
Leo Fernández: el hombre que lo apuesta todo
Aunque en el mundo del juego su nombre es mítico, es un desconocido para muchos. Es el mejor jugador argentino de backgammon de la historia
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T odo el dinero que tengas en tu billetera.
–¿Todo?
–Tenés que estar un minuto sin hablar.
–Acepto.
–A partir de que me digas que estás listo, comienza a correr el reloj.
–Estoy listo.
–Perdiste.
Leo Fernández esta vez no usa anteojos de sol. En su mesa hay tres personas que sí. Otro tiene unos auriculares gigantescos y un buzo anaranjado. Fernández ríe, hace señas ampulosas para que le presten atención, recorre la mesa en busca de aliados. Nadie reacciona. Parece ansioso, se da vuelta, busca algo en su mochila, pide un café. Entonces le tocan el brazo en señal de que es su turno, pero algo en la naturalidad de su reacción delata que lo sabía, y hace un movimiento que deja caer seis fichas en el centro de la mesa. Ya no parece ansioso, ahora su teatro es otro. Lo saborea. Deja que sus compañeros hagan lo suyo y se va hasta un rincón del salón a buscar azúcar. Mira al cronista y le guiña un ojo, como si le enseñara uno de sus trucos, uno distinto al que truco con el que lo engañará unos minutos después, cuando hagan la entrevista y el periodista quede sin un peso en su billetera. Pero el juego en ese preciso segundo es otro. Vuelve con el sobrecito de azúcar en la mano y muestra sus dientes. Endulza el café, arma un pequeño remolino con su cuchara y al tiempo que su boca entra en contacto con la espuma del café, su mano derecha da vuelta dos cartas sobre el paño verde. Se escucha un murmullo, no de sorpresa, no de enojo, solo un murmullo, uno más de los cientos de murmullos que se escuchan mano tras mano; y el brazo de Fernández recorre el centro de mesa de manera circular, llevando hacia su cuerpo lo que, al menos durante esa mano, todos saben que le pertenece.
El salón es el más grande del hotel Conrad, en Punta del Este, y hay más de doscientas personas jugando a la vez, una mesa al lado de la otra. Sobre el fondo, junto a la cafetería, cuelgan tres lonas con el logo de PokerStars, la escuela de póker online más grande del mundo. En una de esas lonas está la imagen sonriente de Leo Fernández, único representante argentino del Team Pro y miembro del equipo desde 2007. En la foto tiene una campera de cuero y se lo ve relajado. En la mesa, usa un buzo de jogging y juega con sus fichas. Es el segundo día del Latin American Poker Tour (LAPT), uno de los torneos de póker más grandes del continente (su inscripción vale, por ejemplo, más de 3000 dólares), y Fernández pretende sobrevivir. La semana anterior jugó el torneo de Barcelona, unas semanas después jugará el de San Pablo. Algunos, los que saben del tema, lo definen como el Maradona del póker, el mejor argentino que vio el mundo de las apuestas. Pero él lo niega, y dice que es tan sólo "el mayor gambler de la Argentina", ni el más ganador ni el más perdedor, simplemente "el más apostador".
¿A qué cosas apostás?
A todo: desde jugar a si la próxima patente es par o impar, o a nivel de millones por un partido de fútbol americano, NBA o Champions League.
¿Qué es lo que sentís? ¿En ese minuto previo al resultado qué te pasa por el cuerpo?
Y… adrenalina. Adrenalina pura.
¿Cuánto dura?
Ojalá que dure mucho. En cuanto termina una ya aparece otra.
Y no termina nunca.
Nunca. Si termina, es que nos morimos.
¿Cuándo fue la primera vez que apostaste algo?
Con mi viejo jugábamos al ajedrez por dinero. Lo tenía hasta las cuatro o cinco de la mañana, él después se iba a laburar. Empezamos a mis cinco años más o menos, pero a partir de los diez arrancamos a jugar por plata.
¿Era parejo?
Le ganaba siempre. Y así ganaba dinero. Y después ya le daba ventaja: un caballo de ventaja, ponele, y con la plata que le ganaba podía salir el fin de semana o comprarme golosinas.
