
Las mucamas
M i cuñada María José Ordóñez tiene una mucama de 80 años llamada Ricarda. Llevan juntas algo más de 50 años. No son muchas las tareas que Ricarda cumple hoy: es una señora mayor. Pero nunca será despedida. Jamás será sancionada. No piensa entablar litigio laboral.
Porque María José y Ricarda pertenecen a la vieja alianza. Patrona y mucama, dos mujeres unidas en la riqueza y en la precariedad, la salud y la enfermedad, la suerte y la desgracia. Para siempre.
La patrona (en este caso) paga la jubilación, algunos pesos para gastos y el plan médico privado. Uno de los buenos. Y la mucama vive en su casa de siempre, la casa de la patrona. Allí tiene su habitación, sus cuadros, sus fotos, su ropa, sus recuerdos. Así será, hasta que llegue la hora final para alguna de las dos.
Naturalmente, Ricarda tiene sus hijos y sus nietos.Y los visita regularmente. Pero ya se sabe: es ley de vida, los hijos tienen, cada uno, su propia historia. Hoy por hoy, cada uno tiene que contar –para la vejez– con un puñado de seres queridos que ha elegido uno mismo. Su pareja, tal vez un hermano, algún amigo entrañable... ¡Y eso es todo!
Así era antes. Mi tía Cándida Braga tuvo durante 50 años a doña Carmen García, oriunda de La Coruña. Y mi abuela Matilde contó con la morenísima Lucía, a quien poco y nada pudo pagar en los últimos años. Hasta que las dos murieron de viejas.
En esa íntima alianza incondicional, cada una tenía su papel. La mucama era mucama. La patrona era señora. "La señora." Había códigos de respeto sacrosanto. Una daba las órdenes (nunca como una tirana caprichosa; eso no es de señora), la otra obedecía ligerito, pero sin servilismo. Cocinando y barriendo con un nivel profesional que ya no existe.
Había jerarquías diferentes, pero al mismo tiempo solidaridad, ternura, afecto, compañía, decencia.
Examinemos brevemente el cuadro actual del servicio doméstico. Las amas de casa ya no pueden contar con una "muchacha" porque los departamentos son chiquitos y las personas se chocan unas con otras. Las señoras de hoy no saben mandar. Las chicas no saben obedecer. Abundan las historias de mucamitas que sedujeron al señor, robaron dinero, escaparon a su pueblo sin volver nunca a dar noticias, abrieron la puerta a un ladrón... o sencillamente se dieron por despedidas e iniciaron un juicio que terminó costando varios miles de dólares. ¿Y los patrones desubicados que pellizcan a la mucamita creyéndose dueños de una potranca? Abundan también.
Ya nadie plancha la ropa, se cocina plástico frito y los muebles están cubiertos de polvo. Marido y mujer lavan platos y cambian pañales por turno. Sin tiempo para hacer el amor, claro.
El Estado echa leña al fuego condenando a los patrones que no hacen aportes jubilatorios. La vieja alianza naufragó en medio de traiciones, abusos de confianza y palabras hirientes.
El mundo de las antiguas lealtades perdura aún como una antigüedad. Recuerdo de otros tiempos. Pretensión de viejos ricos.
Sin embargo, en la vieja alianza de señoras y mucamas no había nadie que fuera demasiado rico. Y, en cambio, sí había unas mujeres humildes que mandaban a sus hijos al colegio, sobrellevaban dignamente la pobreza y con paciencia terminaban edificando una linda casita en Laferrère o en Los Polvorines. ¿Qué hacen esas mujeres ahora?
¡Cualquier cosa, menos ser sirvientas!
Sic transit gloria mundi.
* El autor es periodista y escritor
hanglinrevista@lanacion.com.ar







