
Los enemigos de la camorra
En Nápoles, la ciudad con más delitos de Italia, agentes de civil armados hasta los dientes y a bordo de motos de gran cilindrada miden sus fuerzas con la mafia organizada
1 minuto de lectura'
Cada año, en Nápoles -la ciudad con el índice de delitos más alto de Italia- son asesinados casi setenta propietarios de comercios, hay cuatrocientos turistas asaltados y miles de personas que sufren robos de toda clase. Para combatir a los criminales, que se ocultan en un intrincado laberinto de callejones inaccesibles para los vehículos, la policía creó el cuerpo de los Halcones, una fuerza única de agentes vestidos de civil que patrullan las calles montados en motos poderosas, con la esperanza de resolver y -siempre que sea posible- prevenir los delitos. Es una misión riesgosa que suele llevarlos hasta la puerta misma de la camorra... la mafia napolitana. Y por esa razón, han llegado a ser conocidos como los "blancos en dos ruedas".
Cada mañana, a las ocho y cuarto, salen por la puerta trasera del edificio de mármol blanco situado en el centro de la ciudad. Montados en sus motocicletas, vestidos de civil, armados y nada queridos por el público. Son policías. Frente a ellos está Nápoles, impredecible y despiadada como el mar, y en particular las peores zonas de la ciudad: las zonas en las que ladrones, arrebatadores, carteristas, estafadores, vendedores de droga, reducidores de productos robados y chicos de la calle se juntan como maleza, exuberante e invasiva, hasta convertirse en una jungla. Así, el combate es de treinta hombres contra miles, incluso decenas o centenas de miles. Es su cotidiana batalla de las Termópilas, condenada a no resolverse nunca en victoria ni en derrota. Recomienza cada día la misma lucha, la misma dinámica y la misma estrategia, la misma línea en la arena que marca la frontera entre los que viven del delito y los que arriesgan su existencia para combatirlos.
Los Halcones son un escuadrón policial de civil único en Italia, que fue creado en la década de 1970 como unidad antirrobo. Está formado por 60 agentes voluntarios, todos ellos motociclistas consumados, cuyo salario básico es de apenas 1300 euros mensuales... 1500 para los extraordinarios. Son hombres de los que el comisionado policial de Nápoles, Oscar Fiorolli, me dijo: "Llevan el oficio en su ADN". Si no fuera así -y quedé convencido después de seguirlos durante unos días- no durarían ni un mes.
Para ellos la moto es un arma, un elemento vital en una tarea que exige agilidad, eficiencia y la velocidad de una pistola. Y un conocimiento casi perfecto del trazado de esta ciudad, con sus barrios españoles, la Forcella, el Pallonetto, que constituyen una intrincada red de callejuelas apenas más anchas que los manubrios de las motos, con empinadas escaleras que bajan de las colinas y estrechos cañones de casas decrépitas en los que rara vez entra el sol, y que crean un oscuro refugio para cualquiera que tenga buenas razones para ocultarse. Y la moto (un modelo Aprilia de gran resistencia) es el único medio de darles caza, de saltar sobre las veredas o de bajar los tramos de escaleras.
La tarea asignada es la constante búsqueda de criminales que operan en las sombras, lejos del centro de atención. "En el curso de los primeros seis meses de este año hicimos casi trescientos arrestos", dice el jefe de los Halcones, el comisario Pasquale Toscano. "Esa cifra no puede compararse con la de New York". Por supuesto, Nápoles no es New York: es peor.
Dos hombres, que se cuentan entre los veteranos del escuadrón (están cerca de los cuarenta años) han estado cumpliendo ese rol durante 12 años. En la frecuencia policial se los llama "Halcón 7", por razones prácticas los llamaremos Totò y Peppino ("es mejor no publicar sus nombres verdaderos"). Son amistosos y afables, tienen un apetito de león y no son exactamente la clase de personas con las que uno querría enfrentarse en un ring de boxeo. "Siempre trabajamos con ropa de civil", dice Totò, "pero todos los criminales de la ciudad nos conocen de vista y pueden localizarnos a un kilómetro de distancia. Y en realidad así funciona mejor: la prevención del crimen es más eficaz. Cuando oyen el ruido de nuestras motos, interrumpen lo que están haciendo y escapan como ratas. De toda la fuerza policial, nosotros somos los únicos a quienes lo criminales verdaderamente temen, y los únicos por los que sienten verdadero respeto".