¿Cuándo te diste cuenta de que eras tanto mejor que él?
Cuando me dijo que no me iba a jugar más si era en igualdad de condiciones. Yo necesitaba que me siguiera jugando para ganar dinero. Ahí fue cuando me di cuenta de que podía crecer en serio con esto del juego: si le sacaba plata a mi viejo, que era mi ídolo, imagínate a los demás...

Antes que el paño verde fue un tablero blanco y negro sobre una mesa de madera en un viejo club. Ahí aprendió los primeros secretos, el manejo de la tensión, el arte de las decisiones que pueden terminar en la muerte. Tenía sólo doce años y había llegado al Club Argentino de Ajedrez. Ahí conoció a Miguel Najdorf, el mítico ajedrecista, pero recién pudo jugar contra él a los 16 en el Alfil Negro, en Corrientes y Callao, donde ambos pasaban sus tardes. Por esa época ya era una joven promesa. Hugo Spangenberg, gran maestro de ajedrez y uno de los únicos argentinos que venció a Kasparov, define a Fernández como un fuera de serie: "Es un tipo demasiado competitivo. Técnicamente, busca siempre destruir a su rival. Esa es una de sus principales virtudes: no duda en destruir al que tiene enfrente, sea quien fuere".
Fue entonces cuando apareció su gran maestro, un hombre mítico en el ambiente del juego: Sergio Gelabert, dueño y creador de la Escuela Argentina de Backgammon. Alguien le había hablado de un pibito, un tal Leo Fernández, y Gelabert se acercó a conocerlo. Le propuso jugar una partida y Leo, en esa época un chico de pelo largo y anteojos culo de botella, le ganó 7 a 0. "Esa primera vez se puede decir que le gané por suerte, pero el azar es a la corta, a la larga no hay azar; y todavía le sigo ganando", dice Fernández hoy, ya sin anteojos y con un corte de pelo a la moda, mientras cuenta que Gelabert, su gran maestro y amigo, después de esa paliza se lo llevó para su escuela y le enseñó el gran mundo. "Después empecé a jugar por plata y recorrí el planeta yendo a torneos. Íbamos a Montecarlo, al mundial de backgammon, a Estambul, a París. Muchas veces el mismo Sergio y yo llegábamos a la final y teníamos que competir", dice. Su carrera está plagada de títulos. Entre otros, ganó el máster de Las Vegas de 2001 o el torneo de Berlín de 2006, donde jugaron los 32 mejores jugadores del mundo y Leo representó a América del Sur. Fue su último torneo. Se retiró campeón.
¿Te faltó algo en tu infancia?
Depende lo que vos quieras si te falta algo o no. Yo no jugaba por necesidad, pero a mí siempre me gustaron las buenas cosas, las mujeres bonitas, los lujos. Y para tener algunas cosas hay que tener un poco de cultura y un poco de dinero.
¿Cuándo fue la primera vez que ganaste plata de verdad?
En el primer torneo de backgammon que gané me llevé un auto cero kilómetro. Tenía 19 años. Lo mejor que hago es el backgammon. Ahí sí fui el mejor de Argentina, de América del Sur, si querés. Jugué diez años seguidos el mundial de Montecarlo, que es como el US Open del tenis, por decir algo.
¿Con el backgammon construiste tu primer colchón de dinero?
Sí, totalmente. En esa época, además, yo sabía que no tenía que perder porque no tenía resto. Después gané más, perdí, me compré un departamento, un auto, los jugué, los perdí… De eso se trata.
¿Fundiste alguna vez?
Sí, claro. ¿Cómo no voy a fundir? No existe un verdadero gambler que no haya fundido alguna vez en su vida. Quebrar quebrar no, pero sí estuve fuerte con la soga al cuello. Quebrar sería estar out de todo, no tener de dónde sacar y no poder jugar más, no tener ninguna línea de crédito.

Muchos en el mundillo creían que ibas a desaparecer del mapa mucho antes.
Uno empieza a caer cuando empieza a errar y no tiene que jugar y lo hace igual. Ahí tenés que reagrupar las piezas y empezar de vuelta. Como en el ajedrez. Y yo lo supe hacer a tiempo, por eso no desaparecí. Pensá esto: todo lo que yo debo, lo gané jugando. ¿Qué quiere decir? Que todo lo que yo ya gasté en mi vida, no hay manera de que me lo quiten, ya lo gané y ya me lo gasté, y por eso no lo puedo perder.
