La revolución portátil: lo que nos dejó el Walkman

El creador de reproductor de música de bolsillo decretó su muerte oficial para dejar paso a los mp3 o los celulares. Acá te traemos una colección de anécdotas que pintan de cuerpo entero a toda una generación marcada por los cassettes, las pilas y las biromes rebobinadoras ¡Hacé memoria y contanos tu historia!
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26 de octubre de 2010  • 15:57

Por Ana Prieto

Es oficial: el walkman se despide del mundo para transformarse en una pieza que nuestros nietos observarán con la misma respetuosa distancia con la que nosotros miramos al fonógrafo. Después de treinta años y más de 200 millones de dispositivos vendidos, Sony decidió frenar la producción y distribución de esta cajita portátil, analógica y aparatosa, indiscutida "compañera de emociones" de tres generaciones que tuvieron la revolucionaria oportunidad de llevar su música a todas partes. Porque fue –quién podría discutirlo- un invento revolucionario, y no sólo para los melómanos. Piensen por un segundo lo que significó, un buen día, abandonar el eterno sillón en el que uno escuchaba Mozart, o la despelotada cama adolescente en la que uno escuchaba Led Zeppelin, y salir al mundo con música de fondo; con música que parecía emerger, no de un equipo, sino de la propia cabeza. Millones de personas le pusieron banda sonora a sus vidas gracias a ese dispositivo cuyas características engorrosas percibimos recién ahora; en su momento las pasábamos por alto felizmente. Y en la era digital, tan elegante, suave y silenciosa, todas las habilidades que poníamos en juego para aprovechar y arreglar nuestros walkman resultan hoy inverosímiles. Porque ¿quién no retrocedió o adelantó cassettes con una Bic para ahorrar la energía del par de pilas AA? ¿Quién no tuvo un walkman afecto a succionar la cinta magnética de cada cassette que le poníamos? ¿Quién no arruinó esos cassettes por apretar REC sin querer, en un mal movimiento dentro del bolsillo?

Además de pilas, el walkman requería un usuario cargado de paciencia y con mañas de artesano. "Me acuerdo de escuchar hasta el cansancio la copia en cassette de Velvet Underground & Nico ", cuenta Christian. "Una vez se me enganchó la cinta y tuve que cortarle un tramo que estaba todo enroscado y pegarlo con cinta adhesiva". Gabriel utilizaba otro sistema: "para pegar cintas, nada mejor que el esmalte de uñas". Muchos estarán de acuerdo en que el walkman adiestraba cierto tipo de creatividad mecánica: "Por alguna razón el mío se arrastraba cuando el cassette estaba terminando" recuerda Marcos. "Creo que era porque compraba los que duraban 45 minutos por lado. Un día descubrí que si ponía un papelito que presionara la carcasa del casette contra la tapa del walkman, el arrastre terminaba".

Con la bici formó, lo que se dice, "una dupla exitosa": "Tenía trece años y con una amiga nos íbamos en bicicleta al campo, cada una con su walkman escuchando A-ha al palo", cuenta Bea. "Jugábamos a que éramos parte de un videoclip. Era fácil, porque el walkman te hacía sentir dentro de la música". Esa dupla, sin embargo, no siempre tuvo final feliz: "Tuve un walkman que murió bajo un colectivo", se lamenta Flavia. "Yo iba escuchando The Bends de Radiohead en mi bicicleta por Parque Chacabuco y en un mal movimiento lo perdí para siempre. También el cassette fue una gran pérdida; del otro lado tenía Pablo Honey ". Christian, en cambio, tuvo que resignarse a un walkman malherido: "no podía adelantar porque el botoncito de FFWD se me había hundido un día que el walkman se me cayó mientras andaba en bici".

El primer gran viaje de Selene –no en bicicleta, sino a dedo- no habría sido lo mismo sin su walkman "Estaba por cumplir 15 años cuando mi primer amor me dejó. Entonces decidí irme de viaje, sola. Lo único que me llevé fue mi mochila de camping, 200 dólares, varios paquetes de pilas, algunos cassettes y mi walkman Panasonic gris con la tapa rota y una gomita del pelo que sostenía la tapa. Crucé Los Andes al ritmo de Spanish Bombs de The Clash en un camión de la YPF. Fue la primera vez en mi vida que me sentí felizmente libre".

Sí, el walkman nos hizo sentir libres, aunque dentro de él la música fuese finita: se gastaban las pilas, se gastaba la capacidad (¿quién no se acostumbró a temas con final abrupto porque no habían entrado enteros en los minutos disponibles?) y se gastaba la cinta, que con el tiempo empezaba a sonar como si la hubiesen pasado por un rallador de queso. "Siempre con la bic a mano gasté Clics Modernos y Vasos y Besos de Los abuelos", cuenta Gustavo, que tuvo la rara costumbre de prestar su walkman Sony: "Lo peor era que te lo devolvieran con los auriculares rotos (que sólo se escuchara de un lado) y las pilas gastadas". A Gabriel no se le ocurría prestarlo: "mi walkman era un Panasonic con ecualizador de tres bandas ¡y EJECT! Una monstruosidad".

Y mientras remendábamos nuestros walkman con papelitos y gomitas de pelo, avanzaba la música digital, cuya primera versión portátil fue el discman, tan rompible y veleidoso con su lector láser, que nadie se atrevía a desarmarlo y volverlo a armar cuando algo le fallaba, un privilegio que el walkman jamás nos negó. Podíamos apropiarnos de su interior y de su exterior; lo entendíamos. El walkman fue el último dispositivo musical cuya lógica tecnológica no nos expulsó. Si se rompía, nos las arreglábamos a solas, con él. Quizás allí resida una de las razones del cariño inmenso que le tuvimos.

Walkman, gracias por todo.

¿Tuviste Walkman? ¿Qué es lo que mas extrañás y qué agradecés haber dejado atrás? Contanos tus anécdotas con los walkman a cassette

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