La prueba de ello, según Totò, es el apodo que les han adjudicado los delincuentes: los autos policiales con todo su equipamiento electrónico son conocidos como "Robocops", las camionetas policiales son "Stranamore" (una referencia al superficial programa de TV del mismo nombre), y los motociclistas de uniforme son conocidos como "CHiPs". Pero los Halcones son simplemente "los guardias", un apodo engañosamente simple que oculta una dosis subyacente de genuino temor reverente... esos términos nada burlones no se usan con levedad en el submundo de los malvivientes. "Nos respetan", prosigue Totò, "porque somos de la misma calaña que ellos; crecimos en sus barrios, hablamos su misma lengua, conocemos las leyes de la calle y dominamos su mismo juego. Sabemos cómo tratar a un canalla para convertirlo en informante, y cuando no quiere hablar usamos una buena técnica de persuasión. No se puede hacer nada de eso cuando uno lleva uniforme: el uniforme es un obstáculo".
Cuando dice "hablamos su misma lengua", Totò no se refiere tan sólo al dialecto, sino a algo más complejo, una suerte de especialización antropológica que requiere conocimiento de gestos específicos, apariencia, dinámica grupal, expresiones y costumbres, tales como saber de qué manera humillar al adversario, o salir bien parado del enfrentamiento. Peppino dice: "Una vez me topé con dos idiotas en ciclomotores que estaban corriendo por el Corso Umberto Primo (una calle céntrica de la ciudad) en una sola rueda, sin fijarse si atropellaban a los peatones. Los detuve, y los obligué a abofetearse entre sí. Terminaron golpeándose en serio, y creo que por un tiempo eso les enseñó la lección".
La vida en Nápoles es una representación teatral colectiva: una paradoja social, una comedia que constantemente deja a los espectadores sin saber si llorar o reírse. Es tal como la gente decía de Africa en la época de las colonias inglesas: Africa gana otra vez, queriendo decir que para sobrevivir uno tenía que adaptarse a las costumbres africanas. Esta idea se resume en una postal pegada en la pared de la oficina de los Halcones, en el cuartel general de la policía, entre un calendario con imágenes de San Miguel Arcángel, crucificado por decreto, y un retrato de Falcone y Borsellino, dos fiscales sicilianos que fueron asesinados por la Mafia tras haber dedicado sus vidas a la lucha contra esa organización criminal. La postal dice: "Abandonad toda esperanza los que entráis aquí", y no está claro, ni tiene importancia, qué parte de esa pared es la que representa al infierno.
Esto es la "napolización", la versión local de la "africanización". Para los Halcones significa tener que elegir entre respetar un decreto oficial que establece que deben usar cascos cuando están de servicio, algo que podría dejarlos en el lugar equivocado en el momento equivocado y confundirlos con un asesino de una banda rival -sólo los asesinos contratados usan cascos, para ocultar su identidad- y provocar que los baleen (es algo que ha ocurrido), o ignorar la orden y salir sin casco, lo que les evita el riesgo de ser baleados, pero que los pone en peligro de muerte si chocan con su moto durante una persecución a través del tráfico (eso también ha ocurrido). Totò dice con sinceridad: "Soy valiente, pero el miedo es quien me cuida". Su compañero confiesa: "Es mejor perder la cabeza que recibir una bala de 9mm en el estómago".
Salimos de la jefatura de policía a las ocho de la mañana, demasiado temprano para haber abandonado ya toda esperanza. De patrulla, Totò y Peppino permanecen alerta, atentos a todas las señales. Los Halcones pueden ver cosas que nosotros pasamos por alto, de hecho perciben todo a su alrededor, desde lo que ocurre en los umbrales, del otro lado de los postigos entrecerrados, en los zaguanes: las miradas desconfiadas de la gente, sus ojos que nos observan como predadores. Recorremos el laberinto de callejuelas... siempre las mismas, siempre siguiendo la misma ruta. "Eso mantiene bajo control a los que nos cruzamos. No queremos hacer nada raro".
