
LETRA Y MUSICA
Sus canciones, la vida, los recuerdos. Mañana este artista con más de treinta años de carrera desfilará por el Sambódromo, homenajeado por la escola Mangueira. Hasta entonces, pasen y lean la historia de su corazón suburbano
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R ío de Janeiro está a punto de desplomarse. El cielo, oscuro como una mala oje- ra, apoya las ubres sobre los edificios de esta ciudad que cicatriza al calor del trópico. Son las nueve de la noche. Hay relámpagos secos, truenos roncos. Lamiendo la espalda suave de un morro, en el barrio de Humaitá, hay una calle de adoquines empinada hasta el terror y un edificio de vidrios azules. Dentro del edificio, en algún sitio, está Chico Buarque, el compositor de la Opera do malandro, de Roda Viva, de O que sera, de Calice, preparando su próximo disco, imaginando los primeros acordes de una nueva canción.
La puerta del estudio se abre y él se levanta de su sofá de cuero. Tiene la elegancia de un tiburón, la delgadez de un álamo. Extiende la mano, sonríe, se presenta.
Los ojos.
Azules, como prueba viva de que el azul existe.
Allá afuera Río se decide: llover o no llover.
E n otro estudio más pequeño y silencioso, un piso más abajo, se sienta en un sofá, los brazos extendidos sobre el lomo, quemando un cigarro lento. En un monitor funciona sin pausa uno de esos jueguitos de tenis virtuales en el que dos barritas virtuales se devuelven una pelotita virtual con obsesión de máquina.
L a tecnología no me gusta ni la entiendo. No me meto mucho con eso -dice acomodando el cenicero, cruzando las piernas, ladeando un poco la cabeza-. Con mi computadora juego un poco, hasta me gusta Internet..., pero la verdad, me da miedo hacerme adicto. Yo soy totalmente adicto. Adicto. Completamente adicto. A todo. A todo.
Se dice de él que es tímido, serio, grave, intelectual, un tipo casi loco por el fútbol. Pero, claro, hay que dudar de lo que se dice. -Creo que hay una cierta exageración en todo lo que dicen. No soy tan apasionado por el fútbol. Me gusta jugar, y es un deporte que me hace bien, pero no lo hago con pasión . No existe eso de la pasión por el fútbol .
Podría, si quisiera, cortarte al medio con un solo roce de sus ojos. Pero elige acariciarse la cabeza con una mano paciente, se arregla un mechoncito inexistente en la nuca, se acaricia el mentón, frunce los labios. Hace años compró un terreno y montó un club de fútbol donde juega varias veces por semana con conocidos y desconocidos. El club es abierto, cada socio paga una cuota, y lleva por nombre Centro Recreativo Vinicius de Moraes. El equipo de Chico se llama Politheama, algo así como mucho espectáculo , en griego.
-Hay gente que va a jugar y yo ni los conozco. Es bueno que sea así, porque no es fácil juntar el lunes a la tarde gente dispuesta a jugar. Por lo general hay músicos, gente de teatro. Y también van muchos periodistas que saben que existe el campo y cuando me quieren encontrar van allá, entonces después aparece en el diario que no hago otra cosa que jugar al fútbol. Pero yo no soy ni tan serio ni tan jugador de fútbol. Creo que deberían encontrar un término medio.
Despliega los dientes blancos. El fútbol como una de las bellas artes. El fútbol para ser disfrutado tanto en la mesa como en la cancha. El Maracaná llenando de alegría la vida de este hombre a veces con más eficacia que un manojo de canciones.
C uando no compone, cuando está solo en casa, Chico dibuja el mundo. Con lapiz fino, dibuja ciudades que existen y que no. Imagina mapas, planos, dibuja ríos, puentes, canales, dibuja iglesias, plazas, autopistas, dibuja redes viales, mercados, viaductos. A finales de los años sesenta inventó un país entero llamado Tita, en el que los habitantes hablaban un idioma acentuado en todas las sílabas y algunos, como desconocían las consonantes, cantaban en vez de hablar. -Me gusta hacer mapas, pero no sería un buen arquitecto porque no soy un hombre de imágenes. Soy un hombre de sonidos y de palabras. Mis mapas tienen que ver con una fantasía, no con una veleidad artística. Los pongo en la pared, y adiós. Termina siendo bonita esa maraña de calles...