¿Le debiste plata a algún casino alguna vez?
Obvio, a muchos, ¿sino dónde está la joda? Todo jugador siempre pierde. Y si perdés, pagás, no es una mala palabra. Pero pagás con los pasos estipulados antes de iniciar la negociación.
Año 1995. Leo Fernández tiene 22 años y nunca conoció Las Vegas. Le dicen de un torneo de Baccarat que cuesta 5000 dólares la inscripción y entrega un millón al ganador. Leo Fernández no sabe jugar al Baccarat pero lo tienta. Viaja. Lo primero que hace es ir a la ruleta. Gana 5000 dólares con los que paga la inscripción. Juega y pierde. Pero entonces conoce a Paul Magriel (más conocido en el mundo del juego como X-22, uno de los jugadores más importantes del mundo), y se hace amigo. Magriel le ofrece enseñarle a jugar al Baccarat. A cambio, Fernández tiene que darle el 25 por ciento de las ganancias de sus primeros diez torneos. Acepta. Y a pesar de unos primeros intentos truncos, resulta ser un buen negocio para ambos. "Ahí empecé a ir mucho a Las Vegas, llevando gente, conociendo dueños de casinos y personas importante. Entonces fui metiéndome en el mundo del póker. Me di cuenta de que ahí había mucho dinero, de que se podía apostar todo en cualquier momento, y que era un juego popular que lo puede jugar cualquiera. El póker tiene algo que no tiene ningún juego: es fácil de aprender. Entonces dije: acá está la veta, es dónde está el dinero, el glamour, los amigos, la buena onda. Y decidí dedicarme de lleno". No miente: desde hace más de veinte años viene ganando tornes. Por nombrar uno, el LAPT de Panamá en el 2013, donde se llevó más de 300.000 dólares.
Hace más de veinte años que jugás al póker. ¿Cuál fue tu mayor logro?
Mantenerme siempre vigente.
¿Cuál fue la apuesta más grande que hiciste?
En el 2007, final de la NBA, Boston contra los Lakers. Último match. Ganó Boston por 39 puntos y yo jugué Boston 3 y medio, es decir, tenía que ganar Boston por lo menos por 4 puntos. Y ganó por 39… En ese partido aposté más de dos millones de dólares.
¿Cuál es la apuesta más grande que perdiste?
Casi 800.000 dólares en una final de la Champions, Barcelona-Bayern Munich. Y el otro día casi hago la más absurda de mi vida: medio millón de dólares a que los Pumas no le podían ganar a Sudáfrica en el amistoso previo al mundial, ese partido histórico en el que, contra todos los pronósticos, ganaron los Pumas. Pero por suerte no me tomaron la apuesta, así que zafé.
Cuando la pelota está en el aire y de eso pueden depender tus 500.000 dólares, ¿te da miedo?
No. Me puede dar adrenalina, pero miedo ya no…
¿Y qué te da miedo?
Me da miedo tener miedo. Eso me podría dar miedo. Pero si me diera miedo jugar, ya no podría hacerlo.
¿Llegaste a ser adicto?
Hubo un momento en que estaba dispuesto a apostarme a mí mismo, pero ahora no. Igual, yo no veo el juego como una adicción sino como un modo de vida. No hay que juzgar ni prejuzgar: si vos tenés un objetivo tenés que intentar lograrlo siendo fiel a tus principios.
Si te ofrezco medio millón de dólares por semana para que dejes de jugar, ¿aceptás?
Bueno, medio millón de dólares es para pensarlo. Pero no. Vos me das medio millón una semana, dos, tres cuatro, diez semanas. Ya tengo cinco millones de dólares. ¿Qué hago con ellos si no los puedo apostar? No me sirven para nada. Yo el dinero lo quiero para apostar, nada más.
Podés hacer muchas otras cosas…
No, para mí cada apuesta es volver a vivir. Es la razón de mi vida. Yo arranco el día y digo: bueno, ¿qué vamos a apostar hoy? Hago más de cien apuestas por día.
