
Locos por la salsa
Cada vez más gente se deja seducir por el simple placer de bailar. Profesionales, estudiantes, niños, solteros y casados hicieron de los ritmos del Caribe una pasión argentina. Y dicen que, cuando se empieza, es difícil quitarse el vicio
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HAY dos cuerpos a punto de perder sus límites. El brazo del caballero está fundiéndose en la espalda de la dama; la mano de la dama se disuelve sobre la del caballero, y los vientres se frotan como lámparas a punto de parir algún chispazo. La salsa es una mezcla peligrosa. Cuando la piel se unta con la pasta tibia del Caribe, y las caderas baten el aire con sensualidad furiosa, y los sones cadenciosos golpean la carne como pompas de azúcar, entonces es demasiado tarde. "Es un vicio, esto. Una vez que te enganchás, se te crea otra responsabilidad. Estás en el trabajo y ya pensás que a la noche venís a bailar. Y aunque al día siguiente te tengas que levantar temprano, te mandás igual".
Rodolfo Bradelli nos introduce en un tema que podría alimentar las fauces de varios talk-shows: "Soy salsero compulsivo y no me interesa curarme"; "Mi marido gasta el sueldo en discos de merengue"; o "Mi esposa me habla como Celia Cruz" son títulos capaces de dar de comer al Show de Cristina o a Karin Cohen. Y es que, en los últimos años, los ritmos caribeños recolectan adictos sin distinción de edad, sexo o profesión. Son las 12 de la noche de un viernes, y Rodolfo está absolutamente enajenado. El calor le late en cada poro, brota húmedo de los plieguecillos del cuello y muere sobre una panza con espacio para dos husos horarios. El hombre baila como en sus mejores años de boliche. Claro que los tiempos son otros: en vez de negra cabellera, gracias que hay cabellera; en vez de economía estudiantil hay diploma de cirujano; y en vez de The Carpenters suena el Canario Flores. "Hace dos años que tomamos clases con mi señora, y venimos para desenchufarnos. Solamente falto cuando al otro día tengo que operar".
Los pacientes de Rodolfo, no obstante, correrán peligro en caso de someterse los viernes. Los antros salseros sólo abren sus puertas los fines de semana. Durante los días hábiles, muchos suelen dar clases a la tardecita, y algunos pocos ofrecen una trasnoche de jueves. "Lo bueno de los horarios es que contemplan a la gente que trabaja. Empecé a venir porque me daban los tiempos, y porque mi novia me trajo".
La biografía no autorizada cuenta que Emmanuel Pereiro decidió acercarse de puro celoso. Su dama, una princesa de ojos diáfanos y voz granulada, era un peligro suelto entre tanto varón. Y ahí llegó él, con sus veintidós años y el cansancio bien perdido en la espalda. "Trabajo de lunes a lunes animando fiestas infantiles, e incluso hasta hace un tiempo también estudiaba y me tenía que levantar a las seis de la mañana. Pero si hacés algo que te gusta no sentís el agotamiento".
Para los más apasionados, el reposo es un tajo delgado, casi un accidente, que ocurre unas pocas horas al día. "Mañana me toca dormir, el miércoles voy a la clase y el jueves vuelvo a dormir".
Claudio Bucafusca se ríe como si fuera un chiste. Cuatro veces a la semana, viaja desde José León Suárez hasta el Salsón, en pleno Chacarita, para entregarse a las huestes del cachengue. Como los lunes tiene ensayo con el Grupo Salsón -con el que se presenta en shows- suele volver a casa a las dos de la mañana. La gracia desaparece cuando, a las cuatro y media, hay que levantarse para estar a las seis en la línea de producción de una fábrica de coches. "Pero me la banco porque es terapéutico, me carga las pilas y me da mucha alegría. Aunque llegue agotado, escucho salsa y cambia todo".
-¿Escuchás algún otro tipo de música?
-Sí: merengue.
Otra vez, Claudio y sus chistes de mentira. Lo cierto es que los sones caribeños tienen algo que hipnotiza. "Te vas encerrando un poco -concede, con el gesto orgulloso de los buenos culpables-. A mí me pasaba que escuchaba muchos temas en inglés y no entendía la letra, y por ahí me estaban mandando a saludar a mi vieja y yo ni me enteraba. Con la salsa, por lo menos entiendo."
