
En 2014, se subieron a las redes sociales dos billones de fotos por día. ¿En cuántas de esas estamos sin saberlo?
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Por Cecilia Acuña
Llevo a mi hija todas las tardes a la plaza que está a la vuelta de casa. Nos encontramos con otras mamás y, después de un rato en el arenero, tendemos una manta en el pasto mientras los niños comen galletitas y miran hormigas. En una de estas excursiones, mi hija le convidó una vainilla a una nena japonesa de su misma edad. Al toque, apareció un señor grande también oriental que, al ver la escena entre las dos, empezó a sacar fotos con su iPhone: una seguidilla de imágenes con Pony –así se llamaba la que era su nieta– en primer plano y con las mamás y el grupo de hijos como telón de fondo. Pony se quedó hasta que su abuelo, que no hablaba ni una palabra de español, sacó un papel que decía “no entiendo, gracias”, puso a la nena en el cochecito y se fue muy contento con sus fotos. Esa noche me imaginé que aparecía en el Facebook del señor japonés y era vista en algún lugar del lejano oriente sabiendo que quizás nunca contemple esas fotos ni tampoco me entere de tantas otras en las que aparezco no como protagonista sino como extra.
Hoy todos somos fotógrafos. Nos cruzamos con gente que saca fotos en cualquier parte: sea el Obelisco,el supermercado o el bondi. El registro de la vida cotidiana y de los viajes no tiene límites. Nadie nos pregunta si nos molesta salir, sino que somos presencias anónimas que ayudan a hacer verosímil la composición de la imagen de otros. Al margen de las cuestiones sobre el control social o de los asuntos acerca de la invasión a la intimidad, la pregunta que me viene rondando desde el episodio de Pony es: ¿cuántas imágenes mías hay en el mundo, conmigo de fondo, cruzando el Obelisco, viajando en el Mitre, tomando un café o en el Barrio Chino? Pienso si es posible investigar la cantidad de fotos en las que mi cara es un detalle que nadie ve pero que está ahí con su geometría perfectamente identificable.
Insisto, no me preocupa que me espíen ni que las cámaras de seguridad me vean caminando a Farmacity o a comprar bananas. Es un tema existencial: ¿Cuántas versiones de mí misma hay en el mundo sin que yo lo sepa? ¿Son parte de mi identidad y de mi memoria visual? ¿Qué tenía puesto cuando las hicieron? ¿En qué estaba pensando? ¿Estaba triste o contenta? ¿Era tal vez un instante crucial de mi vida? ¿Salí bien o estoy horrible?
FANTASMAS DIGITALES
No se trata de un fenómeno nuevo. Pensemos, por ejemplo, en la imagen tomada por Louis Daguerré en 1838 en una calle de París en la que un hombre en miniatura se lustra los zapatos, ajeno a su trascendencia histórica. La avenida transitada por caballos, vecinos y carros parece desierta porque la tecnología de aquel momento solo llegaba a captar a aquellos objetos que permanecían quietos durante los diez minutos de exposición que llevaba tomar la foto.
Los expertos aseguran que hoy ya existe una tecnología madura de reconocimiento facial de tipo social, es decir, masiva, que permite reconocer caras a distancias largas, pero que debido a su complejidad no son tan fáciles de aplicar en la vida personal. Cuenta Ignacio Cassol, profesor de Algoritmos y Estructuras de Datos y director de la carrera de Ingeniería Informática de la Universidad Austral, que el reconocimiento masivo apunta a procesar millones de fotos para detectar en ellas a millones de personas, pero que no se trata de un algoritmo que se pueda realizar en el celular o en la computadora, sino que debe ser ejecutado en la nube a través de cientos de servidores.

Lo de los millones de imágenes no es una simple metáfora o una fantasía futurista, sino que de acuerdo con un reporte de tendencias de internet, realizado por la consultora internacional KCPB, en 2014, los usuarios de redes sociales subieron alrededor de casi dos billones de fotos al día. Enfocados en cada servicio en particular, y considerando solo los más populares, según el sitio Photoworld, los doscientos millones de usuarios de Snapchat publican 8.796 fotos por segundo.Los setecientos millones que frecuentan Whatsapp suben 8.102 por segundo, menos en cantidad pero más considerando a los usuarios. En Facebook, con más de un billón de usuarios, se suben unas 4.500 fotos por segundo. Instagram, destinada a imágenes que supuestamente cuidan más la estética, tiene trescientos millones de usuarios que suben ochocientas por segundo. Por lo tanto, y salvo que vivamos excluidos del mundo en la caverna de Platón, es altamente probable que nuestras caras aparezcan, al menos, en cientos de fotos de las que no tenemos noticias.
Según Cassol, si bien la tecnología de reconocimiento facial se encuentra en su mejor momento, hoy ninguno de los dos gigantes de internet –Google y Facebook– tienen acceso a la información del otro y eso dificulta el barrio digital. Agustín Baretto, Business Development en Globant, confirma la sentencia y asegura que aunque sería posible desarrollar una aplicación que hiciera un rastrillaje sobre las principales redes sociales, tratando de reconocer un rostro en particular, el problema no se vincula tanto con el dominio tecnológico sino más bien con las políticas de servicio de las diferentes redes.
LA ECUACIÓN MANUAL
Al parecer, entonces, seguimos en cero si lo que queremos es construir un archivo fotográfico cuantitativo que nos muestre nuestra huella visual en el mundo.
La opción podría ser intentar obtener el número considerando las variables de lugar, fecha y hora de nuestros itinerarios, para luego contrastarlas con las imágenes aparecidas en sitios como Panoramio –una página de Google que permite subir fotos para taggearse geográficamente en distintos lugares y así hacer un mapa personal de estadías–, Flickr y Moments –una aplicación de FB que permite identificarnos de manera privada en fotos de nuestros amigos–.
Sin embargo, aquí el problema es que ninguno de estos servicios es muy popular y, por lo tanto, nos seguirían ofreciendo un mapa bastante sesgado de nuestra existencia visual inmortalizada en imágenes. En definitiva, por ahora, lo que me queda será esperar a volver a encontrarme en la plaza con Pony y con su abuelo para, quizás por escrito y en inglés, pedirle que me acepte en Facebook, y así también compartir con mis amigos las amistades y las aventuras internacionales de mi hija en la plaza.
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