Cuando entramos a Rione Sanità, un chico de guardia en una esquina hace una señal, y un momento más tarde dos hombres en una moto aparecen detrás y nos siguen por unas cuadras, antes de desaparecer nuevamente. "Esos eran ojos", dice Peppino, y los enviaron, me explica: "Para controlar quién ha entrado al barrio".
Seguimos circulando (una mujer gorda está sentada frente a su casa, en el medio de la callejuela, como una diosa hindú, y cada vez que nos ve pasar le dice al mundo: "¡Ah, qué maravilloso aire fresco!"), las estrechas calles se convierten en callejuelas, después en meros pasadizos; sobre nuestras cabezas pasa un avión que va a aterrizar en el aeropuerto, bajo nuestras ruedas hay pasto, y a un costado se ve un basural de bicicletas robadas, bolsas, a veces incluso cadáveres: es un panorama de desolación. Totò enciende un cigarrillo. Es un poco después de las diez, y no albergamos más esperanza que dos horas antes.
A las diez y media entramos lado a lado en el mercado de Maddalena, el teatro de operaciones de los "pacchisti": vendedores de cigarrillos falsos (el interior es un tubo de poliestireno con un clavo adentro para crear la sensación de peso exacto), computadoras y teléfonos celulares llenos de sal y arroz, y bicarbonato de sodio vendido como cocaína. Son viejos trucos que se han usado durante décadas, y se creería que ya nadie caería en la trampa, pero muchos aún son engañados, suficientes como para que los vendedores puedan mantener a su familia.
Totò y Peppino detienen a un viejo conocido y le arrebatan de las manos la bolsa plástica que el hombre intentaba ocultar. "Gennarié, ¿qué tienes aquí?". "Nada, oficial." "Demonios si no es algo!" Totò extrae un Marlboro, lo parte en dos, y pequeñas bolitas de poliestireno caen como papel picado, mientras otra docena de vendedores se baten en apresurada retirada. "Gennarié, mejor te vas de aquí como un buen chico". Y con eso se marcha, el rabo entre las piernas pero no con la cabeza gacha. Pregunto si Gennarié regresará para dedicarse a sus viejos trucos. La respuesta es brillante y desarma: "Agente de policía, muerto como un loco, renacido como santo".
A las dos menos cuarto nos detenemos en el bar de Louis, en la calle Umberto, el lugar preferido por los Halcones para tomarse un café al final de su turno. Totò dice: "Los ladrones y los vendedores callejeros saben perfectamente que el turno de la mañana termina a las dos y que el de la tarde empieza a las dos y media, así que concentran todo su trabajo en esa media hora". Mientras estamos allí sentados, por casualidad pasa Gennarié por la vereda, esta vez con un bolso de computadora colgado al hombro. Totò se le pone delante con toda su corpulencia y su estatura de 1,90m.
"¿Y dónde crees que vas?" Gennarié extiende los brazos a los costados y se encoge de hombros, con una expresión tan inocente como Blancanieves. Dice: "Oficial, ¿qué quiere que haga? La estoy llevando a reparar." Totò suelta una risita con los dientes apretados y se vuelve hacia mí: "¿Ve lo que este idiota es capaz de decirme a la cara?"
El día siguiente, a media mañana. El presidente de la república italiana ha llegado a Nápoles de visita, y las autoridades tratan de hacer la ciudad más presentable desviando el tráfico y poniendo controles en todas partes. Pero para Pierino es un día como cualquiera: se levantó alrededor de las diez, se tomó su café habitual en el bar México, armó su puesto y se puso a trabajar en la plaza frente a la estación central. Trabaja ante un grupo de espectadores o, como él mismo los llama, tontos crédulos. Pierino es el rey del juego de "las tres cartas", el maestro indisputado. "Queremos que lo conozca", dice Totò. Eso no resulta ser tan simple, porque ante la vista de Halcón 7 el hombre apresuradamente recoge las herramientas de su oficio y escapa… sin éxito, sin embargo, ya que a los 63 años sus piernas son demasiado lentas. Y allí, flanqueado por Totò y Peppino el hombre me cuenta su historia, mientras agita furiosamente sus manos en el aire, sus centelleantes anillos y sus uñas pintadas reluciendo bajo el sol.