Las letras, sin embargo, son tan relevantes como un tema en afgano. Lo que aceita los talones hasta llevarlos al ruedo, lo que conmueve las ganas y cansa el cuerpo, lo que atrapa con garra inclemente, es el ritmo. "La gente está acostumbrada a bailar sobre una percusión porque desde hace doce años que en las disco se escucha marcha -asegura el profesor Luis Picún-. Y el merengue se parece mucho a la marcha, porque tiene el mismo golpe. La salsa, en cambio, es más rica. Si a esto le sumás que el baile es gustoso, que te conectás con la gente de otra manera y que podés cantar las letras, no te dan ganas de ir a los boliches comunes".
El folklore de los boliches comunes es un collar de clichés inevitables: solitarias perpetuas moviéndose sobre un parlante, chicos que no logran sobrevivir sin un drink, un cigarillo (ambos en la misma mano) y una columna donde recostar los bíceps; y miradas retóricas que sólo sirven para constatar que el mirador está siendo mirado.
TODO este tratado práctico de la histeria muere en las salseras. Allí, el caballero -que debe saber bailar, al menos, los pasos básicos- invita a la dama. Si la respuesta es afirmativa, el dúo danzará siempre bajo el mando masculino. Y una vez terminada la pieza, el hombre agradecerá a la mujer. Porque entre tanto calor turgente, siempre hay espacio para el respeto. "Cuando era adolescente, odiaba que todos mis amigos salieran a bailar. Me la pasaba sentada, apretada, ahogada por el humo y sorda por la música".
El caso de Gabriela Neto podría servir para una publicidad de telecompra: Vivía asfixiada, aburrida, mis ratos de ocio no tenían sentido... hasta que probé salsa. Tú también puedes hacerlo con sólo abonar entre dos y quince pesos por sesión. ¡Inténtalo ahora, iama iá!
Desde que Gabriela se animó a cambiar su rutina, viaja tres veces por semana desde Florida hasta el Centro. Sólo para tomar clases y bailar.
"Y un, dos, tres... muevan las caderas. Vamos, sonrían, un, dos, tres. Hombres, mujeres, no se queden solos. A ver esas parejas".
Sobre la pista, decenas de cuerpos se menean parecido: un pasito para acá, un pasito para allá. Hasta que el profesor dé la orden de largada: a buscar pareja. Y como en los bailes de la escoba, la fortuna ofrecerá un compañero inesperado. Mucha gente va a bailar y a tomar clases sola. Porque una vez adentro, la compañía llega sin necesidad de buscarla.
Flores de juventud asiendo cinturas cincuentonas, matrimonios en idilio de fin de semana, enamorados a primera vista, médicos y amas de casa, abogadas y desocupados, novios y novias, psicólogos y Doritas, se trenzan dóciles como cabellos de ángel. "Femeninas, por favor -arenga, suplica, Luis Picún-. Femeninas, que si no no las van a mirar".
En medio de la marea de gente en pleno contoneo, hay un duende intensamente seductor. Tiene nueve años y el embrión fatal de una Lolita en ascenso. Rocío, se llama, y tiene los ojos de almendra más impúdicos del pago. "Una vez acompañé a mi mamá y me gustó la clase", dice con su voz de grillo. Así de simple, así de leve. Rocío baila al natural con quien se le atreva, en plena medianoche y sin intenciones de parar. "Ahora nosotros venimos a acompañarla a ella -cuenta Ana, la mamá-. Vivimos a siete cuadras, pero cuando no la podemos traer le pedimos a un remisero que la traiga y la devuelva a casa. De todos modos, tiene permiso para quedarse hasta apenas pasadas las doce".
A pocos metros, la nena se divierte en brazos de un cuarentón con anteojos espesos. La publicidad de telecompra, entonces, podría agregar que la salsa también une generaciones. Y por qué no clases sociales. "Hoy, el aguante en las bailantas se hace con salsa, y en varios de los hoteles más caros del país se baila salsa. Si la música popular es la que atraviesa todas las capas, por lo tanto la salsa es una música popular".
