
Las múltiples artes de Sábat
El gran dibujante uruguayo no se conforma con sorprender con sus caricaturas. Músico y fotógrafo aficionado, ahora ha publicado Poemastros, libro en donde incursiona en el noble arte de la poesía
1 minuto de lectura'
La mañana del sábado se ha disuelto en una garúa taimada, de esas que hacen perder la fe: un viento frío la convierte en una acupuntura rencorosa. Entrar en la ancha hospitalidad de la casa de San Telmo donde Hermenegildo Sábat tiene su taller de artes visuales se parece bastante a la felicidad, porque allí hay tres cosas que la intemperie retacea: luz, calor y tranquilidad.
Como la clase llega a su fin, son pocos los alumnos que aún persiguen la forma que no encuentra su estilo. Pero uno sospecha que la calma del lugar no es consecuencia de la baja densidad demográfica, sino de una cordialidad tácita, menos casual. Y que la temperatura ambiente no depende tanto de las estufas como de cierta combustión que Sábat –el hombre que con sus dibujos puso alas al genio ajeno y una luz goyesca a la realidad política– produce y hace surgir a su alrededor.
Tal vez el aire esté aquí caldeado por un amor propio bien entendido, y cada discípulo busque emular la rara capacidad del maestro para cumplir la premisa de Rubén Darío: Que cuando una musa te dé un hijo, que las otras ocho queden encintas.
En todo caso, es el momento de las aclaraciones de rigor: esta nota contiene escenas explícitas de poligamia artística que pueden herir la sensibilidad del lector amante de un arte del monocultivo. Porque este hombre que nació en Montevideo hace 68 años, no se resigna a que lo encasillen, ni siquiera para consagrarlo; sobre todo si es para consagrarlo.
Cuando parecía que se daba por hecho con haber convertido la caricatura en un arte mucho menos fugaz que la página de un diario, Sábat comenzó a publicar breves crónicas y retratos en una prosa circunspecta. Luego, esa escritura se instaló por derecho propio en sus libros de dibujos, como en Scat (1974), su magnífico homenaje al jazz; y decidió defenderse por sí sola, sin la coartada de su arte emplumado, en Adioses tardíos (1998), un volumen que recoge buena parte de esos escritos.
Ya para entonces, se sabía que su amor por la música lo lleva a incursionar en la ejecución del clarinete; que su pasión gráfica lo hace responsable del diseño de sus libros y lo llevó a crear y dirigir una revista impar: Sección áurea, compilación periódica de dibujos, fotografías, citas literarias y anécdotas de artistas con un solo mensaje: crear es creer y viceversa.
Ya para entonces, también, el tipo de aire hosco y risa explosiva había hecho saber que es capaz de producir, en formato grande y al puro óleo, unas pinturas que parecen gritos del tiempo clavado en el espacio. Y todavía más: sus fotografías, tomadas a lo largo de los años y publicadas, de tanto en tanto, en la revista Sección áurea, se convirtieron en 2001 en el libro Imágenes latentes: hallazgos puestos en contrapunto, parejas que terminan de cobrar sentido con el título, casi siempre irónico y revelador.
Pero ahora, cuando podía pensarse que el artista se había multiplicado por el último de sus factores posibles, acaba de descolgarse con un libro de poemas. Se llama Poemastros, y fue íntegramente diseñado por su imaginación de amplio espectro en un tamaño mínimo, como quien advierte que allí no se encontrarán grandes gestos, sino la música íntima de una conciencia inquieta.
Versos de familia
Ahora, en la tibia calma del taller, cuando los alumnos se han ido y el fotógrafo de la Revista busca en su rostro las llaves imperceptibles de una vida, Sábat dice que fue un libro necesario, su respuesta personal a la catástrofe argentina de los últimos meses. No espere el lector alegatos de ahorrista defraudado o sermones desde la montaña de la justa indignación. Aquí hay versos proferidos por una voz crispada que vuelven a las preocupaciones habituales del maestro uruguayo: artistas emperrados en olímpicos cortes de manga a la mediocridad y la injusticia, autorretratos sesgados, reflexiones ácidas y más de una humorada.