Que no es otra cosa que el esqueleto de sus sueños, una tibia telaraña de duermevela. -Tengo muchos sueños con ciudades. Son sueños imprecisos, de ciudades que se parecen a ciudades que conozco, pero que no son ciudades que conozco. Tengo pasión por las ciudades y por los mapas. Cuando estoy por viajar consigo mapas y me quedo mirándolos, haciendo proyectos. Por supuesto, mis sueños y mis proyectos son mucho mejores que los viajes reales. Hace poco fui a Turquía. Al final no fui, pero fui. Había comprado mapas y ya sabía todo. Conocía Estambul, conocía las calles, conocía algunas palabras, iba a ir a Capadocia. Estaba en París y cuando fui a comprar el pasaje la chica me preguntó si tenía visa. No tenía. No pude ir, pero adoré Turquía aun sin haber ido.
Entonces, en medio de los viajes, de las ciudades y de los mares del mundo, hay un nombre que queda mudo, un nombre que nadie pronuncia. Chico se casó con la actriz Marieta Severo en los años sesenta. Tuvieron tres hijas. Fueron abuelos. El año último, después de tanto y tanto matrimonio, se separaron.
-En realidad, yo ya no estoy más casado.
Dice.
Nadie pregunta y así se queda. Como si fuera la primera dama, el primer drama, el primer amor.
P ero veamos el principio de la historia. El principio de la historia dice que transcurría el año 1944 y era la ciudad de Río de Janeiro cuando nació el niño Francisco Buarque de Hollanda, hijo de Sérgio Buarque -historiador y crítico literario- y de Maria Amélia Cesário Alvim. Creció acostumbrado a la visita cotidiana de intelectuales y artistas, el menor de los varones de un total de siete hermanos en el que se contaban cuatro niñas y tres niños, jovencito dado a la actuación y la interpretación musical, virtuoso guionista de historias de princesas y reyes mandones, papel que, por lo general, se reservaba. Cuando el niño era niño fue monaguillo. Se cocinó desde el primario hasta el secundario en un vapor de colegios religiosos por causa de madre. La leyenda cuenta que cuando el niño era niño sentía cierto temor reverencial por el escritorio donde se confinaba su padre a escribir pero que, sin embargo, dado también a la escritura, no dudaba en mostrarle sus propios cuentos. Víctima de cierta esquizofrenia vocacional, no recuerda qué quiso ser primero, si escritor o músico. Su primer logro fue, no obstante, literario: publicó un cuento -Ulises- en el suplemento de un diario.
-Mi padre me apoyaba. Me hacía correcciones, me aconsejaba leer, leer, leer, leer. El también pensaba que yo sería escritor, pero la música pasó a ocupar todo mi tiempo.
Cuando el niño era niño y llegó a la edad de ocho años viajó con su familia a Italia y vivió allá dos años. Todavía no sabía que terminaría componiendo canciones junto a Vinicius de Moraes, Tom Jobim, Edu Lobo, pero había algo. Un vellón de talento, un relumbrón de genio. Cuando el niño regresó a Brasil trajo en el bolso la carta de una profesora americana, que juraba estar segura de que un día podría leer una novela "writen by Francisco Buarque de Holanda".
-Y a tu regreso perdiste una maleta con todos tus films .
-Si, es cierto, perdí una valijita. Hasta el día de hoy me acuerdo de ella. Era una valijita de cuero bien chiquita, con todos mis films. Imaginate el que abrió aquella valija y vio los rollos que parecían de papel higiénico, sólo tenían dibujados cuadritos de historietas. Era un rollo largo que colocábamos en una caja de zapatos, y lo íbamos enrollando con dos lápices. Pasaba como si fueran los cuadros de un film. Eran dibujos, era una historieta, pero en mi cabeza no era una historia dibujada. Era un film. Miraba por encima para ver si estaba encuadrada, y un cuadrito decía "Te amo, mi amor" y el otro decía "Bueno, pero yo no quiero más este sufrimiento", y así. A veces pienso en el tipo que encontró la valija y la abrió; pienso en ese hombre preguntándose: "Qué carajos es esto".
Cuando el niño era niño, a veces pensaba en la muerte. Al partir para Italia había dejado una nota para su abuela Heloisa: "Abuela, vos ya estás muy vieja y cuando yo vuelva no te voy a ver más, pero voy a ser cantor de radio y vos podrás encender la radio del cielo, si sentís nostalgia".
-Ah.... si, si..., ella todavía estaba viva cuando regresé.