El razonamiento hipotético-deductivo brota de la voz rasposa de Sergio Leonart, un especialista en difusión mediática. Desde hace seis años conduce El Salsón, un programa que difunde lo que usted imagina y sale todos los sábados, por FM Ritmos Latinos. "Antes me dedicaba al rock, hasta que un amigo me pidió que lo ayudara con un boliche de salsa que acababa de poner. Yo tenía que hacer de clown de seguimiento: imitar a las personas que daban vueltas por ahí. De tanto copiar, terminé enganchándome yo".
De fondo, empieza a sonar el hit de siempre, el inamovible desde hace cinco años. Vivir lo nuestro, de Marc Anthony e India, es algo así como el Top Ten Leader del Mundo Caribe.
Peppe cuenta su lección: su mamá tomaba clases y él había asistido a algunas. Hasta que un buen día, decidió incursionar en el dancing. Y ahí fueron Peppe y su oscuridad: pantalón negro, musculosa negra, zapatos negros, medias negras y campera de cuero negra. Peppe no iba a un recital de The Cure. Simplemente, venía de bailar marcha y esas cosas, y cayó como un escarabajo fuera de pozo.
Un señor de seguridad se lo hizo notar:
-Por favor, ponete la camisa arriba de la musculosa. -Lo único que tengo es una campera de cuero, pero me parece una locura. Me parece que me voy a deshidratar.
Venció Peppe. A la dueña le causó ternura y le perdonó la desnudez por esa única vez. Pero de entonces en adelante, cumple con las reglas de indumentaria con más rigor que Tito Puente.
La tradición tiene lógica: en el Caribe, la salsa, el merengue y el mambo suelen bailarse en clubes llenos de lujo. Las arañas de cristal cuelgan del techo, las barandas bajan las escaleras con pies de bronce, y la ostentación toma la forma del esfuerzo. Así como en las favelas se ahorra para el traje de Carnaval, el pobre de América Central invierte parte de su hambre en lindos trajes.
"Las mujeres tienen que venir las más bonitas, las más guapas. Imaginate que vas a un casamiento o una fiesta de quince, así. Nosotras siempre decimos que hay ropa de calle y ropa de salsa. El movimiento se luce mejor cuando la mujer está con pollera y el hombre con pantalón pinzado".
Patricia Guilenea habla desde su jeans y su buzo estampado con la cara de Mafalda. No es momento para dar batalla: los lunes, a las ocho de la noche, es tiempo de ensayo. Desde hace poco más de un año, Patricia practica para presentaciones con el Grupo Salsón. Aparte, trabaja en una oficina y da clases de gimnasia. "Pero la diferencia es muy grande. La gente es distinta: en la salsa hay interacción, mientras que la gimnasia es más individual".
La salsa, señora, señor, no sólo tonifica los músculos: mediante su innovador sistema de interacción creativa, le permitirá establecer tantas amistades como parejas de baile usted integre. Iame ahora, iame iá, y siga el ejemplo de Mirtha Bogado: antes de ingresar en el club, tenía algunos problemas de peso. Las clases de aerobics eran monótonas, aburridas, y su váscula arrojaba siempre el mismo resultado. Hasta que llegó la salsa. Ahora, Mirtha tiene una cintura no apta para cardíacos, y las curvas perfectas de una carretera de Manhattan.
La compra viene con satisfacción garantizada: usted puede hacer la prueba, acercarse y retirarse en caso de disgusto. Al principio, el movimiento de caderas puede rechinar como un lumbago. Para eso, nada mejor que entregarse al dolor. Con la práctica y los días, el contoneo se vuelve más dócil y blando. Finalmente, cuando el ritmo lo invada hasta caldearle las ganas, la canción será otra. Usted estará trabajando, y pensará en eso. Estará en el subte, y pensará en eso. Estará en reuniones serias, y pensará en eso. La obsesión, entonces, se habrá hecho costumbre. Y ya no habrá nada que hacer.
Oye, chico, aquí es donde se baila
Salsón: Alvarez Thomas 1166, 637-6970. Viernes y sábados, a partir de las 24. Entrada: $ 10 (con consumición). Clases: lunes a viernes, a las 19. Los viernes, clases a partir de las 21.