“Buena parte de las cosas que están en este libro –dice– son producto de hechos obvios o de escenas que uno ha vivido o va viviendo. Sería difícil para mí explicar cómo surgieron estos textos. Digamos que derivan de urgencias interiores. Un día estaba en el diario y salió una. Al día siguiente, más o menos a la misma hora, apareció otra. Entonces, empezaró a pasar algo parecido a cuando pinto: hago una cosa y, al día siguiente, cuando la miro, me termino de dar cuenta de lo que buscaba y el asunto se remata. Siempre es así, en dos tiempos y de un día para el otro, aunque a veces las cosas salen de un tirón. Los que me llevaron más tiempo fueron los Sílabos en deca (los sonetos que incluí al final del libro). No tanto por la búsqueda de la rima y la medida exacta del verso como por la dificultad de organizar en apenas catorce versos todo un poema.” Dice que su conocimiento de los versos clásicos de la poesía en español viene de familia: “Mi viejo era profesor de literatura. Cuando tenía 20 años, publicó un libro, El verso castellano, que le valió una carta del rey de España. Aprendí desde chico cómo medir un verso y cómo acentuarlo, y algunos ritmos es evidente que han quedado en la memoria. Por otra parte, en mi familia había también un escritor, mi tío abuelo, Carlos Sábat Ercasty. Fue un gran poeta y maestro nada menos que de Pablo Neruda. El segundo libro publicado por Neruda está dedicado a él, y en Confieso que he vivido, en donde Neruda no habla de casi nadie, a Carlos le dedicó dos páginas. Lo contrario hubiera sido un escándalo, ya que los primero libros de Neruda eran variaciones de la poesía de Carlos, por no decir que eran plagios”.
Una vez que encuentra el tono de la conversación, Sábat no necesita preguntas para seguir dando razones de sus Poemastros: “Primero fue la urgencia de hacerlo y después la decisión de publicarlo. ¿Por qué? Mi trabajo me ha llevado a la exposición pública. A esta altura, ya no sé qué parte es la que no he mostrado, al punto que podría decir, como el Quevedo del chiste, que me conocen hasta por el traste. También se da el hecho de querer resistirme a la condena de la especialización: si sos una cosa, no podés ser otra. En fin, yo he abundado en varias... Puede que lo que haga esté bien o mal, pero la razón de publicar lo que hago es un cierto sentido de la responsabilidad: me hago responsable de esto. No es para ingresar al Parnaso ni nada por el estilo, pero lo hice como creo que valía la pena hacerlo. No quería someterme a las exigencias o necesidades de ninguna editorial, quería hacerlo tal como yo lo imaginaba. Lo diseñé con cuidado, elegí el formato y la escala y después elegí la imprenta –la misma que imprimió mi libro de fotografía–, que es excelente. Me gustaría encontrarlo una noche en mi mesa de luz, abrirlo y leerlo como si fuera de otro tipo”.
De Girri a Cortázar
Claro que hay poetas que realmente son otros tipos, y a los que Sábat dedica su atenta lectura: “Me gustan el Siglo de Oro y buena parte de la poesía inglesa clásica... De joven, me resistía a la poesía de Rubén Darío, tal vez porque era insoslayable. Claro, uno con los años se va serenando y empieza a leer de otra manera. Hoy, un autor que frecuento mucho es Pessoa. Con él, me pasa lo mismo que con cierta música: cuando lo leo, por un tiempo no puedo leer ninguna otra cosa. Ahora, no es casual que le haya dedicado el libro a Alberto Girri, al que no sólo me unió una gran amistad, sino que además tuve la suerte de hacer un libro con él: Girri reunió una serie de poemas dedicados a artistas plásticos y yo lo ilustré. Se llamó Galería personal. Me parece que las opiniones que hay sobre la poesía de Girri son mayormente superficiales, de gente que ha decidido a priori no leerlo. Ya saben que es difícil antes de leerlo. Sin embargo, creo que la poesía de Girri es absolutamente transparente, no tiene ningún rebuscamiento”.
