
La vida más allá de las jaulas
Los zoológicos de Buenos Aires llevan adelante una tarea silenciosa, que no se hace notar en los habituales paseos de fin de semana, en la preservación y reproducción de especies amenazadas o en vías de extinción, como el cóndor de los Andesm con programas coordinados con fundaciones y el aporte de científicos y especialistas
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Lejos de ser sólo un pintoresco muestrario de lo que la naturaleza es capaz de ofrecer, los zoológicos cumplen hoy una función ecológica indispensable: devolver al medio ambiente lo que el hombre le ha quitado durante años de predación voluntaria o desidia.
Quizá por una cuestión de presupuesto -que le facilita la vidriera y la historia-, es el Zoológico de Buenos Aires el que más proyectos de reproducción en cautiverio lleva adelante. Y es, sin duda, el Plan Cóndor el más curioso y exitoso, sobre todo, por los resultados que lograron gracias a la continuidad.
"De nada sirve desembolsar millones de dólares si no lo sostenés en el tiempo. Este tipo de proyectos necesita un piso de dinero, pero sobre todo persistencia", explica Luis Jacome, biólogo a cargo del programa.
En 1991, un grupo de biólogos y veterinarios dio a luz este plan con la intención de evitar la extinción de los cóndores a lo largo de la cordillera de los Andes. Pudo haber sido cualquier otro animal autóctono en peligro de extinción -hay muchos en la fatídica lista-, pero el cóndor llevó las de ganar. Lo hace importante un pasado cultural (el hombre originario de América lo consideraba el espíritu viviente de los Andes y sólo por medio de él se comunicaba con su dios) y también un presente ecológico (el cóndor habilita el alimento a una cascada de carroñeros menores, ya que son los únicos que pueden abrir los duros cueros de los animales muertos).
Además del hombre, su principal predador, el gran problema es que los cóndores tienen una tasa de reproducción muy baja: son fértiles sólo a los 12 años y tienen una cría cada tres años.
El primer paso fue unir los principales zoológicos del país (La Plata, Hurlingham, Chaco y otros) para poner a los cóndores en condiciones reproductivas. Cada pareja necesita estar sola en una voladora -jaulas para aves- y el nido debe tener determinadas características, como un cómodo colchón de arena.
De esta manera se consiguió que los cóndores empezaran a poner un huevo por temporada y la clave estuvo en la comprobación de que si un cóndor pierde un huevo -por cualquier razón-, la hembra pone otro al mes siguiente. Fue entonces que los científicos comenzaron a retirar ese primer huevo para dejar al cuidado de la pareja el segundo.
"El primer huevo lo colocamos en una incubadora durante dos meses. Desde el momento del nacimiento -al pichón le toma tres días romper la cáscara- comienza la crianza con dos títeres de látex que imitan a sus padres", resume Jacome.
Nunca ven a un humano porque no es conveniente que se asocien con él, ya que todos estos pichones serán reinsertados en sus hábitat naturales y el hombre es su principal predador. "La única vez que nos dejamos ver es para crearles un condicionamiento negativo: les sacamos sangre, les colocamos transmisores, los molestamos. Resulta bien, cuando los soltás y ven a un hombre se van para otro lado." Un año más tarde, a los pichones ya juveniles, se los libera en su hábitat y se los cuida durante un año -lo mismo harían sus padres-, hasta que son capaces de volar y proveerse el alimento y la seguridad. Así y todo se los continúa estudiando y se los rastrea por medio de transmisores satelitales que se les coloca en las alas antes de la liberación -un acuerdo con la NASA permite relevar los datos obtenidos-.
En estos nueve años de programa se reintegraron cuatro cóndores en Venezuela y cinco en Valle Encantado, en la Patagonia. Además, en el zoológico hay cuatro juveniles que están a punto de ser reinsertados y tres huevos en incubación.
Uno de los que están por dejar el zoológico es el Che. Se trata del pequeño pichón que nació de la pareja de cóndores que el ex presidente chileno Salvador Allende le regaló a Fidel Castro a principios de la década del 70. "Le pusimos Che no sólo por el Che Guevara, sino también porque che significa pueblo y en este juvenil está presente el pueblo chileno -será liberado en Chile-, el cubano y el argentino.
Contra el diluvio, la ARCA
El problema no es sólo la desaparición de especies -sí es la temática más difundida-, con la depredación de los ambientes naturales lo que se está perdiendo es la diversidad de individuos de una determinada especie, lo que significa que se pierda su variedad genética (biodiversidad). Si la población de una especie se reduce es muy probable que llegue el momento en que uno tenga que aparearse con otro de genética muy semejante, como sucedería con un hermano.
A las posibles malformaciones se le suma el peligro de que una enfermedad pueda diezmar a toda la población porque no hay nadie que tenga una genética diferente que ofrezca una respuesta alternativa. Para evitar que el diluvio que el hombre desató -desertización, desforestación, contaminación- tenga peores consecuencias, en marzo surgió Asistencia a la Reproducción y Conservación Animal (ARCA), un banco que guarda diversidad genética crioconservada.
Así, dentro de enormes termos que contienen nitrógeno líquido a menos 196 grados centígrados, almacenan material genético (espermatozoides, ovocitos, tejido ovárico y testicular) que se puede madurar in vitro para comenzar un futuro proceso reproductivo.
