
Lo que se aprende de una traición
No hay dudas de que la traición, esa cruda y vil que clava su daga en el alma del traicionado, es de las cosas que más duelen en la vida.
Muchos han clausurado el camino del alma por culpa de ese sentir arrasador, producto de que aquella persona a quien se había abierto el corazón, de repente, modifica la actitud y se muestra como enemigo, pegando donde duele más porque, justamente, sabe dónde pegar por la confianza que le fue conferida en su momento.
"El que avisa no es traidor", dice con razón el refrán, y esto es así porque una de las condiciones que tiene la traición es que no ofrece demasiados signos previos y, si los ofrece, no son visibles para aquel que confía.
El traidor en serio es aquel que sabe que genera confianza por parte del confiado, nutre esa confianza, la riega cada día y luego? traiciona sin más.
Es verdad que lo mejor es ser leal a los valores que nos unen a las personas, más que a las personas mismas. Ser leal a alguien no es serlo con sus caprichos o sus veleidades, sino con los valores que tercian en la relación, a los afectos que nutren el vínculo, siempre en nombre del bien recíproco y en un marco dentro del cual esa lealtad con alguien no signifique la traición a los propios valores o a la comunidad a la que se pertenece.
Hay falsas traiciones, como la que los amigos de adolescencia dicen sufrir por parte de aquellos que, por el natural devenir de las cosas, dejan de frecuentar los mismos lugares de antaño. O la falsa traición al lugar de origen de la que a veces se acusa a quien partió para sumar nuevos horizontes, sin por ello renegar del lugar desde el cual partió. Muchos acusan de traición a los otros para manipularlos o, al modo de la "Cosa Nostra", maniatarlos en nombre de una lealtad falsa de la que siempre hay que cuidarse para no ser manipulados.
Pero hay traiciones de aquellas, esas que son imperdonables, como esas falsas promesas de amor calculadamente pronunciadas, que entran por las grietas de la personalidad de aquel que será traicionado una vez que abra su corazón, ese mismo corazón que, luego, será saqueado sin contemplaciones.
Quizá por eso en la Divina Comedia el traidor es considerado de lo peor, y para él es reservado uno de los lugares más ingratos del infierno. El traidor de verdad, ese que traiciona a conciencia y a mansalva, no lo es por ser leal a otra causa por la cual abandona al traicionado, sino porque desea, conscientemente o no, el mal de aquel que le otorgó la confianza que luego será quebrantada. La envidia, el rencor y el resentimiento son elementos que forman parte de la traición, y, si bien es verdad que los perspicaces pueden ver esos elementos oscuros en cualquier relación y "avivarse" a tiempo, en los hechos los traicionados han sido ciegos a esos signos y se han expuesto a la puñalada sin verla venir.
Lo que más daña de la traición es que lastima el sistema de confianza en la propia percepción que tiene el traicionado, generando un sismo afectivo que demorará en sanar? pero se sanará si se aprende de la experiencia en vez de clausurarse para los futuros vínculos por miedo a que las cosas se repitan.
Esa sanación es posible cuando se percibe qué fue lo que causó la ceguera ante los signos de la traición que se venía gestando. Una vez despejada la mirada de esa ceguera, se podrá volver a confiar con la perspicacia que no se tenía el día de la puñalada. Por eso, la traición parece destruir, pero no: se aprende para la próxima. Nada es mejor para una confianza herida que una confianza más inteligente por haber aprendido del dolor, que ayude a abrir las puertas, pero no sin antes mirar bien quién está del otro lado.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta
@MiguelEspeche