De pronto, como quien recuerda algo que ha olvidado durante mucho tiempo, como quien olfatea el regreso de un recuerdo antiguo, se entusiasma. -¡Ahí yo quería ser cantor! Adoraba la música y me imaginaba que sería cantante de radio; cantaba detrás de la puerta para dar la sensación de que estaba en una radio. Pero cuando crecí, cuando fui adolescente, ya no quería ser cantor o músico o compositor.
Entonces, cuando el niño era niño, metió todo su arte en una caja. Y no fue ni escritor ni músico. Se puso a estudiar arquitectura.
H ola, me llamo Chico Buarque, soy topógrafo." La historia podría contarse así, porque Chico ingresó en 1963 en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de San Pablo y estudió sólo hasta tercer año, pero logró el título de topógrafo. -Cuando comencé a hacer música imaginaba que iba a ser escritor, y en realidad estudiaba arquitectura, pero empecé a cantar, a grabar discos. Al principio era un juego, no me imaginaba como profesional de la música. Los primeros años lo hice pensando que sería un episodio que más tarde o más temprano iba a abandonar. Y nunca lo abandoné.
La fama le llegó temprano. A los 21 años. Una fama arrasadora, que lo transformó en ídolo nacional instantáneo, lo metió en los tocadiscos de todo Brasil y enloqueció a multitud de fanáticos. La responsable fue una canción simple y bonita llamada La banda , que ganó el II Festival de Música Popular, transmitido en 1966 por la Tevé Record. En menos de un mes la musiquita arrasó: vendió más de 300.000 mil discos en Brasil y 1.200.000 en Estados Unidos e Italia. Chico se transformó en un buen mozo dulce, muchacho de buena familia, portador de ojos azules, el hijo que todas querían tener, el novio que todas ambicionaban destrozar a besos.
Pero la ilusión duró poco. Es decir, les duró poco a las madres y a las tías. Chico no era el corderito manso que esperaban. En 1967, un año después de escribir La banda , lanzó su segundo disco y compuso la obra teatral Roda viva . Allí estaba este muchacho bonito haciendo una parodia feroz de la vida de un compositor súbitamente lamido por la fama. De a poco, sus letras empezaron a hacerle cosquillas a la dictadura. Después de lanzar su tercer disco, en 1968, se despertó con la policía dentro del cuarto. Se lo llevaron. Marieta, embarazada de seis meses, lo siguió en auto bajo la lluvia. Lo soltaron a la tarde. Una semana después se embarcó para Europa -el 3 de enero de 1969- y se quedó 15 meses. Regresó a Brasil en 1970. Desde entonces sus canciones fueron prohibidas, mutiladas, censuradas. Recibía citaciones semanales de la policía para declarar. La Red Globo lo prohibió en todos sus programas.
-Empezaron a reprobar mis textos sin motivo, porque no tenían ninguna connotación política. En esa época yo puedo haber escrito, no sé..., media docena de canciones de protesta. Era la guerra. La idea de ellos era: "Te vamos a prohibir todas las canciones, y así no te vamos a dejar trabajar".
Los compositores tenían que enviar las letras a un comité de censura en Brasilia para que las aprobaran, y Chico estaba harto de recibir un "Desaprobado" por respuesta. El camino se estaba agotando, y empezó a pensar en cómo salvarse.
-No diría que tuve coraje porque yo no soy una persona muy corajuda. Yo creo que soy más orgulloso que corajudo, y la censura se estaba metiendo directamente conmigo y con mi orgullo. Si me decían: "No, eso no podés hacerlo", yo decía: "Ah, ¿no puedo?, ya vas a ver como puedo". La cuestión era el desafío, y quizás eso se parecía al coraje. Pero era más el orgullo. Creo que un poco de orgullo no le hace mal a nadie.
Entonces, así como diseñaba ciudades, diseñó otro hombre. Un hombre distinto para ser él mismo. Y nació Julinho de Adelaide.
-Yo sospechaba que mis canciones eran prohibidas por el simple hecho de tener mi firma, entonces hice un truco. Las mandé con otro nombre, y ya la primera que envié la aprobaron. Desde entonces envié todo con el nombre de Julinho de Adelaide, que era un seudónimo, y graciosamente la música que escribía Julinho sí tenía connotación política. Con la complicidad de algunos amigos empecé a dar vida a Julinho de Adelaide. Y él empezó a dar entrevistas.
