conocer a otra chica que se llame igual... algunos no entienden el nombre cuando se los digo y me dicen Camila, pero no me importa", dice Carmina.
Lo cierto es que la elección del nombre por cómo suena (su significante) y no por lo que representa (su significado) es algo muy propio de esta época. Antes, era usual bautizar a los hijos con un nombre porque tenía o remitía a cierta cualidad que los padres estaban interesados en que su hijo tuviera o al lugar de origen familiar. Así, Valentín (valiente) o Adrián (que proviene del Adriático) eran nombres populares por lo que remitían.
Pero la elección de estos nombres inusuales no está exenta de dificultades al momento de la inscripción en el Registro Civil. Si bien la legislación se flexibilizó y amplió la lista de nombres posibles, hay muchos que no figuran en el extenso listado, que se va actualizando en forma permanente.
"China no figuraba en los registros, y tuvimos que pedir un aval a una institución -recuerda Inés-. Y también tuvimos que ponerle un segundo nombre para definir sexo." Como era algo que no estaba previsto, el padre de China, que estaba solo al momento de inscribirla, eligió Inés porque pensó que su mujer no iba a objetarlo.
Lo mismo ocurrió con Siena, que lleva, muy a pesar de sus padres, como segundo nombre María. "Era la solución más lógica. No me gustan los segundos nombres; de hecho, Tomás no lo tiene. Fue el costo que tuvimos que pagar para ponerle como queríamos", dice la madre.
En el caso de Fernando Gutiérrez, que bautizó a su tercer hijo Morel, tuvo que demostrar ante las autoridades del Registro Civil que ese nombre existía. "Fuimos a un locutorio y sacamos una impresión de la tapa del libro La invención de Morel. Pero nos la rechazaron porque decían que era un personaje de ficción, y nosotros teníamos que llevar el de una persona real. Volvimos al locutorio en pleno invierno, con el bebe recién nacido, y, buscando, encontramos que un intendente de una isla de América Central se llamaba así. Y ahí lo aceptaron." Pero más allá de que aún perviven algunas dificultades burocráticas, los que deciden bautizar a sus hijos con nombres poco usuales suelen chocar con la férrea resistencia familiar. "Mi mamá estaba un poco horrorizada cuando le dije que iba a ponerle China a su nieta -reconoce Inés-. Me decía que no podía ponerle un nombre que no tenía entidad de nombre. Y yo le decía que ahora la iba a tener. Pero después todo el mundo se acostumbra." De hecho, China comparte el aula y los recreos con Cornelio, Yoko y Río. "Para ellos, es lo más natural. A mis hijas les encantan sus nombres porque me he encargado de transmitirles que son hermosos -detalla Inés-. Ninguna me cuestionó nada. La mayor me pregunta desde la curiosidad. Por supuesto tiene registro de que no hay muchas Chinas, pero lo vive como algo normal."
Sin embargo, aunque hoy en día hay mayor flexibilidad y aceptación de los nombres propios y ajenos, es inevitable que en algún momento de la vida en familia surja el cuestionamiento tan temido por los padres de parte de sus hijos: "Ma, ¿por qué me pusiste este nombre?".
"El nombre es algo con lo que uno carga para toda la vida y, sin embargo, es una de las pocas cosas que uno no elige -resume Santellán-. De esa contradicción, surge el no estar de acuerdo, el reclamo, o el cuestionamiento, se tenga un nombre demasiado común o uno muy inusual."
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