
Las leggins, en el centro del debate de género
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NUEVA YORK.– ¿En qué momento las leggings dejaron de ser una prenda de ropa para convertirse en objeto de una controversia cultural? ¿Cómo es posible que un simple pantalón elastizado y ceñido al cuerpo, que viene en infinidad de colores y estampados, haya pasado a ser el inesperado eje de una polémica? La última escaramuza de la guerra de las calzas se produjo días atrás, cuando en The Observer, el periódico conjunto de la Universidad Notre Dame, de Indiana (EE.UU.), y de la cercana universidad para mujeres St. Mary, publicó una carta de lectores Maryann White, madre de cuatro hijos, en la que les pedía a las estudiantes mujeres que ignoraran la moda actual y dejaran de usar leggings.
Según White, su idea no solo era por el bien de las jóvenes de esa comunidad educativa, sino también por el bienestar general, ya que las calzas serían en parte responsables de que los hombres no puedan controlar sus instintos.
La idea implícita en la carta –"si te vestís así, vos te la buscaste", por no decir la mera sugerencia de censurar una prenda de ropa– desató una previsible ola de protestas, tanto dentro del campus universitario como en el resto de la comunidad. Como muestra de desafío colectivo, los estudiantes usaron calzas dos días seguidos, impulsaron el hashtag #leggingsdayND en Twitter, y como una muestra de solidaridad muchos hombres y mujeres postearon sus fotos vistiendo esa prenda.
Días después, The Observer publicó un editorial en respuesta al furor que se había desatado, y dijo: "Nuestro periódico ha recibido más de 35 cartas, además de los innumerables comentarios verbales, tuits, memes y debates en las aulas sobre la carta de lectores publicada el lunes, y estamos atónitos por la controversia que se ha generado en torno a las calzas".
Imparables, las discusiones se prolongaron durante todo ese fin de semana.
Polémica a bordo
La situación tiene un antecedente directo: en 2017, la aerolínea United Airlines hizo bajar del avión a dos adolescentes que vestían leggings. Los observadores presentes se quejaron, las redes sociales tronaron y los fabricantes de calzas se hicieron el día. Puma, por ejemplo, se sumó a la discusión lanzando un descuento del 20% en el precio de sus calzas a todo aquel que presentara un pasaje de United.
A su vez, ese incidente se sumó a un interminable debate entre padres, escuelas y alumnos que podría resumirse en la pregunta "¿Las leggings son medias o no son medias?".
En general, ese debate existencial sobre la naturaleza de una prenda de ropa –y las leggings no son otra cosa que eso– se centra en la mujer, en el cuerpo de la mujer y en la incomodidad que sienten algunos al ver expuesta (o creer ver expuesta) una parte excesiva de aquel.
A eso apuntaba ciertamente la carta de Maryann White, y es generalmente la ofensa política que esgrime el bando proleggings: ¡cómo te atrevés a acusarme de vestirme para seducir!, un argumento que tiene particular resonancia en la era del #MeToo.
Pero en realidad las calzas iniciaron su ascenso hacia el podio del guardarropa con el advenimiento de la cultura de la ropa cómoda: la era del posviernes informal que llegó con el cambio de milenio y con el auge de los financistas que visten prendas de polar, la caída del antiguo Wall Street y la fetichización del buzo con capucha de los geniecillos de Silicon Valley, un fenómeno que terminó de profundizarse por influencia del movimiento conocido como wellness ("bienestar").
Las calzas también significan diferentes cosas en función del grupo etario. Para la generación Y suelen ser sinónimo de un estilo de vida saludable y de actividad física diaria. Para la generación Z, que en gran medida rechaza la uniformidad y las etiquetas tradicionales, las leggings son básicamente el equivalente de los jeans, algo que uno se pone sin tener que pensar demasiado.
O sea que las leggings significan un montón de cosas distintas, y el sexo bien podría ser la menos importantes de todas, suponiendo que el sexo tenga algo que ver…
El poder de la ropa
Pero lo más sorprendente de las protestas en la Universidad de Notre Dame es el rechazo a las presunciones tradicionalmente asociadas con el género.
El editorialista de The Observer se preguntaba "¿por qué la polémica por las leggings tuvo más impacto que otros tópicos controvertidos? Los estudiantes y la comunidad en su conjunto han dedicado horas a discutir los méritos y deméritos de una popular prenda de ropa. ¿Pero dónde están las ganas de discutir abiertamente sobre otros problemas que tienen implicancias políticas sustanciales, tanto legales como en el campus universitario?".
Lo cierto es que probablemente las leggings sean la encarnación de todos esos problemas. Una de las grandes verdades de la moda es que aquello que parece superficial o intrascendente (¡las calzas!) en realidad es evidencia de algo mucho más complejo y difícil de manifestar (la identidad). De allí emana el poder de la ropa.
En consecuencia, la polémica por las calzas no sería tanto la manifestación de la psiquis de una persona en particular, sino más bien una línea de fractura cultural intergeneracional, un patrón histórico en el que habría que incluir la minifalda y los jeans, a Mary Quant y a James Dean, y todas esas prendas que en su momento parecieron ofensivas e inexplicables para lo que solemos llamar "el establishment", pero que jugaron un papel crucial y sumamente visual para romper con las normas de una época y dar paso a la siguiente.
Obviamente, todo esto puede parecer una exageración, y es posible que las leggings no sean otra cosa que una prenda ajustada y cómoda que cubre las piernas.
Pero, a juzgar por los recientes resultados en ventas de la empresa Lululemon, cuyas ganancias crecieron un 21% en el tercer trimestre de 2018, y por el éxito de Levi’s al incorporar el elemento "elastizado" a sus jeans para quedarse con parte del mercado de las leggings, lo más probable es que esa "popular prenda de ropa" (como las definió The Observer en su editorial) haya llegado para quedarse. Y todo eso permite suponer que la polémica en la Universidad Notre Dame fue apenas el presagio de un debate más profundo en ciernes.






