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"Lo que aprendí del amor de verano": Cuando un romance nace lejos de la rutina

Señorita Heart
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19 de julio de 2019  • 00:16

Ya pasaron varios años desde aquel verano en Colonia del Sacramento. Clara había dejado por fin una relación que había durado desde sus dieciocho hasta los veintitrés, un vínculo que vivió sus tiempos felices, pero en el que se había acabado el amor. Luego de la separación, decidió que era tiempo de volver a reencontrarse con aquellas puestas del sol incomparables, las fachadas antiguas, las esquinas adoquinadas y la plaza del casco histórico en donde había sido testigo de ferias, competencias del baile de La Lambada y carnavales en su infancia.

Deseaba explorar las viejas pulperías, ¿seguirían abiertas? Había visitado alguna un par de años antes, estando de novia, y quería descubrir si aún acontecían aquellos encuentros musicales tan íntimos, donde podía deleitarse con voces desconocidas, aunque no por ello menos bellas.

Paseos.
Paseos.

Un amor de película

Fue en uno de esos rincones fundidos en el viejo barrio, que lo conoció a Germán, un joven de su misma edad, alto, de pelo castaño oscuro, nariz apenas aguileña y una sonrisa de niño eterno. Esa noche, envueltos por la magia de la atmósfera, aquellos dos desconocidos estiraron las horas para detener el tiempo, que parecía correr acelerado, al control de una conversación de dos seres impactados por su atracción, "que no era solo física, sino emocional e intelectual", reflexiona hoy Clara al respecto. "Soy de las que cree que uno gusta del cuerpo físico y de los olores del otro, entonces hay química y atracción, después gusta de su corazón e intelecto, entonces se produce el enamoramiento. Aunque claro, a veces ni todo eso junto es suficiente para el amor".

Ese primer encuentro le dio comienzo a una historia que Clara jamás olvidará en su vida. Faroles de luces cálidas, días en las playas típicas de la zona, tardes de cerveza y noches de largas conversaciones y pasión. Él le mostró lugares que ella desconocía y lo mismo hizo ella por él; fueron de la mano juntos y se volvieron inseparables para cada programa de verano, como si fueran una pareja de toda la vida. Había algunos aspectos que los distanciaban, como el hecho de que habían crecido en barrios muy lejanos y distintos en Buenos Aires, que su nivel socioeconómico no coincidía, así como el hecho de que él era un fiel creyente católico y ella era agnóstica. Sin embargo, parecían ser apenas detalles incapaces de opacar su profundo magnetismo.

Una pulpería escondida.
Una pulpería escondida.

Un giro inesperado

Los días transcurrieron plenos, y en una nochecita de lluvia intensa, refugiados bajo un techo de un puesto ferial, él le confesó que se había enamorado, que jamás había sentido algo tan intenso y que se creía capaz de conquistar el mundo a su lado; le expresó, con ojos empañados, que deseaba que lo de ellos fuera más que un amor de verano. "Jamás voy a olvidarme de ese día, estábamos volviendo de un paseo en la costanera, ahí donde están las rocas, cerca del faro, cuando nos sorprendió la lluvia. Echamos a correr hacia mi hospedaje, pero decidimos parar ahí, en la plaza desierta. El mundo parecía nuestro", recuerda ella. "Fui la mujer más feliz".

El día anterior a la partida de Germán, acordaron encontrarse para ver el atardecer juntos y ella acudió más alegre que nunca al lugar de siempre. "Él tenía una cara que jamás le había visto, sombría, preocupada y enseguida supe que algo estaba mal y me subió una angustia indescriptible. Le pregunté qué le pasaba y, casi como si fuera un extraño, me dijo que le parecía la mujer más hermosa y perfecta del mundo, pero que lo nuestro no podía ser. Me dejó llorando cuando se fue", cuenta Clara emocionada.

Sin poder hallar una explicación lógica, a la mañana siguiente la joven amaneció dispuesta a buscarlo antes de su partida, pero justo antes de abandonar su hotel, el conserje la frenó y le entregó una nota. "En la misma decía: `Mi papá siempre dijo: perro que va sin que lo echen vuelve sin que lo llamen. Con esta nota quiero decirte que me arrepiento de haberme ido y que quiero que lo nuestro siga y crezca en Buenos Aires´".

Atardecer.
Atardecer.

La vuelta a lo ordinario

Fueron novios durante tres meses. Buenos Aires tenía otro rostro, otra rutina, otra realidad y ya nada fue ni se sintió igual. Aquella dimensión paralela que habían significado las vacaciones, resultó ser tan solo un espejismo distanciado de su verdad.

"Mi amor de verano me dejó rota en un comienzo, pero después me trajo un gran aprendizaje", afirma Clara. "Me develó que en este mundo hay personas que solo se permiten ser y sentir de manera pura cuando están alejados de sus mandatos y roles asignados. Que viajan o se alejan de su mundo conocido para escaparle por un momento a su realidad, pero que ese viaje es tan solo una burbuja aislada del tiempo lineal, del que no son capaces de escapar. Germán no se animaba a presentarme a sus padres, porque no representaba el ideal de mujer que ellos habían imaginado para su hijo. Yo no pude sostener su capacidad de fingir una doble vida. Conmigo era de una forma, con ellos se transformaba".

"En definitiva, siento que por eso los amores de verano suelen culminar a la vuelta. Creo que a muchos hombres y mujeres les sucede como a Germán, que de vacaciones barren sus mandatos bajo la alfombra. Allí, lejos de las obligaciones y las etiquetas, nosotros dos éramos iguales, estábamos despreocupados y éramos capaces de entregarnos únicamente a los deseos del corazón. La ciudad, en cambio, nos embarró con sus reglas. En definitiva, aquel amor de verano me mostró que lo que quiero en esta vida es a un hombre que no necesite de viajes, escapes, ni dobles vidas para acceder a posibilidad de un breve tiempo para poder ser de manera auténtica", concluye.

Si querés contarle tu historia a la Señorita Heart, escribile a corazones@lanacion.com.ar con todos los datos que te pedimos aquí .

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