Julinho no era prolífico, pero sí conversador. Dos periodistas del diario Ultima Hora de San Pablo lo entrevistaron a fondo y él contó su vida, su pasión y su gloria, asegurando que cantantes famosos, como Chico Buarque, estaban cantando sus temas.
-Inventé toda una historia, que su hermano Leonel Paiva lo explotaba y era su empresario. Incluso la madre de Julinho (que era yo) envió unas palabras cruzadas a un diario. diciendo que ella era paralítica y que las palabras cruzadas eran su entretenimiento. El diario las publicó y la felicitó porque estaban muy bien, pero le cambiaron una palabra, entonces ella se enojó mucho porque le habían metido mano a su crucigrama...
Contar el mundo de nuevo para que parezca un poco mejor, con lujo y paciencia de detalles. La madre de Julinho de Adelaide, por ejemplo, era una negra que se había casado con un alemán de apellido Kuntz, había quedado paralítica al dar a luz a Julinho, que tenía a su vez un medio hermano rubio, hijo de papá Kuntz, que era Leonel Paiva, el empresario que lo explotaba sin que él se diera cuenta. En las entrevistas, Julinho se decía orgulloso inventor del samba-dúplex, un samba capaz de cambiar de sentido según la necesidad. "Por ejemplo -decía-, el samba Formosa puede pasar a llamarse China nacionalista , para apartar eventuales sospechas de comunismo." Finalmente, en 1975 y durante un reportaje en el Jornal de Brasil, Chico mató a Julinho de una sola estocada, reconociendo que era él mismo. Todo el malabarismo de tan gracioso invento no le alcanzaba para componer en paz.
-Hay una tendencia, que yo creo que es muy peligrosa, a decir que durante los períodos de represión los artistas están más creativos. Y no es verdad. Cuando descubrieron que Julinho de Adelaide era yo, prohibieron el uso de seudónimos y exigieron que junto con la letra y la música se enviara el documento de identidad. Vos escribís y escribís y sabés que te lo van a prohibir. Te cansa, te hace trabajar con la mitad de tus fuerzas; yo escribí muy poco en esos años. En Brasil hay una nostalgia de la dictadura, que no sólo fue creada por los militares, que existió con el apoyo de una parte significativa de la sociedad. Hoy mismo esto que te digo con relación a la represión como fuerza motora de un artista es sustentado por gente a veces ideológicamente de izquierda, que encuentra que la dictadura es un mal en principio, pero que para los artistas acaba siendo beneficiosa. Yo cargo conmigo una cierta condición de cantante de protesta queriendo o no, pero si bien mi participación en la vida política del país durante la dictadura fue bastante activa, fue como ciudadano, no como músico. Después de 1975 no toqué más en vivo, hasta 1984, cuando volví a presentarme en el Luna Park. En esos años sólo participé de algunos shows para la amnistía, para las familias de los operarios en huelga; fue mi época más politizada, había mucha solidaridad y poca exigencia técnica. Cantábamos todo tipo de canciones, hasta canciones de amor, pero todo lo que hacíamos tenía un profundo significado político.
E s casi medianoche. El cielo sigue enorme, hinchado. A través de las ventanas de un restaurante italiano en cualquier esquina de Ipanema se ve una laguna quieta, presa entre los edificios. Más allá, envuelto en una bruma roja que lo hace casi bonito y suaviza las toneladas de cemento de sus brazos extendidos para siempre, el Cristo Redentor. La viva estampita de Río. Chico, de este lado de la ventana, levanta una copa de vino. Dice que habla francés e italiano, pero no con rigor suficiente como para controlar las traducciones de sus libros. Cuenta entre indignado y muerto de risa, que en uno de ellos la palabra palo hacía alusión al pene, pero un traductor tradujo palo textualmente y la equivocación dio pie a una página y media de errores desopilantes, en la que se hablaba de un pedazo de madera de características insólitas y con extrañas capacidades. La risa del hombre es ronca, llena, gozosa, interminable. Después de la grapa del final tiene la mirada igual que siempre, la frente colorida, la sonrisa generosa.
-Ahora estoy haciendo una letra para la música que me dio mi maestro, Luis Claudio Ramos. La pongo en el auto y voy cantando. Todavía no conseguí escribirla, pero hay dos o tres palabras... No sé todavía lo que va a decir esa canción, pero tiene dos palabras, seguro, que están ahí pidiendo ser cantadas.
De regreso al estudio coloca una cinta en el equipo del auto. Lo que suena, posiblemente, sea la música sin historia que ya tiene dos palabras. Canta y silba y conduce.
