Las mujeres y los niños

Cecilia Absatz
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25 de julio de 2010  

Serge Moscovici es un reconocido psicólogo social francés, nacido en Rumania en 1923, célebre en el ámbito académico por su aporte respecto de las llamadas representaciones sociales del psicoanálisis. Sin embargo, son sus comentarios sobre el tabú del incesto los que resultan especialmente atractivos: es un tema al que la sociedad occidental adhiere sin cuestionamientos ni particular reflexión. De eso se trata, precisamente, la condición de tabú: es algo que no se censura ni se menciona, simplemente se acata.

Dice Moscovici que la sociedad se divide en dos universos: el femenino y el masculino. El universo masculino es el de los varones, naturalmente, los que tienen el lugar dominante e instalan la ideología: son los gobernantes y los hombres de empresa, los generales y los soldados, los sacerdotes y los fieles. El universo femenino, por su parte, está conformado por las mujeres y los niños; se desarrolla en el territorio doméstico y practica un juego de poder muy diferente, más subterráneo, pero no menor. Los niños pertenecen a las mujeres, dice Moscovici, hasta la pubertad. Al llegar a esa edad, sostiene, el poder masculino arranca al varón preadolescente del ámbito bucólico de su hogar y lo somete a un rito de iniciación que va a inaugurar su hombría. En las sociedades urbanas muchas veces se trata simplemente de una visita al burdel. Es notable, dice Moscovici, cómo prácticamente todas las culturas del planeta, salvo unas pocas excepciones, tienen un rito de iniciación que marca el ingreso del varón al mundo del poder gobernante en cualquiera de sus formas: la calle, la empresa, la guerra o el clero. Pero el verdadero propósito de este rito, dice Moscovici, es el de arrancar al joven de los brazos de su madre. Si esto no ocurriera, conjetura, si llegado el momento el hijo pudiera dormir con su madre, no habría fuerza en el mundo capaz de deshacer ese abrazo, se destruiría la familia y, con ella, la arquitectura de la sociedad.

Más allá de los misterios de una prohibición tan profunda como universal, se puede reconocer en este planteo una fotografía posible y todavía bastante vigente de las transacciones sociales necesarias para la convivencia humana. Por cierto, ya no quedan tantas señoras de su casa y reinas del hogar como las que veíamos en los libros de lectura, con un delantal almidonado y tiempo para preparar una torta mientras esperaban que los niños regresaran de la escuela. Donde la idea de Moscovici parece ingenuamente ilustrada, en cambio, es en la publicidad que se hace por televisión de los productos domésticos. Ahí sí, el niño mantiene una relación de intensa intimidad con su madre: se interesa en forma activa por el funcionamiento de un jabón en polvo, por el nivel de suavidad de la ropa de cama o por el perfume de la cera con que repasó el linóleo de la cocina. El niño juzga con ojo crítico la calidad de sus comidas y, en ocasiones, directamente coquetea con ella. Más allá del voluntarismo propio de la publicidad, se ve ahí con toda claridad la burbuja de la pertenencia.

Algunos avisos de golosinas, al mismo tiempo, parecen evocar otra de las ideas provocativas de Serge Moscovici, esta vez sobre el temor reverencial que, según él, siente el hombre hacia la mujer. Menciona, entre otras cosas, la teoría de Sartre sobre el colonizador y el colonizado -imagen cara al movimiento feminista-, donde el colonizador convence al colonizado de su inferioridad porque en realidad le teme. Muchas mujeres de la publicidad, por cierto, resultan temibles: mienten y engañan a toda su familia porque consideran un demérito haber comprado cierto alimento envasado, o manipulan a sus novios para robarles su parte del chocolate. La publicidad debe considerar simpáticas estas pequeñas astucias "femeninas". La lectura de Moscovici las pondría como eje de la paranoia masculina ante el poder incalculable (y la maldad intrínseca) del género al que, se supone, dominan.

La autora es periodista

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