
Los fotógrafos del taller de Adriana Lestido
se lanzan al ruedo
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Antes que una estética, los reúne una ética del arte y una mujer: Adriana Lestido. Fue ella -personalidad capital en la fotografía argentina contemporánea, ganadora de las tres becas más importantes en su género a nivel mundial: la Hasellblad, la Guggenheim y la Mother Jones- que les inculcó, más que una mirada, un concepto de trabajo.
Después de cuatro años de compartir ideas, experiencias y, casi podría decirse también, un pedazo de sus vidas, los alumnos del taller de Lestido festejan el final de su trayectoria junto a la maestra y se lanzan solos al mundo.
Son doce y pensaron en una forma poco convencional de exhibir sus fotos: en lugar de colgarlas en las paredes, prefirieron proyectarlas en formato de diapositiva, y aderezar la función con música y baile.
Cada uno desarrolló uno o dos ensayos fotográficos, fruto de una búsqueda de varios meses, y de más de un año en algunos casos. Por más que cuenten historias ajenas o se apropien de escenas que no los involucran, los temas responden, en última instancia, a un fino trabajo interior, que refleja preocupaciones íntimas, angustias, desencuentros o temporadas de felicidad.
Marcos Adandía, por ejemplo, eligió relatar los últimos días de un transexual muerto de SIDA, mientras que Ezequiel Torres retrató a su padre en distintos momentos de la vida cotidiana. En ambos casos, la tarea del fotógrafo exigió un profundo compromiso personal con el protagonista de la historia, y una actitud de esencial respeto, del que nace la confianza entre ambos.
Silvia Jänkel emprendió un trabajo en esa línea descubriendo la vida de una bailarina de cabaret fuera de las bambalinas. Diego Sanstede se internó en la difícil vida de su tía en un geriátrico. Y Laura Turri enfrentó la historia de su familia al recuperar los pasos perdidos de un hermano delincuente que murió diez años atrás víctima de un error.
Carola Brie, María Gowland y Karina Suárez, con distintos enfoques, ensayaron el retrato propio y, en algunos casos, también el familiar. Daniel Vides es de estos últimos.
Paula Luttringer y Constanza Niscovolos, por su parte, encontraron una rendija inusual para capturar el paisaje urbano: la primera, poniendo el ojo en las sombras siniestras de un matadero; la segunda, dejándose llevar por el riesgo de la ruta y sórdidos escenarios de suburbio.
Valeria Bellusci, por último, apuntó sobre las tenebrosas escenografías animales del Museo de Ciencias Naturales local y, en contrapartida, presenta también su experiencia de embarazada.
Los egresados, diferentes en edad -van de los 23 a los 40 años-, vivencias, profesiones e intereses, agradecen a Lestido unas cuantas lecciones claves. Con ella comprendieron la necesidad del trabajo intenso y exhaustivo; la importancia de la interdisciplina -que exige trabajar la obra también desde el cine, la literatura, la filosofía, la música-, y el aporte invalorable de una historia viva de la fotografía.
Pero si hay una enseñanza fundamental, es la de comprometerse a fondo con uno mismo, sin concesiones. Lestido, cuentan sus alumnos, no sólo dio pruebas de ello en estos cuatro años, sino que supo inculcar ese principio en cada uno. Desde esa madurez, resulta casi obligatorio abrirse un camino fecundo.
Alumnos del taller de Adriana Lestido. Fiesta y proyección de fotografías. Hoy, desde las 23, en Yatay 280, puerta roja. Gratis.
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