-Todavía tengo una cinta con una música de Astor Piazzolla -saca la mano por la ventanilla para tirar ceniza-. Astor me debe estar puteando desde el cielo todavía, porque nunca le puse letra. En 1989 ya hacía diez años que la tenía. Eso sucede a veces, me dan una música y no consigo ponerle letra.
Estaciona en la calle empinada hasta el miedo. Ya son más de las 2.30. En el estudio todos siguen trabajando. Chico se sienta, cruza las manos detrás de la cabeza y tararea sobre una melodía. Toma café en una taza pequeña como un dedal. Entre sus manos largas, la taza parece un conejito apresado por el cuello.
C ompuso música para ballet, para teatro, para cine, compuso óperas y cientos de canciones. Un día cambió las praderas estelares de la música por las pampas más lentas de la literatura.
Corrían los años 90 cuando Marieta le regaló una computadora. Por jugar empezó a escribir. No había proyecto de libro, tampoco quería escribir canciones. La computadora era lo único seguro en un océano viscoso. Pasó 13 meses en casi obsesiva soledad y en 1993 terminó Estorbo .
-Si, ahora también soy escritor, escritor de literatura, porque en cierta forma yo ya soy escritor de letras de música y escritor de textos de teatro y de guiones para cine. Pero literario, rigurosamente literario, sólo puedo decir que soy ahora. Ya había publicado una novela, Fazenda Modelo en 1973. Pero era una novela que ni la puedo considerar una experiencia literaria; era una especie de desahogo.
Fazenda Modelo era la parodia de una sociedad opresiva y oprimida trasladada a una granja. ¿Parecidos con Rebelión en la granja , de George Orwell? Sí. Todos. Chico se ríe, como diciendo: "Pucha digo". -Lo gracioso es que yo nunca leí ese texto. Lo conocía de nombre. Después me di cuenta de que había tenido una idea original que no era original y me rehusé a leer el libro de él. Yo podía haber dicho que era un libro inspirado en su obra, así como escribí la Opera do Malandro inspirado en Brecht, pero realmente el caso de este libro no era así. Era ignorancia mía.
La crítica fue elogiosa con Estorbo pero cuando Chico quiso volver a escribir canciones, descubrió el horror. La música se negaba. Los callos se le habían borrado de los dedos. -Sí, era realmente la venganza de la música. Eso pasó también cuando escribí Benjamin , mi segundo libro, que salió en 1995. Cuando hago literatura me olvido de cómo se escribe música. Es como si yo no perteneciera a ese oficio, como si no fuese compositor. Y cuando me voy a poner a escribir un libro, no sé cómo se empieza a escribir, lo cual es un poco angustiante, pero también muy placentero, porque cuando comienzo a hacerlo es como si estuviese aprendiendo. Es costoso, como aprender a caminar de nuevo. Pero aprender a caminar es algo maravilloso. El terror de la página en blanco aparece siempre, pero se transforma en temor porque la propia experiencia me dice que lo voy a superar. De todos modos, cuando la página está en blanco, sea para un libro o para un disco, a mí me parece que estoy agotado como artista. Además, escribí tanto; escribí para teatro, para ballet, para cine, entonces a veces pienso que ya... que ya escribí de más... Entonces, ¡basta!
Se ríe a carcajadas. Risa llena, risa feliz.
-Y ahí es cuando me voy a jugar al fútbol. En esos casos es bueno jugar al fútbol, porque no pensás en nada. Ahora navega cómodo en los dos ríos. Conoce el glamoroso mundo de los cantantes y el universo un poco menos chispeante de los escritores.
-Yo hago la comparación entre el escritor que viaja y el músico que viaja. El músico que viaja tiene todos los privilegios; si quiere puede llevar a la familia, todos los músicos que quiera, va en primera clase, se hospeda en un hotel cinco estrellas... El escritor va en clase turista, es todo muy pobre, a veces le dan unos viáticos pobrísimos que apenas pagan la cena. Yo conozco las dos maneras de viajar, y lo paso mejor o peor según cómo esté viajando, si como músico o como escritor. Si algún día te digo: "Hoy estoy viajando como escritor"..., bueno, ahí como mal, no duermo en el avión, es una penuria. Pero de ahí a un mes estoy en primera clase, duermo, como bien... "Ah, ahora soy músico." Y entonces voy a los mejores hoteles.