Entre que te despertás y hacés tu primera apuesta, ¿cuánto tiempo puede pasar?
Lo que tarde en que se me ocurra una apuesta que me guste. Mirá, el placer máximo para mí es apostar antes de subirme a un avión, porque no hay manera de saber cómo salió tu apuesta hasta bajar. Entonces el partido terminó y vos seguís sin saber, es como un partido de nueve horas… lo máximo. Y cuando llegás, agarrás el teléfono y despacito vas mirando, como relojeando, saboreándolo de a poco.
Mientras toma su café en la cafetería del salón del Conrad y descansa en un intervalo entre mesa y mesa, Fernández dice: "Tengo un sueño en el que me quieren atrapar, y yo muevo los brazos y vuelo y los esquivo. Y miro para abajo y siento que los cago a todos, que no me pueden atrapar". Al lado, otro apostador toma whisky, y más allá, agua mineral. Cada uno tiene su dieta, explica Fernández. "Hay gente que entrena como si fuera a jugar un partido de tenis antes de una jornada, porque piensan que la plenitud física les da ventaja. Hay otros, como yo, que jugamos más con la cabeza, con la picardía", dice. Entonces se entusiasma y agrega que en el mundo de las apuestas, como en el mundo del póker, no es cuestión de saber las reglas sino de interpretarlas. "Mirá –dice de pronto–, te apuesto toda la plata que tengas en tu billetera a que no podés aguantar un minuto en silencio". El cronista acepta la apuesta. Fernández pide que se ponga el dinero sobre la mesa y dice que en cuanto el cronista diga que está listo, el tiempo comenzará a correr. "Estoy listo", digo. Y Fernández sonríe como si le acabaran de regalar el mundo, junta la plata con las manos y me anuncia que perdí. "Pero no, si dijiste que era a partir de que…".
–Ahí perdiste –dice, y se ríe.
Algo así, comprende el cronista, se siente cuando Fernández te gana. Y parece, de algún modo, algo justo.
¿Hace mucho hacés esta apuesta?
Se la hacía siempre a un chico que pensaba que perdía cuando decía estoy listo, entonces volvía una y otra vez a intentar ganarme. Llegaba y no decía una sola palabra, ni me saludaba, hasta que le decía "perdiste" y le sacaba la plata, y entonces volvía a quejarse a los gritos y perdía. Y se iba llorando a pedirle plata al papá. Lo pelé a ese pibe, pero después le enseñé el truco y el pibe peló a todos sus compañeros.
¿Vos qué sentías cuando se ponía a llorar?
Una sensación fantástica.
¿No sentías culpa?
¿Por qué culpa? Lo estaba educando. No es una estafa, es una apuesta. Mi papá al principio me ganaba, no me dejaba ganar. Y era re duro, me daba bronca, hasta que le gané en buena ley y después me aproveché yo de él.
¿Cuánto te dura la alegría de ganar una partida o una apuesta?
Hasta que aparece una nueva partida o una nueva apuesta. Nada cambia nada, siempre sigue todo igual. Los malos momentos, las deudas, los enojos… siempre van a estar; entonces uno tiene que aprender que no se le va la vida en cada apuesta, aunque lo lindo de esa situación es sentir que sí.
¿Así como ganar una apuesta debe ser lo mejor que hay, perder es lo peor que te puede pasar?
No. Te sentís tan vivo cuando ganás un millón de dólares como cuando perdés un millón de dólares. La sensación es la misma.
¿Qué te faltó vivir?
Las apuestas que no hice.
¿Y en las malas, qué aprendiste?
Quiénes son tus amigos. Hubo muchos que no me quisieron dar una mano, y otros pocos que sí. Cuando los recursos escasean es cuando tenés que demostrar de qué estás hecho.
¿Leo Fernández es una apuesta segura? Si viene alguien y habla de poner 50.000 dólares a Fernández, ¿los que saben de esto apuestan?
Es una mala apuesta porque gana seguro, entonces paga poco. Igual tampoco estoy tan seguro de lo que digo: siempre hay que desconfiar de todo el mundo, pero principalmente de uno mismo.






