
Levantarse temprano, ¿una pérdida de tiempo?
Charly García, el músico, salió una vez muy temprano de su casa para hacer unos trámites. Dijo que encontró todo cerrado y que levantarse temprano como exigían las convenciones sociales, al fin de cuentas, era una pérdida de tiempo. Dijo que querían imponerle esos horarios personas que, en realidad, no tenían nada que hacer. Aquella anécdota de Charly se me vino a la mente hace un par de meses cuando, decidido a terminar con una serie larga de compromisos que venía postergando, puse el despertador a las 6.30 con la idea de estar activo y en "modo trámite" a las 7.30 u 8. Mi cándida idea era realizar varias diligencias en una misma mañana y llegar a almorzar tranquilo a mi casa. Bueno: no seré el primero ni el último en descubrir a lo largo de la historia de la humanidad que las cosas rara vez suelen salir como uno las ha planeado.
La tesis Charly García sobre la disparidad entre los horarios de los hombres y los de las instituciones me cayó como un balde de agua fría. Todo estaba cerrado. Algunos abrían a las 9, otros a las 9.30 y los bancos (como sabía de antemano y había dejado para lo último), a partir de las 10. Ahora debía hacer tiempo... Algo que, según noté una vez instalado en un café, hacían muchas personas rutinariamente.
Durante muchos años levantarse temprano estuvo asociado a una idea castrense de disciplina y productividad. La realidad es que en los tiempos modernos los relojes biológicos sociales han cambiado: la noctambulidad ha cobrado un peso más grande. Conozco a muchos padres que luego de dejar a sus chicos en el colegio (con un horario a veces ridículamente temprano) deciden hacer un segundo desayuno. Para ellos la jornada laboral todavía no empezó, pero resulta que ya están en la calle activos aunque sin saber bien qué hacer. Entonces emplean ese tiempo para desayunar e incluso para discutir las cuestiones del hogar medio dormidos.
Por un tema profesional (sucede que el periodismo gráfico tiene por lo general horarios vespertinos), nunca tuve la necesidad diaria de apelar al azote feroz del despertador para saltar de la cama. Pero he escuchado muchas anécdotas al respecto. Y no son... como decirlo... "gratificantes". La mayoría suele vivir alterada por la tiranía del despertador que, con el transcurrir de los días del año, la rutina y el aumento del cansancio, puede tornarse una tortura. "Lo que más odio es cuando me despierto 15 minutos antes de que suene el despertador y no puedo volverme a dormir", me dice una amiga que, según me confiesa, nunca logró adaptarse a levantarse temprano. "Lo peor es que te queda el modo tempranero también en los fines de semana... entonces nunca duermo mucho", me explica José ante mi "compleja ignorancia" sobre los madrugones de todos los días.
Suponemos, a esta altura de la civilización, que habrá motivos y argumentos para sostener un esquema de horarios como el actual. Aunque en los últimos tiempos muchos comenzaron a ponerlo en crisis.
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