-Muchos piensan que es más serio ser escritor que escritor de letras de canciones.
-Sí, hay personas que consideran eso..., principalmente los escritores. Yo no soy un poeta porque no escribo poesía, escribo letras de canciones que es otra cosa, pero cuando uno hace un trabajo así con seriedad no creo que sea inferior a la poesía. Literariamente es inferior, no hay comparación, pero cuando hago las letras de las músicas no pretendo que sean literariamente comparables a un gran poema. Ahora, encontrar la palabra justa para una mélodía no es un trabajo para un poeta. El mayor poeta del mundo no sabrá escoger la palabra correcta. Es otro tipo de trabajo. Como escritor estoy bastante más equipado que como músico, porque tengo un conocimiento bastante profundo del idioma portugués, y como músico soy mucho más intuitivo.
El año último editó un disco que se distribuyó junto a un libro de Sebastián Salgado sobre los Sin Tierra. Participó, además, en el álbum Chico Buarque da Mangueira y espera lanzar otro en marzo o abril. Todavía no tiene todas las canciones. Dicen que le gusta trabajar contra reloj, que saborea los rigores de la presión, pero él prefiere enarbolar su teoría-acerca-de-la-elasticidad-del-tiempo.
-No es que prefiera trabajar contra el tiempo. Me gustaría tener más, pero cada vez los días son más cortos, los meses son más cortos, el año pasa muy rápido. A mí me parece que es real, no es una impresión mía. Yo creo que el tiempo del universo es elástico y era mucho más largo algún tiempo atrás. A veces pienso que es por la edad, que uno se pone viejo, pero converso con personas más jóvenes y tienen la misma impresión. Igual, para la creación es muy estimulante el ambiente del estudio, el ambiente de grabación. Si tengo la mitad del disco, entro en el estudio y una música trae la otra y vienen un montón de canciones. Eso es lo que sucede y lo que yo espero que pase ahora. El resto va a llegar.
V iajemos hasta el jueves. El lunes, después de la entrevista, Chico ha garabateado un plano y ha indicado la forma de llegar hasta el Centro Recreativo Vinicius de Moraes, el club donde juega al fútbol en Recreio Da Tijuca, separado del resto del mundo por un muro bajito y un par de puertas de madera.
Es jueves al mediodía. Un nene de rulos rubios quita el candado y abre. Achaparrado sobre la barra, un hombre gordo atiende el barcito con mesas de lata. En la pared hay una foto vieja del Politheama completo. Chico está arrodillado con cara de niño contento, felicidad de estadio bajo el sol. Un cartel arenga sobre la inconveniencia de molestar a los concurrentes al club con cosas ajenas a la diversión. Los periodistas, se advierte, son personas indeseables. De modo que allí está la flor y nata de la música carioca sudando con todo gusto al calor de un día nublado. El maestro Luis Claudio Ramos, vestido con una especie de ponchito verde flúo y medias negras hasta las rodillas, aprovecha los momentos previos al partido para corregir una partitura. Vinicius Franca, el productor de Chico, sale del vestuario igual de primoroso, el pelo mojado, una verdadera estrella del Politheama.
-Vinicius lleva la cuenta de la cantidad de goles que hizo -dice Chico-. Más de la mitad de los goles fueron por pases que le hice yo.
Se hincha de orgullo y se va camino de los vestuarios.
-Nuestro equipo es campeón -se ufana apenas sale, con el ponchito verde auspiciado por Umbro-. Jugamos varias veces a la semana, lunes, jueves, sábado, porque si uno no está acostumbrado, si nos toca jugar con este calor y un día de sol no hay quien aguante.
Al costado de la cancha hay un graderío de cemento para el público. El primer partido es el del equipo verde flúo contra el equipo fucsia. Los contrincantes discuten. No deciden quién va a contar los 30 minutos que debe durar el partido. Entonces Chico, dientes blancos, sonrisa de tiburón, se da vuelta y me señala.
-Bueno, basta, el tiempo lo cuenta la mujer, que si no ésta es una discusión de locos. Treinta pares de ojos se me clavan en la nuca y vigilan con celo la marcha del reloj. La pelota se va fuera del campo, el juego se para varias veces y hay que dar descuento. El Politheama avanza como un tanque. Todos juegan con esa elegancia larga y brasileña. Los cálculos del fotógrafo y los míos coinciden, tiempo de descuento incluido y hasta con cierta generosidad. "Terminó", grito. Pero Chico, parado en medio de la cancha con los brazos en jarra, se escurre el sudor y reclama "¡¡¡Falta dar el descuento, falta dar el descuento!!!"