Azúcar: Corrientes 3330, 865-3103. Viernes y sábados a la medianoche. Entrada: viernes, damas, $ 5; hombres, 10 (con consumición). Sábados: 10. Clases: martes y jueves, a las 21.30, $ 3.
La Trastienda: Balcarce 460, 342-7650. Sábados desde la medianoche. Entrada: $ 10.
Dónde aprender
Danzario Americano: Sánchez de Bustamante 1187, 963-3917. Clases de lunes a jueves, a las 19. Matríciula: $ 30. Abono por ocho clases, $ 50.
Centro Cultural Ricardo Rojas: Corrientes 2038, 951-6060. Salsa y bailes populares cubanos: lunes y jueves, a las 17 y 18. Inscripción previa.
Loco por la salsa
MI generación (tengo 49 años) fue la última que bailó; entendámonos: fue la última que bailó en pareja, estudiando de reojo las vueltas y los pasos de los otros, practicando antes de ir a bailar, esperando el sábado para estrenar una maniobra destinada a asombrar a los demás. Entre los 12 y los 15 no me acuerdo haber hecho otra cosa, no recuerdo que hubiera otra cosa que me interesara más. Fue justo después del virtuosismo del rock´n roll de Presley, justo antes de los recitales del rock nacional en que ya se iba a mirar y no a bailar: la primera vez que fui a un recital creo que fue al Barock 1, del cual me aburrió que no hubiera nada que se pudiera bailar.
Por supuesto, terminó gustándome esa música más que las cumbias, la bamba y el twist que había bailado a los 13 años, pero me di cuenta, con una suerte de melancolía anticipada, que estaba dejando un mundo físico, mersa y colorido por un entretenimiento más pasivo e intelectual.
Será por eso que cuando, 30 años después de aquella despedida, me tocó por diversas razones empezar a viajar a menudo a Colombia, me encantó ver que la gente bailaba con cualquier pretexto, y frecuentemente sin pretexto ninguno. En Bogotá, en Medellín, simplemente se baila: o sea, no es algo que haya que aclarar, calcular, planificar; se baila como se habla o como se toman tragos, como parte de cualquier salida o reunión; la gente baila como los perros ladran y los caballos galopan, simplemente porque tiene dos piernas, dos brazos, una cabeza, y la capacidad de mover todo eso de un modo celestial. Lo raro es no bailar: sería, mejorando las metáforas animales anteriores, como si uno fuera un pájaro y se la pasara caminando de un lado a otro.
Así fue como descubrí de nuevo que bailar me gusta casi más que cualquier otra cosa en el mundo. Se podrían hacer, desde luego, tratados completos en alabanza al vino y al amor, y para un escritor un verso logrado es una conquista como la conquista de un planeta; pero la de bailar es una felicidad específica que reúne la felicidad física del sexo con las sutilezas tácticas del verso, un raro lugar de cuerpo y cultura, síntesis y elevación. Para mí es, entonces, una pasión a la vez temprana y tardía, renacida cuando ya no espero ser tan buen bailador de salsa como poeta: peso bastante, fumo demasiado, el ejercicio me aburre y mis fallas aeróbicas me deprimen.
No es que lo haga, según mi propio juicio, tan mal, ni que no le dedique tiempo: pero después de siglos de despotricar contra los hobbies, cuando empezaba a sentirme vagamente un escritor, que es lo que siempre quise ser, me ha tocado ahora ser, como bailador, un simple aficionado; lo cual, para uno bastante perfeccionista como yo, es un poco desesperante. Me busco ejemplos que me consuelen: Montale era un excelente poeta, uno de los mejores del siglo, y como pintor no pasa de ser simpático; a veces, muy simpático, sin superar ese nivel. Bien, me digo: en tanto no hay esperanzas de sobresalir, quizás esta nueva-vieja pasión por la salsa sea más generosa, incondicional, que la de escribir; a lo mejor, está más lisa y llanamente orientada hacia el placer que hacia la obtención de resultados. Sin embargo, no dejan de ser consuelos: la verdad es que a menudo sueño que estoy bailando extraordinariamente bien; como ustedes comprenderán, el problema es que no puedo estar durmiendo todo el día.
El autor es poeta y director de Diario de Poesía