Para Sábat, hacer y publicar de inmediato es la expresión de una economía creativa: “Hay artistas que se toman su tiempo, hacen estudios, bocetos, retocan incansablemente. A mí, la experiencia me llevó por otro lado. Aprendí a trabajar de una manera que, desde luego, es perfectible. Pero yo no puedo corregir indefinidamente... no tengo opciones. Tampoco tuve otra forma de hacer estos poemas. Ahora viene la consabida inquietud de saber si alguien los ha leído. En ese sentido, me viene a la memoria una anécdota con Julio Cortázar. Supe por amigos comunes que a él le gustaba lo que yo hacía. Entonces, le mandé una carta dirigida Al autor de Torito, en alusión a un texto suyo muy divertido sobre los encabezamientos de las cartas que él había publicado en La vuelta al día en 80 mundos. Me contestó diciéndome que quería que hiciéramos algo juntos. Poco después, lo visité en su casa de París, un apartamento muy propio de alguien como Cortázar: tenía los libros más excelsos y los discos más bellos. Allí nos pusimos de acuerdo en que él me enviaría un texto para que yo dibujara. Me pasé un año esperando al cartero. Una mañana, salí a buscar el diario y el correo y estuve como una hora hablando con mi mujer sin darme cuenta de que tenía la carta de Cortázar en la mano. Esas cosas pasan. Junto al texto, que dio origen al libro Monsieur Lautrec ilustrado por mí, había una carta en la que me pedía que ponderase su texto. Date cuenta lo que era para mí tener que ponderar el texto de Cortázar. En fin, yo quisiera que la gente pondere también mis textos, a ver qué le sugieren”.
Poemastros, al igual que casi todos sus libros anteriores, salvo los dedicados a la caricatura política, abunda en reflexiones y anécdotas reveladoras de la vida de algunos artistas. ¿Supone Sábat que en esas sobresaltadas biografías se esconde una clave de este mundo?
“Mi tarea en el diario es bastante solitaria y acotada –dice Sábat–. Y hace mucho que he resuelto pensar en mi trabajo sólo cuando estoy en la redacción. Y punto. El resto del tiempo, o estoy escuchando música o estoy leyendo libros de arte o cosas que tienen que ver con eso. Pienso mucho más en los artistas y en los fotógrafos que en otra gente. Y es lógico que eso se refleje en todo lo que hago.”
Intruso sigiloso
Artistas y fotógrafos, dice el hombre que hace un año publicó un libro con fotos propias. Su relación con la cámara es de larga data y él prefiere resumirla así: “Empecé en 1955, cuando pude comprarme una Leica. En casa había una vieja cámara, de ésas con fuelle, pero yo soñaba con una Leica, hasta que pude comprarme una usada, con lente Sumitar F2. Desde entonces, fui muy prolijo con los negativos de las fotos que iba sacando. Tanto que, cuando tuve que editar Imágenes latentes, quedaron por el camino un montón de fotos por razones de espacio, o porque no convenían al conjunto. Por otra parte, debo decir que cada vez que dispongo de dinero, lo gasto en discos o en libros y, alguna vez, he comprado obras ajenas: algunos cuadros y algunas fotos. De modo que tengo una modesta pero buena biblioteca de fotografía y conozco bastante del género fotográfico y de la cámara de 35 mm. Los fotógrafos pioneros como Nadar trabajaban con máquinas que eran prácticamente muebles enormes. Eso fue así desde 1830, 1840 aproximadamente, hasta 1912, cuando un señor alemán inventa la Leica. Y ahí hay una comparación que yo hago con el tango: porque el bandoneón se inventó para poder usarlo como un órgano portable, para poder llevar el sonido del órgano a todos lados. Ahora bien, ese aparatito, la Leica, empieza a tener relevancia con un alemán, el señor Solomon, que sacaba fotos en lugares que estaban prácticamente prohibidos. Ahí comienza el desarrollo de este tipo de cámara, al tiempo que se va generando una carrera para mejorar la sensibilidad de la película. Ese ciclo culmina, dentro de la historia de la Leica, con el modelo M6. Desde entonces hasta ahora, se ha registrado una involución, porque los equipos son cada vez más grandes y aparatosos, y no hay manera de no darse cuenta de que ahí viene un tipo que te va a ametrallar a fotos”.