-Ya di -contesto.
-Pero todavía hay más -se clava, levantando el mentón. Camina moviendo la cabeza hacia un lado y hacia otro y le brota la sonrisa de lobo, una vez más. Al Politheama le esperan otros treinta minutos de juego, ahora contra el equipo de ponchitos negros.
La tarde pasa y la vida pasa, y el mundo son esos pocos metros cuadrados de pasto en el Centro Recreativo Vinicius de Moraes. Los chicos remontan barriletes y un altavoz derrama una voz triste por los aleros.
D icen que gustaba ponerles sobrenombres a las personas y a las cosas: así, su primer auto se llamó Clóvis, sus guitarras Nelson, Joaquim, Julieta; fue dueño del tocadiscos Ivone, del grabador Alcantara, de la heladera Frida; a él mismo le decían Chico Buraco, y Toquinho lo bautizó como Chicoria. Por aquella época, Chico fue actor. Actuó dos veces en cine, haciendo el papel de sí mismo: en Garota de Ipanema , al lado de Tom Jobim, Vinicius de Moraes y Nara Leao, y en Quando o Carnaval chega .
-Sí, fue triste, triste. Soy pésimo actor. Me veo y me muero de vergüenza. Con Nara Leao tuvimos un programa que duró muy poco, y decían de nosotros que, en vez de animadores, éramos desanimadores de audiencia. La exposición pública no es para mí... Yo prefiero grabar a tocar en público. No me siento muy artista de escenario. Me siento profundamente artista como creador, pero no como un hombre que exhibe lo que hace. No tengo un placer especial en mostrarme en vivo. Estaba conversando con Gilberto Gil el otro día, nos encontramos en un viaje, creo que íbamos a París. Yo le estaba diciendo que me gusta viajar, me gusta el avión, me gusta llegar a un país extraño, a veces voy a hacer shows fuera de Brasil para disfrutar del viaje..., pero no disfruto del show. ¡Y él me decía lo contrario! Me decía que no le gusta viajar, pero adora los shows; entonces a veces da shows de tres horas porque no quiere terminar, quiere quedarse ahí y piensa: Cuando salga de acá voy a tener que ir al hotel, y voy a tener que andar por la ciudad solo y no me gusta. Yo, por lo contrario, estoy haciendo un show en París y estoy mirando el reloj para ver cuánto falta y pensando: Una hora todavía para terminar. Cuándo llega el momento de irme a cenar y estar solo en mi hotel .
-¿Todavía te tomás un vinito antes de subir, para relajar?
-Bueno, ya tomé demasiado. Ultimamente no estoy tomando. No bebo más. Bebía bastante. Ahora prácticamente sólo tomo cerveza, vino, esas cosas. Para entrar al escenario...., sí; en el último show que hice tomé una copita de vino y un calmante. Lexotanil. Es... casi un pánico, casi una fobia. Pero después que comienza me voy sintiendo a gusto y cuando termina estoy feliz. Felicísimo porque terminó. A veces pienso en hacer shows para tener la felicidad de terminar el show; es una felicidad muy grande. Pero también me hace falta ese sentimiento de estar frente al público, cantando juntos.
-Tampoco das muchas entrevistas.
-No. No me incomoda darlas, pero no me gusta leerlas. Nunca las leo. Me canso de hablar y en las entrevistas termino diciendo siempre lo mismo. Cuando eso pasa, empiezo a juguetear con la idea de mentir, inventar cosas, pero después también me da pereza mentir, entonces repito lo mismo, y lo repito sin creer en lo que estoy diciendo, cansado de oírme. Y después me da cansancio leer aquella voz cansada de decir las mismas cosas, y me imagino a la gente que lee la entrevista diciendo: "Pero este tipo siempre habla de lo mismo".
Es hincha de Fluminense, y en la Argentina estrenó flamante fanatismo por Ferro Carril Oeste. El club le cayó simpático desde que tocó allí en 1997 junto a otros músicos, por el aniversario de la muerte del Che.
-¿Cómo se llaman los hinchas de Ferro? ¿Ferristas? Me cayeron simpáticos.
-Ahí se te vio tranquilo.
-Bueno, tomé Lexotanil y también una copa de vino. Pero el estado anímico varía. Intenté resolverlo con homeopatía, porque a veces parece una fobia de altura, un vértigo, me da la sensación de que me voy a caer. No es miedo al público, o la timidez de que tanto habla la gente.
