
Las canciones que no podemos resolver
Es martes y estoy en Niceto viendo a Lee Fields, leyenda marginal de la edad dorada de la música soul. Hace veinte años soñábamos con cosas como ésta: ir cualquier noche de semana a un concierto internacional en una discoteca de Buenos Aires. Ahora hay veces que tengo que hacer un esfuerzo grande para salir de casa después de las nueve, pero valió la pena. Fields parece el muñeco vudú de James Brown, sin la parte maligna, y aúlla como si fuera 1969.
Entre el final del set y los bises, reviso mi Facebook y me topo con el obituario que un amigo, o más bien, el amigo de un amigo, le dedica a su perro. A los 13 años, acaba de morir. Hay una foto hermosa del animal, un golden-retriever en primer plano echado boca arriba sobre un pasto suculento, con una patita en la típica posición de entrega, los ojos como dos caramelos media hora, la boca cerrada en gesto manso.
Qué triste es la muerte de un perro. Facebook podría existir sólo para eso y no sería poco: el lugar en el que los hombres y las mujeres despiden a sus mascotas. La mejor colección de panegíricos jamás soñada.
Lee Fields vuelve para cerrar el show y, no sé bien por qué, me viene a la mente una escena clásica de Alta fidelidad, una película quizás sobrevalorada. John Cusack entra a un boliche y en el escenario está Lisa Bonet, sobreviviente del clan Cosby, cantando "Baby, I Love Your Way", la balada de Peter Frampton condenada durante mucho tiempo al desarmadero de los tesoros uncool del rock. Bonet se hamaca suavemente al compás del estribillo y Cusack les dice a Jack Black y al otro peladito que tiene de empleado en la disquería: "Siempre odié esta canción. Ahora como que me gusta".
Es hermosa; sólo tenían que producirse las condiciones -una mujer, un lugar, un momento- para que todos nos diéramos cuenta.
En su libro de ensayos 31 Songs, Nick Hornby, el autor de la novela en la que se basa la película, dice que lo que nos lleva a escuchar una y otra vez la misma canción tiene que ver con la necesidad de "resolverla". En algún momento, con un poco de suerte, logramos resolver la canción y ya no necesitamos escucharla todo el tiempo. Es algo que no está exclusivamente ligado al concepto, ni a las estructuras musicales o al significado de la letra. Es un lazo sentimental, o tal vez una vocación obsesiva. ¿Quién quiere soltar en esos casos?
Hay un purgatorio donde vagan las almas de todas las canciones que alguna vez alimentaron las listas de FM Horizonte, las que giran en el infinito de una consola de Aspen y que cada tanto vuelven para recordarnos una emoción esquiva. Vuelven cambiadas, veteranas, rejuvenecidas, iluminadas y eternas.
Pienso en "Don't Dream It's Over", de un olvidado grupo australiano llamado Crowded House. Esa balada es una obra mayor de la ingeniería sensible del pop. Hace un par de años tuvo un revival gracias a un video de Ariana Grande y Miley Cyrus.
Las dos estrellas juveniles están enfundadas en pijamas de animalitos, tiradas en un sillón inflable, haciendo el dueto delante de una banda acústica. Es un momento mágico de la vida post Disney. Ariana y Miley volvieron a cantar "Don't Dream It's Over" la semana pasada en Old Trafford, a beneficio de las víctimas de Manchester. Fue una versión defectuosa, muy lejana de la sofisticación transparente que tiene la grabación de Crowded House. Así y todo era difícil no emocionarse. El mundo todavía no está en condiciones de resolverla.