"He estado haciendo esto durante 50 años, tuve que aprender porque después de la guerra aquí todos nos moríamos de hambre. Mi vida ha sido un constante desfile, entrando y saliendo de la cárcel. A veces te atrapan, pero otros días me he llevado a casa millones de liras. Un maravilloso día las cartas se despenalizaron, y ya no tuve que convencer más al juez de que yo no estaba estafando a nadie. Mi abogado me advirtió que en los trucos que empleo, el juez debe creer que las cartas no ganan siempre, a diferencia de lo que ocurre con el truco de los tres vasos, en el que la pelotita nunca está allí porque se la oculta en la mano del que recoge el dinero. Así, desde entonces me absolvieron y ya no voy más a la cárcel.
"Sin embargo, mi hijo todavía se arriesga, porque no quiere aprender los trucos con las cartas. Entonces, se ha especializado en los vasos, pero el también tiene una familia que mantener. Y además, trampa o no, si la gente que uno tiene enfrente es tonta, ¿qué se puede hacer? Simplemente, es mi trabajo". Es un trabajo como cualquier otro, sin dudas, y esa es la lógica con la que se justifican estas actividades delictivas -los estafadores, ladrones, extorsionistas, asesinos... todos se consideran comerciantes- y por raro que parezca, eso es lo que suelen alegar como defensa.
En una ocasión Totò y Peppino participaron en el allanamiento de la casa del jefe de una pandilla. El hombre había estado preso mucho tiempo, y la esposa se vio obligada a aceptar huéspedes para sobrevivir. En un momento, indicando con un gesto los cientos de ventanas desde las que todos los habitantes del barrio los observaban, la mujer le dijo a Totò: "Oficial, hágame un favor, váyase. Ya ve a cuánta gente tengo que pagarle para poder comer". No era una apelación al buen corazón del policía, sino una amenaza. "En más de una oportunidad ha bastado con que una mujer gritara para que todo el vecindario saliera a la calle dispuesto a matarnos", dice Peppino. "Una vez alguien nos arrojó un lavarropas desde una ventana".
Mientras en otra parte de la ciudad el presidente de la república inaugura una nueva cárcel, Totò y Peppino encuentran una moto robada en un patio de Rione Sanità, frente a una puerta acerrojada. En el piso de arriba, una anciana enfermiza se asoma al balcón. La conversación que se produce es la siguiente, un lacónico intercambio. Totò: "Señora, ¿sabe algo de esta moto?" Ella, con indiferencia: "No sé nada". "¿Sabe quién vive en la planta baja?" "No lo sé". "Señora, muéstreme sus documentos." Ella finge una expresión de ultraje, y alza la voz: "¡Y me ca.. en usted por pedirme los documentos!"
Más de una vez, en el transcurso de la semana en la que abandoné toda esperanza, vi a Totò y Peppino tragarse esta clase de insulto, y pasarse el resto del día tratando de digerirlo: es la frustración típica de todos los policías. Un día en Pallonetto, durante una comprobación de rutina, nos encontramos frente a frente con cuatro asesinos de la mafia (o del "sistema", como les gusta llamarla aquí), todos ellos en libertad condicional. Peppino, con la mano derecha sobre la funda de su pistola, se ocupó de ellos. Totò estaba en contacto con el cuartel general escuchando la información sobre esos hombres: señala a uno sin llamar la atención y me susurra: "¿Ve a ese canalla? En la jefatura dicen que no tienen tiempo de leerme la lista completa de sus delitos anteriores, porque son once páginas. Y si decide escaparse ahora, y lo persigo, tendré que hacerlo de cerca y cuidarme de escribir en mi informe que nunca lo perdí de vista mientras corría. De otra manera, su abogado dirá que me equivoqué de hombre, y él saldrá en libertad. Como si yo no supiera a quién estoy persiguiendo".
De hecho Totò lo sabe, pero al mismo tiempo nunca puede estar del todo seguro, porque las persecuciones que él y sus colegas emprenden, cada día que pasan montados en sus montos, cambian constantemente. El enemigo tiene rostro y no lo tiene, se transforma, se oculta tras un casco o tras la mirada vacía de una frágil anciana. Los Halcones son un ejército, como el de Jerjes en las Termópilas, fortalecido por la desesperación, enfrentando una adversidad insuperable, pero con la convicción de estar en lo correcto, y de estar haciendo lo correcto. No son policías. Son algo más.
(Traducción: Mirta Rosenberg)