-Vos no sos tímido.
-No. Yo no soy tímido. Tengo algún pudor, entonces sucede esto: hay artistas de escenario que se travisten cuando están en escena. Yo no, yo soy yo mismo ahí arriba. Quedo muy expuesto porque lo que llevo al escenario es mi propia persona, no tengo una máscara. Por ese mismo pudor es que hago todo en solitario, la literatura y la música.
De pronto, da un cabezazo buscando con la mirada algo que tiene enfrente.
-Pero trabajaste mucho junto a Edu Lobo, Tom Jobim, ¿cómo hacías si no podías componer en compañía?
Cabecea hacia el otro lado. Algo se interpone, evidentemente, entre sus ojos y lo que necesita ver desesperadamente. -Aun haciendo trabajos de a dos trabajo solo, porque Jobim me mostraba la música, yo me llevaba la cinta grabada y trabajaba en casa...
Estira el cuello una vez más, los ojos persiguen una imagen que lo esquiva. - ...cuando estaba lista se la llevaba a él, era un trabajo de a dos, pero no era de a dos. No puedo crear rodeado de gente, porque ahí surge el pudor. Hasta en esos casos trabajo solo porque yo... ehhh.... yo... ehhh..., perdón..., estoy enviciado, mirá.
Levanta un dedo y señala. Desde el monitor, el jueguito de tenis virtual sonríe, maquiavélico, y él no puede despegar la mirada de lo que sucede en la pantalla.
-Perdón, perdón..., es una locura... No consigo mirarte..., no es que sea antipático, sino que estaba mirando ese coso y hace un ratito empecé a pensar "Va a errar, va a errar", ¡y ahora me doy cuenta de que no yerra nunca porque la máquina está programada para no errar! Ladea la cabeza y se acomoda el mechoncito inexistente en la nuca y se ríe tanto este padre de tres hijas, abuelo de un crío de un año y medio. -Mi nieto es maravilloso. Maravilloso. Hasta me pongo un poco idiota cuando estoy con él. Me transformo en un bobo alegre.
Este año la escola Mangueira lo tiene como homenajeado. El samba Enredo habla de su vida y su obra, y mañana a la noche la televisión del mundo disparará imágenes a todos los rincones del mundo de Chico Buarque desfilando por el Sambódromo vestido en verde y rosa, lujoso como para ir de boda. -Es una preocupación terrible el Carnaval. Yo creí que era una diversión y sin embargo..., casi muere gente de stress.
-¿Vas a desfilar por la avenida vestido con plumas y lentejuelas?
-Bueno, me prometieron que mi traje sería discreto. Me prometieron, pero de ahí a que lo sea. Yo no diría que esto me pone orgulloso. Que Mangueira me haya elegido me pone... vanidoso. Es bonito ser homenajeado por Mangueira. Durante un año yo soy la vida de ellos, de los músicos y de los artesanos. Pero la popularidad es muy engañosa. Es muy simpático agradar, pero no podés ser esclavo de eso. Hoy estás en boca de todo el mundo y mañana sos el mismo idiota de cada día. Y en verdad..., mirá..., mi música no es tan popular aquí en Brasil. La verdad es ésa. La música popular en Brasil es lo que ponen en la radio todo el tiempo. Y no es precisamente mi música.
A través de los vidrios del estudio de grabación, Río parece una ciudad roja y azul, caótica, inundada. Es de noche. En algún lugar está el mar. Chico se aferra a una guitarra, se prepara para las fotos, se tumba en un sillón blanco. Abraza las curvas de madera con manos intencionadas. La guitarra se recuesta en su costado, suave como una almendra. Silba, pulsa las cuerdas, suave, clava los ojos como cuchillos.
La guitarra parece carne de su carne, madera cuajada en su costado. Como si fuera una cadera, una cintura. Como si fuera una mujer. En Río hace calor. Y no llueve.
Texto: Leila Guerriero
Fotos: Ruben Digilio
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2Se conocieron cuando ella tenía 12 y él 17 y llevan juntos ocho décadas: “Solo puedo hablar de ella con letras mayúsculas”
3Llamó a su esposa y le propuso hacer un viaje que cambió sus vidas para siempre: “Nos vamos a Alaska tres o cuatro meses”
4Efemérides del 20 de febrero: ¿qué pasó un día como hoy?