Dentro de la difícil tarea de conservar especies en extinción, el Zoo de Florencio Varela coopera y no con poca cosa:el jaguar hembra está a punto de tener sus cachorros. No sería para sorprenderse si no fuera porque su reproducción en cautiverio es muy difícil: hay que controlar a la madre desde el alumbramiento, porque suele depredar a su propia cría.
En este Zoo también tienen al casi extinto zorro aguará guazú que, como pieza preciosa, viajará al Zoológico de Buenos Aires como préstamo reproductivo a cambio de una pareja de camellos.
"Lo que buscamos es crear un modelo cultural y educativo que perdure y que contagie", explica Andrea Valido, coordinadora del lugar.
Los zoológicos de Hurlingham y de La Plata, además de colaborar con el de Buenos Aires -en el Plan Cóndor y en la ARCA, respectivamente- tienen proyectos propios. "Somos el único zoológico que cría guacamayos verdes, una especie que está muy amenazada. Por un tema de costos no los podemos reinsertar como se hace con el cóndor, pero con su reproducción se logró canjearlos a otros zoológicos y se evitó así que retiren ejemplares de la vida silvestre", explica Claudio Ciocci, director del Zoo de Hurlingham.
Son tres las categorías de proyectos de reproducción que llevan adelante en el Zoo de La Plata. La primera es la de reproducción en cautiverio: la existencia de parejas o grupos de distintas especies, sumado a la preparación sanitaria y ambiental adecuada, facilitan este proceso. Otra categoría es la de la reproducción asistida, que se practica con los antílopes Eland, muflones de Córcega y con el ciervo chino. Y la tercera, por medio del aporte de material genético a la ARCA y a un banco que existe en la provincia de Neuquén.
Lejos de estos científicos está la intención de hacer dinero. Nada se compra, nada se vende. La idea es sólo resolver los problemas que el hombre creó con la alteración de un planeta que, le guste o no, comparte.
En camino
Martes a domingos, de 10 a 17.30. Av. Sarmiento y Las Heras; 4806-7412. Entradas, $ 8;menores de 13 años, gratis.
Zoo. de Florencio Varela.
Miércoles a domingos, de 9 a 18. Av. Pte. Perón al 800, Florencio Varela;4275-0614. Entradas, $ 4 (mayores); $ 2 (menores y jubilados).
Zoológico de Hurlingham.
Todos los días, de 9 a 18. Camino del Buen Ayre y Gorriti, Hurlingham; 4662-4235. Entradas, $ 2,50 (desde los cuatro años).
Zoológico de La Plata.
Martes a domingos, de 9 a 18. Paseo del Bosque y Av. Iraola; (0221) 4273925. Entradas, $ 2 (desde los 12 años); jubilados, gratis.
Zoológico de Luján.
Todos los días, desde las 8 hasta que oscurece. Acceso Oeste, kilómetro 58, Luján; (02323) 435738. Entradas, $ 7 (mayores); $3 (menores).
Animales domésticos en Luján
A los ecologistas no les gusta nada la manera en que los responsables del Zoológico de Luján crían a sus animales. Los que sí disfrutan son los chicos y los grandes gustosos de experimentar sensaciones nuevas.
Es que no es fácil resistirse a la ternura que despiertan tres cachorros de puma o de león, a los que los visitantes pueden alzar y alimentar con mamadera. Tampoco es común poder entrar en la jaula de los leones, jugar con un mono carayá o pasear en el lomo de una elefanta de la India.
El contacto humano con los animales es lo que caracteriza a este zoológico, que se instala en un hermoso predio de 15 hectáreas que alguna vez perteneció a Cutini y que desde hace seis años regentea la familia de Jorge Semino. "Sabemos que los ecologistas nos miran mal, pero nosotros recibimos muchos animales que donan circos que no funcionan más, o de gente que recibió, vaya uno a saber cómo, algunos animales y no tienen el lugar adecuado para cuidarlos. Este zoológico es un negocio como cualquier otro zoológico, pero no puede quedar duda de que todo lo hacemos porque amamos los animales", se defiende Semino.
La controversia surge a raíz del método que utilizan para criar a sus animales:lo hacen a mano. Este tipo de crianza es el resultado de la prueba y el error, ya que no existen muchos casos imitar. Semino y su gente tratan a los animales, desde el momento de su nacimiento, como lo harían con una mascota doméstica. Los miman, les dan la mamadera y, aunque no los separan de la madre, hacen que el hombre constituya una imagen fuerte y amigable frente a los animales.
Otra manera de "anularles el instinto" -así lo explica Semino- es dándoles toda la comida que quieran. Evitar que pasen hambre es la mejor manera de eludir cualquier tipo de ataque o violencia no buscada.
Y el tercer gran pilar en esta forma de educación son los perros. A los felinos se los mezcla, desde chiquitos, con perros mayores que ellos que les enseñan a jugar. La relación se personaliza tanto que llega un momento en que no es igual un perro que otro.
El resultado de este tipo de crianza es indudablemente encantador, como es la relación que entablan animales y cuidadores.
"Es cierto que los criamos y cuidamos de manera especial, pero siempre el límite lo ponen ellos. Cuando no quieren, no hay caso. No se puede manipular un tigre de Bengala de 250 kilos contra su voluntad", concluye el director.