Sonidos y colores
Gardeliano invicto, jazzero confeso, atento oyente de la música mal llamada clásica, Sábat tiene con los sonidos una relación tan estrecha como con las imágenes.
“Es algo que también viene de la infancia. En mi casa, se escuchaba mucha música e íbamos a conciertos. En casa, lo único que había eran libros, pero no había un mango ni doblado. De modo que pude comprarme un clarinete sólo a los 21 años. Ese primer clarinete era francés, un instrumento notable que se llamaba Buffet-Crampon. Pero encontré mi propio clarinete cuando tuve un Selmer. Con él, me llevo muy bien y creo que él también se lleva bien conmigo. El clarinete me ha servido para acercarme a los instrumentistas que lo tocan y, desde luego, a algunos músicos como el amigo Mozart. Por lo demás, manejo con música, doy clases con música... en mi casa, escucho muchísima música. En el diario, no. Podría hacerlo, pero no. Es que no quiero molestar, ni dejar ninguna sensación más allá de mi trabajo.” Si una condena lo obligara a elegir una sola de las actividades que despliega, ¿con cuál se quedaría Sábat, artista de amplio espectro?
“Creo que a mí lo que me genera más curiosidad para resolver problemas es pintar. Muy probablemente tenga la suerte de vivir muchos años y, a esta altura, sé que hay algunas cosas que son inexorables. Por ejemplo, que los cuadros esperan. Vos tenés la tela ahí y se establece un diálogo, una batalla, una lidia de toros. Hay un cuadro que está esperando. Ya no uso la espátula para rascar, ni romper la tela, ni nada por el estilo. Me he sosegado en ese sentido, pero no en la expresión, que entiendo que sigue siendo bastante dura.” ¿Le molesta a este artista polígamo que alguien cuestione su derecho a expresarse de tantas maneras diferentes? La respuesta da cuenta de sus convicciones y también de esa facundia que sólo un apresurado confundiría con el mal humor de un ánimo destemplado: “Mirá, ya soy demasiado viejo como para hacerme cargo de la molestia o el dolor que pueda generar por tener ganas de hacer cosas. Sería realmente inhumano conmigo mismo, ¿no te parece?” Afuera, las agujas de la lluvia no descansan. El talento de Sábat, para alegría de todos nosotros, tampoco.
Muralismo
Cuando Frida
traicionó a Diego
con Trotsky
Diego no demoró
en traicionar otra vez a Frida
con Stalin
cuando Siqueiros
traicionó a Frida y Diego
con Trotsky
Stalin no pudo vengarse con
[Orozco
un artista
que nunca buscó refugio
en la traición
Murió pero no
Combato la evidencia
que Orlando Goñi murió
y no habrá más noches
junto al gordo Pichuco
Hugo Astor David y Kicho Díaz
lo que no es cierto
e indiscutible
porque los discos están vivos
y nunca se equivocan
sean o no escuchados
pero no es lo mismo
son ilusiones auditivas
que renuevan suplicar:
Se solicita el paradero
del pianista Orlando Goñi
señas particulares
más triste que Pichuco





